Una teoría en sicología de cuneta: por qué Lagos no prende

Imaginemos un joven que comienza a tener familia. Con espíritu de superación y sacrificio salen lentamente adelante. Tienen su casa, humilde pero orgullosa. Se equivocan, caen, pero tienen fe en sus propias capacidades de forjar una mejor vida de la que heredaron. El joven recuerda a su padre, como todos generalmente lo hacemos, con sentimientos en conflicto. No está de acuerdo con muchas de las decisiones que tomó cuando estuvo en el lugar en que el joven está hoy. Pero también agradece el rol que tuvo en forjar a la persona que hoy da sus primeros pasos en el mundo de los adultos y la responsabilidad. Al padre se lo visita en su retiro de cuando en cuando, para que esté con sus nietos, de sus consejos para los problemas de la nueva familia y luego cada uno vuelve a lo suyo. Pero un día el padre llama a su hijo. Le propone que la solución a los errores del joven es que llegue a vivir de vuelta con ellos para poner orden, volviendo a ocupar el rol de jefe de hogar. La experiencia del padre, este argumenta, será la clave para surgir. Su hijo deberá dejar de lado su ganada libertad para volver a depender de un padre del que ya se creía suficientemente emancipado. ¿Qué respuesta creen que daría ese hijo a la propuesta del padre?

El hijo casi siempre preferirá equivocarse bajo su responsabilidad y libertad, antes que retroceder en el camino de su propio crecimiento. La respuesta esperable estaría entre un amable “no, gracias”, y cortarle el teléfono por desubicado.

Lagos quiere dejar de ser el abuelo para volver a ser el padre. Con las credenciales de su experiencia y los logros de su liderazgo, ofrece orden, firmeza y visión. Pero el país que dirigió ya no existe, en parte, gracias a sus propios éxitos.

En la política hiperpersonalizada de Chile, donde se afirma votar por la persona y no por partidos ni equipos (que son los que realmente importan), Lagos es un todo. Es muy difícil separar lo hecho en su gobierno de lo que haría en uno futuro, a pesar que evidentemente cada gobierno es el resultado de cada persona puesta en las circunstancias de sus respectivos momentos históricos. Es muy difícil ver más allá de la historia, para divisar lo que la visión del mismo líder del pasado podría entregar en el futuro. A pesar del bombardeo de buenas y osadas ideas y de la compañía de un equipo de altísimo nivel y competencia.

Lagos tiene un lugar en la historia, que con el tiempo será mucho más positivo que la injusta crítica de quienes le exigen al pasado lo que sólo es posible hoy, que no es más que una indignación retroactiva tan ignorante como deshonesta. Pero su búsqueda para representar también el futuro parece impedida por el contexto. Por una candidatura de Frei que no prendió. Por el regreso de Bachelet que no cumplió. Por la anunciada vuelta de Piñera, que nunca entusiasmó. Ahí, Lagos simboliza la culminación de nuestra costumbre de mirar para atrás para avanzar. La última y definitiva vuelta del padre a quien nadie llamó y que jamás reconoceremos que necesitamos. La política está hecha de símbolos, y Lagos parece representar el equivocado en demasiados niveles.

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