Proyectando los 40 años

(Comparto mi ponencia en lanzamiento de edición especial por los 40 años del golpe de “Revista Política”, del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile. Museo de la Memoria, 26 de marzo 2014)

Alan Angell afirma que para Occidente el golpe fue durísimo, por razones históricas y contextuales. Si un país como Chile podía sufrir un ataque de esa magnitud a la democracia, ni siquiera ellos estaban a salvo. Aún mayor fuerza tuvo el hecho de haber sido el primer golpe televisado, siendo definido para el mundo y para la historia en sus primeras horas por las 4 grandes imágenes que identifica Angell:

  • El ataque aéreo al palacio presidencial
  • La quema de libros en la calle por parte de soldados
  • los prisioneros esperando en el Estadio Nacional
  • la imagen del dictador, de brazos cruzados y con gafas oscuras, sentado con el resto de la junta de pié detrás de él

Esas imágenes, imborrables no sólo para todos los chilenos, sino que también para buena parte del mundo informado, son parte de la mochila que nos toca cargar cuando hablamos sobre nuestra democracia, pero también son las que nos dan una responsabilidad que trasciende nuestras fronteras y de cómo proteger, perfeccionar y robustecer nuestra democracia, evitando recaídas autoritarias que pueden ser catastróficas. Ante la pregunta de si Chile está protegido de perder su democracia, la respuesta me imagino que va por “Hoy si, mañana, depende de nosotros”. Ese depende de nosotros en buena parte se trata de los relatos que como sociedad debemos construir para protegernos y aquí está tal vez uno de los mayores cambios con respecto al Chile de hace 40 años y una de nuestras mayores armas de defensa: los DD.HH. como relato político.

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Menos ministerios, más diversidad

(Del archivo: Ponencia en seminario “Políticas Públicas: Inclusión y Diversidades” de INAP/IGUALES).

Partamos con el ejemplo del caso de Valentina Verbal, precandidata a diputada RN. Transexual. SERVEL fue incapaz de inscribirla con su nombre real y la puso con su nombre de nacimiento. No había protocolos ni políticas para casos similares, siendo que hay ejemplos anteriores. La única autoridad transexual electa nacionalmente es una concejala en Lampa, Alejandra González, la que debe competir elección tras elección con su nombre de nacimiento, Felipe.

A Valentina se le exigieron trámites, certificados, resoluciones judiciales. Para finalmente, ante el miedo institucional a tomar una decisión para la que la ley no estaba preparada, decidieron descartar su solicitud por dudosas razones de forma.

Hoy el caso está, como tantos otros, en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que pareciera ser no la última, sino la única instancia en la institucionalidad que permite discutir, sancionar y corregir las malas prácticas discriminatorias desde el Estado. Recordemos el caso de tuición de Karen Atala como otro caso importante.

Tanto en estos como en otros casos, estamos viendo cómo el Estado no está siendo capaz de responder a una incrementada demanda de reconocimiento de las identidades ni mucho menos adaptarse a nuestras diferencias. Tal como señaló Verónica Undurraga en la primera ponencia de hoy, no estamos reconociendo a las personas desde su identidad como cada uno la entiende, sino que los estamos reconociendo simplemente como “chilenos” o “ciudadanos”. En vez de hacerlo desde el reconocimiento, se hace desde la uniformización.

Hoy en Chile, en términos culturales, no valoramos la identidad diversa de los chilenos ni la levantamos como el principal potencial y la gran oportunidad que tiene Chile. Es más, nuestro país vive los rasgos de un violento racismo no asumido, coincidiendo plenamente con lo señalado por Enrique Antileo en la mesa anterior. Tenemos un miedo a la diferencia que se expresa en burlas y desprecio.

En Chile aún vivimos bajo la lógica de Sergio Villalobos sobre el ideal uniformador del chileno, criollo, mestizo, de origen campestre, recio, con rasgos mezclados entre lo que él llama “araucanos”, con españoles. Donde todos somos o debiéramos ser algo similar a un Manuel José Ossandón escuchando a los huasos quincheros. En parte es una de las ideas que se construyen y mantienen generacionalmente desde la transmisión generacional, pero también desde el currículo escolar.

Como tal, está imbuido en nuestra cultura y como tal no se puede cambiar por ley. Pero sí podemos desafiarlo desde el Estado, si es que tenemos la convicción de que ese no es el Chile que queremos. Esto, construyendo un marco institucional potente que lo enfrente. Y así pasar, como país, de valorar la uniformidad, a valorar la diversidad. Desde esa perspectiva institucional me gustaría centrar la propuesta.

Como liberal, entiendo la diversidad como potencia. Desde nuestras diferencias es que podemos aprender el uno del otro y sobre nosotros mismos. Complementar nuestras habilidades e intereses y naturalezas para crear cosas más grandes y potentes que las que habríamos podido hacer nosotros solos, o lo mismo, con personas iguales a nosotros.

Hoy no tenemos una política potente en esta dirección, sino políticas puntuales y escasamente coordinadas entre sí.

Actual camino en política pública es enfrentar la diversidad “caso a caso”: Del SERNAM al Ministerio de la Mujer, de la CONADI al Ministerio de Asuntos indígenas. Vamos encaminados a tener un ministerio por cada grupo o minoría desplazada o discriminada, como si tuviéramos muchos problemas diferentes que solucionar, en lugar de un solo gran problema.

Las características de este camino:

  • Permite un foco en las particularidades de cada grupo discriminado
  • No articula los esfuerzos ni ataca problema de fondo global. Parches particulares en lugar de combate articulado a la discriminación y ausencia total de una verdadera promoción de la diversidad como valor.

Andrés Velasco propuso en su campaña una fiscalía antidiscriminación, lo que habla de enfrentar todas las discriminaciones atacándolas en forma coordinada. Eso fue un importante avance al pasar de la mirada caso a caso a enfrentar el problema general. Pero también lo vemos insuficiente.

Falta efectivamente ser más agresivos con la discriminación en Chile.

Pero falta también reconocer y enfrentar desde la política pública los desafíos que enfrentan otros grupos hoy no suficientemente considerados, como el creciente número de inmigrantes, minorías de orientación e identidad sexual, los grandes desafíos en política infantil, entre otros.

Falta coordinar los esfuerzos en una línea y dirección que aproveche las sinergias y enfrente el problema de manera global.

Falta unificar los esfuerzos desde la administración del Estado.

Falta finalmente avanzar hacia una política de promoción de la diversidad como valor, que haga explícito el esfuerzo de avance cultural en el tema.

La propuesta concreta:

Agrupar el SERNAM, Conadi, INJUV, SENAMA, SENAME (excepto temas penales), en una gran orgánica de diversidad. Llamémoslo Ministerio de la Diversidad.

4 Funcionalidades básicas:

  • La suma de lo que tenemos hoy: Diseño y gestión de políticas destinadas a minorías o grupos discriminados entendiendo sus particularidades a través de participación concreta de estos grupos en esa definición y gestión. Incluir además de mujeres, adultos mayores, jóvenes y pueblos originarios, a la diversidad de orientación e identidad sexual, a inmigrantes, etc.
  • Dientes: una fiscalía antidiscriminación que enfrente judicialmente o con multas y sanciones propias la discriminación institucional tanto de privados como por parte del Estado.
  • Articulador de políticas que genere protocolos generales de diversidad y antidiscriminación para el aparato público, en lugar de uno por cada grupo discriminado. Recomendaciones de protocolos para instituciones privadas.
  • Promoción. Si bien los liberales solemos ser reacios a las cuotas y las vemos como mecanismos sólo “para emergencias” y ojalá temporales, Sí entendemos que debemos llevar la diversidad y su importancia al espacio público: Informar a la ciudadanía constantemente sobre el comportamiento en diversidad de organizaciones privadas y públicas.

¿Qué porcentaje de estudiantes provenientes de pueblos originarios tiene el Santiago College? ¿De inmigrantes de primera generación? ¿Cuál es su índice de diversidad socioeconómica? ¿Cuál es la relación de salarios de profesores según sexo? ¿O en los directorios de las empresas listadas en el IPSA? ¿O en la Universidad Gabriela Mistral? ¿O en el Servicio de Impuestos Internos?

Debemos mostrar activamente lo anterior con índices estandarizados o sellos de cumplimiento. Rankings, valorando lo positivo y acusando lo negativo.

El primer paso para solucionar un problema es que reconozcamos que lo tenemos. Al trabajar en políticas para grupos específicos de chilenos, uno a uno, lo que hacemos es reconocer que tenemos una serie de situaciones. Pasemos a reconocer que tenemos un problema mayor.

Develemos el resultado en nuestras vidas diarias del trauma que tenemos por la uniformidad y empecemos la dura tarea de dar el giro que necesitamos para comenzar a entender la diversidad como una ventaja más que un riesgo. Como una oportunidad más que un problema. Y como parte orgullosa de nuestra identidad de nación, en vez de ese secreto que preferimos ocultar.