Mi voto en la 2da vuelta: trago el sapo

En las segundas vueltas, he votado por Lagos, Bachelet, Piñera y el 2013 fui a votar en blanco. Me autodenomino como liberal. Votar en blanco era lo que esperaba hacer esta elección, ya que la segunda vuelta supuestamente sería similar a la del 2013, con una candidatura que llega con todas las de ganar y otra que tiene poco y nada que hacer. Entonces, podría tranquilizarme y tener un voto “estético”, privilegiando no tragar sapos y quedar tranquilo conmigo mismo con la marca hecha en el papel. El blanco era la única forma de lograrlo entonces, y se supone que sería la forma de lograrlo ahora. Pero la primera vuelta demostró que las preconcepciones que todos compartíamos estaban equivocadas, y que la segunda vuelta ya no sería tan tranquila como la del 2013, sino que sería la más disputada de la historia política chilena. Sí, probablemente más que Lagos-Lavín. Con eso, la posibilidad de votar por la tranquilidad personal se fue por la ventana. Al menos para mi, si la elección está así de peleada, un voto blanco o nulo no es ni responsable, ni patriótico, ni aceptable. Creo que ante disyuntivas así, simplemente hay que tomar una decisión, por lo que habrá que tragarse un sapo. Aquí espero explicar mi decisión, sin promoverla para nadie más y sin pensar que sea particularmente importante más que para mi, pero tal vez, ante la posibilidad que algunos de los argumentos le sean útiles a alguien.

Primero, a pesar del estridente volumen de las campañas del terror y de las amenazas de un lado u otro, Chile no se juega mucho en esta segunda vuelta. No están en la mesa ni el camino hacia Venezuela, ni un descenso hacia la distopia conservadora de Handmaid’s Tale. Y no sólo porque los candidatos no quieren nada parecido a las ridículas exageraciones que sus opositores dicen sobre ellos, sino porque incluso si lo quisieran, no podrían hacer mucho al respecto. Los modelos de sociedad propuestos por ambas candidaturas serán diferentes entre sí, pero ninguno de ellos tendrá un congreso para realizar cambios de siquiera cercanos a la profundidad de los que hizo, para bien y/o para mal, este segundo gobierno de Bachelet. Piñera no tendrá su deseada retroexcavadora para desarmar reformas laborales o tributarias, tal como Guillier no tendrá ni la posibilidad de avanzar significativamente la agenda del Frente Amplio, ni menos aún soñar con un proceso constitucional. Piñera no podrá profundizar una sociedad pro empresas (y anti mercado), tal como Guillier no podrá aumentar el Estado. Piñera no podrá retroceder en los avances valóricos de este gobierno siguiendo sus pulsiones de derecha cavernaria, tal como Guillier no podrá avanzar mucho más en estas materias. Gane quien gane, será el presidente con menos poder en mucho tiempo, liderando un gobierno que no podrá hacer mucho más que tratar de navegar con el mar y reglas que heredó, y con un protagonismo que será tomado política y emocionalmente por el congreso. La elección realmente importante para los próximos 4 años, fue la de noviembre.

En el margen, sí habrán diferencias. Es posible esperar un crecimiento marginalmente mayor con Piñera que con Guillier, por lo que si el crecimiento es la única variable para decidir, el voto debiera estar claro. Es posible esperar mayores señales simbólicas (alguna que otra tímidamente práctica) de apertura cultural y social con Guillier que con Piñera, por lo que para quienes sólo importen los temas culturales o valóricos, desde una perspectiva progresista, el voto también debiera estar claro. Pero para el resto, para quienes nos importa más que una cosa puntual, debemos ver más ampliamente las propuestas de cada uno, ponderándolas por lo que realmente serán capaces de realizar, tanto a partir de la estructura del congreso, como de sus propias capacidades y las de sus eventuales equipos para conseguir algún atisbo de agenda legislativa viable, o de llevar una agenda ejecutiva que haga diferencias en la vida de los chilenos y en mover a Chile hacia el futuro. Y de eso, hay bastante poco.

Visto desde una perspectiva general, la mayor capacidad de mover agenda de cambio debiera ser, contraintuitivamente, una razón para no votar por una candidatura, si es que comparten conmigo la convicción que ambas representan direcciones de avance muy poco seductoras. ¿Por qué querría votar por alguien con mayor de capacidad de mover al país en una dirección en la que no creo? Sería una especie de extraño masoquismo del que, afortunadamente, no creo padecer. Dicho eso, personalmente creo que es la candidatura de Piñera la más capaz, con un presidente con experiencia, con equipos con más experiencia y con un orden y capacidad de trabajo con mayor potencial de realizar algunos logros. Punto para Guillier.

El vaso medio vacío de lo mismo, es la expectativa de un gobierno desordenado y caótico bajo el mando de Guillier, proyectando lo peor del gobierno de Bachelet otros 4 años más, aún cuando el caos y los errores, por el mucho menor poder que tendrá el futuro gobierno versus el saliente, tenga consecuencias mucho menos graves de las que tuvieron las políticas públicas mal diseñadas estos últimos años. Esto es un claro punto para Piñera. Donde el caos sí estará con Piñera, será en la calle. Sin un terremoto que lo salve en su primer año (esperemos), ahora tendrá desde el comienzo de su gobierno a las fuerzas sociales en la calle, más organizadas y, a diferencia del 2011, con hambre político electoral de corto plazo. Si Guillier no tendrá ordenado control de su gobierno, Piñera no tendrá ordenado control del país. Quien haga campaña con el viejo “yo o el caos”, miente. Es el caos o el caos. Diferente caos, en diferentes lugares, pero caos al fin y al cabo.

Peor aún, ambas candidaturas tienen diagnósticos profundamente errados de la sociedad, y representan pasados, más que presentes o futuros. Guillier, por un lado, es un candidato de una clase media que ya no existe, ligada a lo público, con convicciones que más parecen sacadas de libros de historia que de una lectura apropiada del presente. Por el otro lado, Piñera se vende como una fantástica solución a un problema que la ciudadanía simplemente no ve. Ni el bajo crecimiento ni el desempleo moderadamente alto parece haber afectado a la población chilena lo suficiente como para haber cuajado el discurso sobre la gran crisis de crecimiento, empleo y delincuencia que Piñera volvía para solucionar. Tampoco le atinó al apostar a la molestia con la dirección general de las reformas del gobierno de Bachelet. Su candidatura, su programa, toda su energía y todas sus capacidades, están enfocadas en la lectura equivocada. También, en un país más del pasado que del presente o futuro. El exitismo del Chile jaguar de los 1990s, cuyos liderazgos simbólicos sufrieron masacres electorales en noviembre, incluido el mismo Piñera. Paradójicamente, si hay una figura de futuro que ganó el debate ANATEL del lunes 11, es Michelle Bachelet. Ya que su diagnóstico, tantas veces tan criticado y descartado por páginas de diarios que hoy envuelven pescado, fue el marco dentro del que se desarrolla la discusión en Chile. La gratuidad como línea base, los derechos universales como reemplazo de cualquier atisbo de focalización y el progreso de las libertades civiles e individuales. Le guste o no a Guillier o Piñera, ambos bailaron la música de Bachelet, y ante la falta de poder para cambiar la radio, sólo les quedará gobernar bajo la misma música los próximos 4 años. ¿Propuestas alternativas? Simplemente no las hay. Las diferencias son de énfasis en el eje planteado por Bachelet en su viaje desde Nueva York a Santiago. En ello, Alejandro Guillier parece ser el autocomplaciente, y Sebastián Piñera el autoflagelante de este nuevo Chile. Ambos relativamente incómodos en un traje ajeno y sin entender para dónde realmente va la micro, aunque Piñera parece más desadaptado que Guillier. ¿Punto para alguno, aquí? No creo. Ambos fueron derrotados en noviembre y el país les es y será ajeno.

Lo que no fue derrotado en noviembre, y tal vez fue la principal y más exitosa fuerza política y electoral de entre todas las que había simultáneamente en disputa, fue la renovación y el reemplazo político. Por ella cayó Lagos, y todos los apoyados por él. Cayeron todos los representantes de la vieja concertación, con la excepción de Insulza. Cayeron muchas figuras de izquierda, centro y derecha que representaban más el status quo transicional, que el Chile de cambio vertiginoso en el que realmente vivimos hoy. Este voto de renovación y reemplazo se configuró, creo, más como voto protesta que como voto ideológico. Por mucho que el Frente Amplio afirme que una significativa fracción del país votó por sus ideas, la real fuerza detrás de su resultado parece haber sido la misma que elevó a MEO el 2009, y se repartió entre MEO y Parisi el 2013: el voto de protesta, por la renovación, por el cambio. Curiosamente (o tal vez no tanto), en las 3 elecciones el porcentaje fue muy similar, alrededor del 20%. Esa fuerza de cambio logró ser representada al menos en parte por Piñera el 2009, lo que lo llevó al triunfo entonces. Por una renovada Bachelet, lo que la llevó a un enorme triunfo el 2013. Pero, ¿ahora? Mucho menos claro. Tanto Guillier como Piñera son candidaturas del pasado, pero sólo una de ellas viene a repetirse el plato. Más importante aún, los cuadros detrás de Guillier, combinan parte de lo tradicional de la centro izquierda, con figuras nuevas, que no han estado en el centro de la transaca del poder estas décadas. El golpe con que Elizalde jubiló a Lagos en la interna PS no sólo puso a su mediocre generación al mando del buque, sino también abrió significativos espacios de poder para la expresión de diferentes visiones y protagonismos. Esto, sin llegar a seducirme, lo veo al menos interesante. Piñera, por el otro lado, parece recurrir de lleno a la vieja guardia derechista. Tiene a Alberto Espina y a Hernán Larrain, y a los dos Monckeberg esperando entrar al gobierno, tras haber omitido sus respectivas reelecciones, en el contexto de una campaña que se refugió en la identidad derechista clásica, abandonando toda la frescura renovadora y de cambio que caracterizó al Piñera de hace 8 años. Es más de derecha, y será mucho más de sus partidos, desde el primer minuto del gobierno. Y luego del pésimo resultado electoral de noviembre, cualquier expectativa de independencia de Piñera ante sus partidos parece haberse esfumado. Su gobierno, a todas luces, tendrá el sabor de su campaña de segunda vuelta: el mismo discurso añejo, pero ahora con el protagonismo arrebatado por la guerra de egos y liderazgos entre los partidos y las candidaturas de derecha para 4 años más. Punto para Guillier.

Mucho se dice que el futuro está naciendo mientras el pasado no termina de morirse. Pues el voto para acelerar ese proceso es definitivamente para Guillier. No por lo que él representa ni por el gobierno que haría, sino por la cancha que queda detrás de él. Para mí, el voto será menos por lo que pase estos 4 años, donde el gobierno tendrá poco poder y protagonismo, y más por cómo será la política en 4 años más y hacia adelante, donde veo que un triunfo de Guillier abriría mucho más el escenario para que no sigamos teniendo que optar entre figuras ancladas en el pasado. La perspectiva de jubilar políticamente no sólo a Piñera, sino también a Allamand, Espina y a toda esa generación de carcamanes que se soban las manos para candidatearse 4 años más, es una que sí me seduce. Esas jubilaciones son las que faltan para retirar definitivamente a la eterna generación de los 90s, luego que los de centro izquierda ya fueron jubilados por los partidos y por los electores. Y esta apertura de espacio, limpieza de maleza vieja y dura, la veo como una necesidad para poder construir más temprano que tarde una cancha donde visiones liberales puedan prosperar en la política chilena.

Trago el sapo y votaré por Guillier. Porque él y su equipo son los menos capacitados para llevar a Chile en una de las direcciones propuestas y que detesto, y porque su elección hace más por acercar al sistema político, principalmente su oferta, a por fin representar mejor al nuevo país que el próximo gobierno, gane quien gane, dudo sea capaz de siquiera comprender. Esto no es un apoyo ni una recomendación. Sólo una reflexión personal.

Una autopsia al centro liberal

La promesa de un liberalismo político sin los grilletes de izquierdas y derechas parecía acercarse. La vieja tesis de una reunión de liberales de la vieja concertación y de la vieja Alianza en una casa común se había transformado en una tímida e incipiente realidad con la sociedad política nacida entre quienes se fueron de la Centro Izquierda junto con Andrés Velasco, y quienes se fueron de la derecha con Lily Pérez, reuniéndose con ese extraño grupúsculo que formamos hace algunos años, Red Liberal, los que rechazando invitaciones de lado y lado por años, nos mantuvimos siempre a la espera de esa hipotética reunión que parecía por fin estar ocurriendo. Había dos partidos políticos y un movimiento (luego se unió al menos electoralmente un tercer pequeño partido). Una coalición liberal de centro llamada “Sumemos” que compitió sin muchas expectativas. Pero aún así el resultado fue desastroso. Incluso bajo el suspuesto que no sacar ningún parlamentario (lo que ocurrió) era el escenario más probable, igualmente el resultado logró ser violentamente peor que la expectativa. Fue un desastre. Una masacre. Una humillación política y electoral. ¿Qué pasó? Pretendo alimentar la discusión, con la facilidad y patudez del general después de la batalla con una teoría al respecto. El Centro Liberal murió, y esta es una autopsia.

Primero, despejemos algunas posibles causas que, creo, no fueron determinantes. Se ha hablado de la falta de calle y la falta de campaña en terreno. Pero eso no se condice con los resultados en la práctica, ni de las candidaturas de Sumemos, ni de las del resto de los partidos y coaliciones, hayan sido exitosas o no. Estamos llenos de candidaturas que apenas hicieron campaña callejera y que salieron electas, empujadas por una ola electoral a favor del Frente Amplio, o a favor de RN. Por el otro lado muchas candidaturas lo dejaron todo, literalmente gastando sus zapatos en la calle sin obtener resultados. Sacha Razmilic en Antofagasta y Luis Larrain en el Distrito 10 son muy buenos ejemplos. Hicieron más e incluso mejor campaña callejera y en terreno que muchos otros, pero el resultado fue radicalmente diferente. La dura realidad es que, contrario al sentido común instalado, la calle importa menos que nunca en campaña. Los distritos son tan grandes con el nuevo sistema electoral, que el impacto callejero no es sino marginal. Y depende fuertemente del contexto, de lo que se ofrece, de las asociaciones que uno logre hacer. El simple contacto personal, en sí mismo, vale huevo. Hoy son justamente las vilipendiadas redes sociales las que logran generar impactos multiplicadores de contacto e interés entre los votantes, mucho más que el terreno. Por lo que una acusación de “haberse preocupado más de las redes que de la calle” no debiera ser indicador de fracaso electoral, sino incluso de éxito, como también lo fue en muchos casos en estas elecciones.

Causas que sí importaron, fueron la institucionalidad, la identidad y el factor presidencial. Los partidos de Sumemos no lograron consolidarse a la velocidad necesaria. El proceso de búsqueda de firmas fue largo, lento, costoso e incluso traumático en el caso de Ciudadanos. A esto no ayudaron los conflictos dentro de Amplitud, que llevaron a que la bancada parlamentaria inicial de una senadora y 3 diputados se fuera vaciando progresivamente hasta quedar la senadora Pérez sola en el proyecto. En Ciudadanos, el impacto del Caso Penta hizo gran mella en la fuerza política y en el atractivo inicial que tuvieron en sus primeros días ante un gran número de personalidades públicas, que nunca pudieron ser articuladas efectivamente y, simplemente, se perdieron. Efectivamente, haber sido impugnada la inscripción por parte del Servel fue un durísimo golpe, del que nadie puede recuperarse a tiempo para levantar una campaña con buenas expectativas. Pero esto, si bien fue un factor, no creo haya sido lo fundamental.

En términos de identidad, Ciudadanos partió como Fuerza Pública para luego cambiarse el nombre. La coalición inicialmente fue bautizada como “Sentido Futuro” para luego llamarse “Sumemos” justo antes de la elección. No ayuda para nada a construir recordación ni lealtad cambiarse de nombre cada 3 meses. Esto fue un factor, aunque menor.

Un mayor factor fue la falta de candidatura presidencial. Las listas se arman desde abajo hacia arriba, o desde arriba hacia abajo, pero siempre con la candidatura presidencial como su eje. Es su punto de referencia, es a quienes los candidatos en la calle o en redes sociales o en medios pueden aludir para poder resumir rápidamente qué es lo que representa y por qué está luchando. Por qué quiere llegar al congreso. El votante evidentemente no tiene ni memoria ni interés para conocer los programas de los 50 o hasta 100 candidatos al parlamento en du distrito. Pero sí puede tener alguna idea sobre qué propone, qué significa, a qué apela cada una de las candidaturas presidenciales. Sin un presidencial, no hay referencia, y se hace campaña en el vacío. Con todo esto, incluso con el impulso nacional de una candidatura presidencial propia, dado que el mismo Velasco fue el único candidato a nivel nacional que quedó a unos pocos votos de salir electo, es incluso posible que nadie hubiera ganado su elección y el resultado en el papel habría sido el mismo. Pero, al menos, habría habido espacio en las franjas, en el imaginario, y el Centro Liberal podría haber alimentado la discusión.. haber existido. Lo que no ocurrió.

La causa que creo fundamental en explicar la muerte del Centro Liberal, es que no ofreció nada de lo que Chile buscaba en esta elección. Nada. La desalineación con las que resultaron ser las principales pulsiones emocionales del electorado, fue total.

Lo que el Centro Liberal ofreció fue una propuesta moderada en el clivaje socioeconómico de izquierda-derecha, como centro entre los extremos. Ofreció certezas en torno a figuras a estas alturas ya clásicas, reconocibles y del estáblishment de la política nacional, como Andrés Velasco y Lily Pérez. Ofreció gradualismo como ideología central sobre la idea de reforma social, valórica y económica. Esos tres elementos no sólo no sumaron, sino que activamente restaron frente a lo que, hoy parecemos saber, se trató real y finalmente la campaña: ansiedad socioeconómica, demanda antielitaria de renovación y la guerra cultural identitaria, el clivaje “apertura vs cierre” que se está tomando el mundo desarrollado. La apuesta política, ideológica y de mensaje del Centro Liberal resultó épicamente equivocada. Veámoslo por partes:

Los principales motores temáticos de la elección fueron los que movieron las respectivas coaliciones. Mientras el Frente Amplio impulsó la renovación, la Nueva Mayoría intentó centrar la campaña, con poco éxito, en torno a la figura personal de Piñera, la campaña del empresario, que a pesar de haber sido el gran derrotado, fue la que sacó más votos, alimentó sin cesar la idea de la crisis. Del bajo crecimiento, de la falta de empleo y de la alta delincuencia. En resumen, del desastre del gobierno de Bachelet. Esto no para apelar a las mejores ideas propias, o como forma de construir un diálogo sobre el modelo del país. La idea de la crisis es un apelativo al miedo. Al terror abyecto sobre el futuro del país y de mi familia. Mi carrera. Mi propiedad. Mi integridad. Mi futuro. Ese discurso fue, no podemos negarlo, muy exitoso en forjar el clima emocional del electorado, que es lo que decide finalmente las elecciones. Podemos elucubrar que la suma de las buena noticias económicas y mejores expectativas hacia el futuro, junto con la siempre presente ola de inauguraciones, progreso y mejora en la calidad de vida de las personas asociadas a los últimos meses de todo gobierno, terminaron por horadar el impacto y profundidad de ese miedo en las personas, dejando el mensaje de Piñera sin todo el potencial que parecía tener hasta hace unos meses. Pero de lo que podemos estar seguros, es que el miedo, la ansiedad socioeconómica, no es lo mismo que la disputa ideológica clásica entre izquierda y derecha, que es una línea entre dos extremos y muchas posiciones intermedias, entre las cuales una posición de centro puede tener éxito. La elección no se trató de eso. El miedo o se tiene o no se tiene. Es binario. O se apela a la ansiedad para mover votos en tu dirección, o a liberarse de ella para que la elección trate sobre otras cosas. En apelar a la ansiedad, el Centro Liberal no tenía por dónde competirle a Chile Vamos como la alternativa de respuesta al miedo. El discurso sobre moderación socioeconómica, sobre centro, no tuvo impacto, porque la elección simplemente no se trató de eso. Sólo podía tener, teóricamente, alguna llegada entre el mundo de la empresa y los empresarios, quienes, como plan B, podrían sobrefinanciar apuestas de moderación y centro para impulsar un centro dialogante. Pero el mundo de la empresa apoyó en su ansiedad socioeconómica casi unilateralmente a Piñera y la derecha, abandonando a los centros a su suerte. No hubo plan B.

Cuando la elección no se trató de ansiedad económica, fue sobre renovación de elencos, de contenidos, de estilos políticos. De reemplazar las caras viejas por las nuevas. En particular, derrumbar la vieja élite política. Un potente voto protesta. Por ello es que los mayores perdedores aquí fueron los rostros de la vieja concertación, que con la honrosa salvedad de José Miguel Insulza, fueron electoralmente masacrados. Similarmente, el castigo que vieron múltiples políticos involucrados en casos de financiamiento ilegal a la política, fue claro. Rossi, León, entre varios otros, perdieron sus escaños. En esta ola que buscó el recambio, Andrés Velasco y Lily Pérez, como líderes de sus respectivos partidos y principales figuras en torno a las cuales giraron los temas y campañas de la coalición Sumemos, si bien no representaban lo que había que dejar afuera con mayor urgencia, no ayudaron en nada a proyectar hacia las candidaturas que apoyaban un aura de ser renovación política. Ni Velasco ni Pérez lo eran. Extremando el argumento, sería esperar que alguien que se sacaba una foto con Zaldívar dijera que venía a hacer recambio. Un difícil punto a hacer. Ni Velasco ni Pérez son Zaldívar. Pero tampoco son su perfecto opuesto, como sí lo fueron muchas de las candidaturas que vieron gran éxito en la elección. El tema, más que de las personas, tenía que ver con la identidad de la coalición como los grupos de “Velasco y la Lily”. Al hacer esa relación parte fundamental de la identidad, de lo que significaba votar por ellos, la señal que se daba era que, al menos, lo que el electorado que votó buscando renovación y reemplazo, no tenía mucho que encontrar en la oferta del Centro Liberal. Eran élite política. Eran más lo que querían sacar, que lo que querían poner en su lugar. Las caras, la identidad de renovación y reemplazo estaba en otros lugares.

Finalmente, otro clivaje fundamental que parece haber sido determinante en la elección, fue el culturalmente identitario, versus la ansiedad, el miedo, ante cambio cultural. Esta tensión fue máxima entre los votantes de Beatriz Sánchez, versus los de José Antonio Kast. Tal como en el caso de la ansiedad socioeconómica, en este tema no hay medias tintas. O uno está del lado de aceptar y abrazar el cambio cultural y de identidad de la nación, o refugiarse en el pasado y negarse a todo cambio. Aquí es donde se unen temas como la identidad de género, el feminismo, la orientación sexual, la inmigración, el rodeo, el animalismo, entre muchas otras. En todos los casos son grupos demandando avances sociales, culturales y legales en torno a los temas que les interesan y donde se sienten que ellos mismos o sus valores deben tener espacio de expresión en la sociedad, chocando contra quienes el cambio les produce temor, y quieren evitarlo o, aún mejor, volver a algún imaginado pasado mejor donde los valores estaban claros, el orden social era respetado y la diferencia entre lo bueno y lo malo era simple, donde los pilares sobre los que están construidas las identidades personales y sociales no son desafiados. El clivaje, entonces, es sobre cambio social y reacción contracultural. Sobre apertura y cierre. Sobre futuro y pasado. Sobre esperanza y temor. Aquí el Centro Liberal parece también tener una posición moderada, llamando al cambio social, valórico y legal pero en términos graduales, vendiendo la gradualidad como ideología, como si el camino importase más que el resultado en torno a temas donde lo que está en juego es la identidad individual y social. Y esto es una tragedia, ya que en el mundo han sido justamente los liberalismos los que han sido no un centro, sino un extremo en esta discusión mundial. Fue tal vez la elección francesa la que mejor representó este clivaje, entre Macron y Le Pen. En EE.UU. fue similar, entre Clinton y Trump. La izquierda ha estado cayendo en buena parte del mundo y siendo reemplazada por las ultraderechas nativistas, justamente porque la izquierda no tiene las herramientas para ser los mejores rivales de esta reacción contracultural anti cambio. La izquierda no cree en aperturas económicas, en el comercio como fuente de cambio social, les complica apoyar la inmigración cuando son los trabajadores, su histórica base electoral, quienes tienen mayor ansiedad ante ella. Son los liberalismos los llamados a liderar, no como centro, sino como extremo, esta lucha. Y en Chile, el liberalismo ha hablado sobre gradualismo en lugar de tomar las banderas con decisión. Nuevamente, quienes decidieron su voto en torno a esta tensión entre cambio y miedo, no vieron nada en el Centro Liberal que les hiciera atractivo su voto.

Hubo alta polarización. Pero no fue entre izquierda y derecha, sino entre ansiedad económica y su ausencia, entre caras viejas vs caras nuevas, y entre cambio social y cultural vs reacción contracultural al cambio. El Liberalismo tenía las herramientas para enfrentar bien ese escenario, pero las apuestas temáticas, de protagonismos y de estilos, fueron todas épicamente erradas ante lo que el electorado demandó de la oferta política. El liberalismo de centro fue una oferta sin demanda. Porque no entendió la demanda. Ojo que ni el Frente Amplio ni la derecha ni José Antonio Kast la entendieron muy bien, tampoco. Sus éxitos fueron tan inesperados como los fracasos de otros. Pero sus apuestas, al menos, estuvieron menos equivocadas, y pudieron cosechar grandes ganancias por ello.

¿Para adelante? No creo que haya nada que reconstruir, cuando nada de lo poco que se construyó parece haber tenido mucha utilidad. Si hay algo hacia el futuro, debiera ser una construcción, desde cimientos o cenizas. El liberalismo puede tener futuro si abandona su identidad de centro, y abraza la radicalidad de extremo político. No de las opciones de Evópoli o del Partido Liberal de Vlado Mirosevic, ambos con grilletes y sólo pudiendo ser “liberales a veces”, como ha sido la triste historia del liberalismo post golpe. Post Revolución de 1891, incluso. No de un centro político en la perspectiva del eje izquierda-derecha que cada día tiene más pasado que futuro. Extremo político de la batalla cultural entre modernidad de mercado-democrática-valórica versus las fuerzas contraculturales de izquierda y derecha que se levantan para oponérsele. Para esto, debe terminar el centro como discurso. Debe reemplazarse la gradualidad por la radicalidad, y renovando de verdad los rostros. Si el Liberalismo quiere rearmarse en torno a las figuras de Velasco y/o Lily, partirá tan muerto como quedó después de las elecciones. El liberalismo debe ser radical, antielitario, antiprivilegios, pro mercado y pro relaciones de igualdad entre las personas. Debe ser la principal punta de lanza que ataque los bolsones de privilegio que tenemos en Chile, tanto en la élite económica al rededor de sus tribus culturales y empresas protegidas de las amenazas del mercado, como de las élites políticas que tienen capturado el Estado para su propio beneficio. Debe abandonar toda aspiración de tecnocracia, la que ha ahogado la expresión política liberal debajo de la técnica, cuando la política se hace justamente al revés. Las políticas públicas deben ser técnicas. La política no puede ni debe serlo. Finalmente, en un mundo amenazado ante los desafíos de los próximos años, entre robótica, inteligencia artificial y cambio cultural a una velocidad que desafía la capacidad humana, los liberales no pueden ser moderados, no pueden ser a medias tintas, no pueden ser de centro, ni pueden buscar diálogo entre cambio y detención. Los liberales debieran empujar, acelerar el cambio social y público para poner a la humanidad y sus instituciones a la altura de la velocidad del cambio de la realidad. Sólo ese liberalismo tiene un espacio en el futuro. El otro, el que vimos ahora, murió y debe quedar enterrado.