¿Se debe dar libertad a violadores de DD.HH. ancianos y enfermos terminales? Es la pregunta equivocada

 

La pregunta correcta es: ¿se debe dar libertad a presos que sean ancianos y/o enfermos terminales? y luego, de ser la respuesta afirmativa, como creo que lo sería para buena parte de la población, se hace la pregunta adicional: ¿se debe hacer una excepción a lo anterior para violadores a los DD.HH.?

El problema es que el tema no se ha planteado así, sino sólo a partir de la situación de los asesinos múltiples y autores de muchos de los peores crímenes de la historia de nuestro país, cuando no son los únicos adultos mayores, o enfermos terminales ni personas con alzhaimer que existen en el sistema penitenciario chileno y además, cuando están encarcelados en instalaciones de comodidad muy superior a la del resto de los presos del país, en una relación inversa a la esperable según la gravedad e importancia de sus delitos.

La respuesta a la pregunta sobre si se debe hacer una excepción para violadores a los DD.HH. no es fácil. Para mi, no se debiera justificar esa diferencia. Pero corriendo lo mismo para las condiciones de encarcelación. La respuesta que sí está clara, es la de cuál es el real interés de quienes han tomado el tema de los derechos de adultos mayores en las cárceles usando primera y/o exclusivamente el caso de quienes están en Punta Peuco. Ese interés, no parece ser otro que favorecer en forma especial a los presos de ese recinto, encarcelados por ese tipo de delitos. Y eso es absolutamente inaceptable. Retrata a sus proponentes como cómplices de pensamiento en los actos que mantiene a esa ralea humana en la cárcel, y debieran ser desenmascarados como tales.

Proyectando los 40 años

(Comparto mi ponencia en lanzamiento de edición especial por los 40 años del golpe de “Revista Política”, del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile. Museo de la Memoria, 26 de marzo 2014)

Alan Angell afirma que para Occidente el golpe fue durísimo, por razones históricas y contextuales. Si un país como Chile podía sufrir un ataque de esa magnitud a la democracia, ni siquiera ellos estaban a salvo. Aún mayor fuerza tuvo el hecho de haber sido el primer golpe televisado, siendo definido para el mundo y para la historia en sus primeras horas por las 4 grandes imágenes que identifica Angell:

  • El ataque aéreo al palacio presidencial
  • La quema de libros en la calle por parte de soldados
  • los prisioneros esperando en el Estadio Nacional
  • la imagen del dictador, de brazos cruzados y con gafas oscuras, sentado con el resto de la junta de pié detrás de él

Esas imágenes, imborrables no sólo para todos los chilenos, sino que también para buena parte del mundo informado, son parte de la mochila que nos toca cargar cuando hablamos sobre nuestra democracia, pero también son las que nos dan una responsabilidad que trasciende nuestras fronteras y de cómo proteger, perfeccionar y robustecer nuestra democracia, evitando recaídas autoritarias que pueden ser catastróficas. Ante la pregunta de si Chile está protegido de perder su democracia, la respuesta me imagino que va por “Hoy si, mañana, depende de nosotros”. Ese depende de nosotros en buena parte se trata de los relatos que como sociedad debemos construir para protegernos y aquí está tal vez uno de los mayores cambios con respecto al Chile de hace 40 años y una de nuestras mayores armas de defensa: los DD.HH. como relato político.

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