El debate

El debate presidencial de ayer era la última gran oportunidad que tuvieron las candidaturas para conectarse con los votantes y entregarles su visión de país. Y vaya que fue una gran oportunidad: rating de 44 puntos que hoy en día sólo se ve en partidos de la selección. Si juzgamos el debate por quién se acercó más a La Moneda gracias a él, definitivamente el ganador fue Piñera. Sólo un completo desastre para él podía mover en forma significativa la elección en su contra, lo que claramente no ocurrió. Por lo tanto, en lo importante, fue una oportunidad en general perdida para todos los demás.

Guillier, atacado por todos los flancos, no logró montar una defensa eficaz, y se vio inseguro y con poco manejo. Sólo pudo lucirse hablando de descentralización. Sánchez tuvo un desempeño de pocas luces, sin conectar. Los dos periodistas que supuestamente serían los grandes comunicadores, han sido un fiasco en cumplir las altas expectativas que sus respectivas coaliciones pusieron en ellos. El debate en TV, con la mitad de Chile pegado a las pantallas, era su gran oportunidad. Y de aprovecharla, poco.

En la segunda división, en la pelea por el 4to lugar, que parece ser lo único que falta por definir y demuestra la total fomedad de la elección, MEO se mostró exaltado en la primera mitad, peleándose con candidatos y periodistas, y cansado en la segunda mitad. Cual Jorge Valdivia, jugador para el que sus mejores días están detrás, parece capaz de jugar sólo un tiempo del partido. Carolina Goic logró poner su mensaje por delante, participando menos de las disputas que ocurrían a su alrededor, pero sin ser capaz de demostrar aún que mensaje o mensajera sean realmente un aporte para el electorado. Finalmente Kast logró asestar varios momentos notables, en los que arrojó lo programático por la ventana y aplicó emocionalidad pura. Como candidato, probablemente es el más efectivo de todos en conectarse con su propio electorado. La duda es cuán grande ese electorado finalmente será.

En tercera división, poco que destacar. Navarro feliz como el candidato antivacuna, ya que cuando marcas 0,5%, representar algo, cualquier cosa, es pura ganancia. Artés en lo suyo, casi como alivio cómico de un panel que se veía cansado, inseguro y básicamente aburridos. Sólo MEO demostró entusiasmo en la primera mitad, y Kast en la segunda. Los demás, parecían no querer estar ahí.

Para la historia, la victimización exagerada de MEO, los gráficos truchos de Piñera, el “paso” de Guillier, una nueva Piñericosa, la defensa a Lenin de Artés, y el “método natural” de Kast.

¿Y los periodistas? Mixto. Mucha exigencia innecesaria del dato puntual y del “te pillo con esto” que llevó a la increíble respuesta de Piñera reconociendo que no se acordaba de un número. Debe ser primera vez en sus 30 años de candidaturas que alguien logra sacarle eso. De lo realmente importante, de ser vehículos para facilitar a las candidaturas transmitirle a los electores y televidentes qué es lo que los mueve, cómo es el país que sueñan, y cuáles son los valores y principios que los tienen compitiendo, poco. Y dada la gran oportunidad de la ocasión eso es una lástima.

Cuando los candidatos no demuestran siquiera tener ganas de debatir y los periodistas no nos hacen fácil decidir, difícilmente quedaremos con muchas ganas de ir a votar. Será el sentido de liturgia electoral, el amor al país y la conciencia democrática de cada uno lo que nos hará levantarnos de todas formas en la mañana del domingo 19 para emitir nuestros votos. Yo voy. Al menos para votar por mi candidato a diputado, Luis Larraín.

Melnick en TV

Beatriz Sánchez se negó a asistir al programa “En Buen Chileno” de Canal 13, ya que tiene como panelista estable a Sergio Melnick, ex ministro de la Dictadora de Augusto Pinochet, y usual justificacionista de ese régimen. Esto ha causado una buena polémica, donde se ha acusado a la candidata del Frente Amplio de censuradora y se ha levantado la libertad de expresión como valor en riesgo. Lo que me causó a mi el tema fueron cosas diferentes.

Lo primero, es que me provocó incomodidad que una candidata presidencial esté juzgando a los medios según quiénes son o no panelistas. Eso es riesgoso, ya que el rol de los medios es fundamental en la relación de las candidaturas y la ciudadanía, fortaleciendo la democracia. Cuando es una candidatura la que esgrime este tipo de justificaciones para no participar de ciertas conversaciones en medios, no le está haciendo un buen favor a la democracia chilena. Además, Sánchez ha tenido un destacado rol en los medios chilenos, desde donde pudo haber dicho algo antes sobre un problema que sería, principalmente, de los mismos medios. ¿Dónde estuvo ahí?. Dicho eso, lo que hizo la candidata no fue ni censura ni violar la libertad de expresión de nadie. Sí puso el tema sobre la participación de personas como Melnick con espacio estable en TV. Y ese es un tema relevante, para el que se justifica dejar de lado momentáneamente el hecho que haya sido Beatriz Sánchez, candidata, la realizadora de la denuncia.

Primero, es importante recordar que los medios tienen absolutamente todo el derecho a poner a quien quieran en sus pantallas. Es parte de la libertad de expresión. Otra cosa es si su decisión pueda ser correcta. Esa corrección o falla puede ser analizada desde la moralidad, desde el sentido de bien común, o incluso desde la corrección política. Un buen ejemplo es el espacio estable que el mismo Canal 13 le dio por meses al infame “Doctor Soto” en su matinal, dándole plataforma para poner en duda preceptos de la ciencia y la medicina que salvan vidas, y esparciendo charlatanerías que en el mejor caso eran estafas de baja calaña y en sus casos más graves eran mentiras que, de ser tomadas en consideración, arriesgaban en forma seria la salud de los telespectadores y amenazaban la salud pública de Chile. Entonces, ¿tenía derecho el Canal 13 a poner en su pantalla al Doctor Soto, sabiendo a qué iba? Absolutamente. ¿Era correcto ponerlo en pantalla? Absolutamente no. Sacarlo de pantalla no fue una censura, sino que fue una decisión del canal, tomada en libertad. Un ejercicio de libertad de expresión.

¿Y en el caso de Melnick?

Sergio Melnick escogió libremente ser ministro de la dictadura de Augusto Pinochet que tanto daño causó a Chile en tantos niveles. E incluso si no supo de los peores daños y crímenes entonces, definitivamente los conoce ahora. Entonces, ¿es uno de los muchos ex miembros de regímenes autoritarios, ladrones y asesinos que sienten contricción por lo hecho y han cambiado profundamente desde entonces? No. Es un justificacionista, aún hoy. Afirma que si bien hubo excesos, lo obrado en todos los ámbitos de esa dictadura valieron la pena. Que se siente orgulloso de su participación entonces y que defiende el legado hoy. Puede intentar separar el legado en DD.HH. de todo lo demás, pero futilmente, ya que el legado es uno solo, con lo bueno, lo malo y lo horrible. La dictadura cívico militar fue una, indivisible, independiente de la conveniencia de uno u otro de tomar algunas cosas y dejar las demás. Alguien que ocupó cargos de importancia, como ser ministro en tal dictadura, fue parte de todo el proceso. Si fue cómplice o partícipe directo de violaciones a los DD.HH. es un asunto de los tribunales y de cárcel. Si no fue cómplice ni partícipe directo de violaciones a los DD.HH. ni de otros delitos, entonces la persona no corresponde que pase por la cárcel, pero tampoco corresponde que pierda su categoría de partícipe en una dictadura asesina y ladrona. Eso es una marca que uno llevará toda la vida. Lo que importa luego, es qué hace uno con ello y sobre ello. Algunos muestran arrepentimiento. Otros dedican su vida a que otros no repitan los errores propios. Otros, como Sergio Melnick, llevan la marca con orgullo, defendiendo su legado y su significado.

Y en eso puede no haber problema. Si no cometió personalmente delitos, Melnick estará legítimamente libre y puede pensar lo que quiera y decir lo que quiera y tener todo el derecho de pasar los últimos años de su vida ejerciendo su profesión en forma privada y el resto del tiempo en paz y en familia. Pero escogió seguir siendo una figura pública, a través de su opinión y figura, y a través de medios. Su opinión justificacionista y su figura representativa del régimen del que fue parte protagónica y que aún defiende.

En Chile hemos tenido casos con algunas similitudes. Grandes autoridades políticas o del ejecutivo de gobiernos que reconocen fueron dañinos para el país o, al menos, que cometieron grandes errores dentro de los cuales ellos mismos cargan con parte de la responsabilidad. Es el caso de muchos ex partícipes del gobierno de Allende. El que ni fue una dictadura ni violó sistemáticamente los DD.HH. como quienes los sucedieron. Pero para muchos, el haber sido menos antidemocráticos y menos dañinos que quienes vinieron después, no era razón suficiente como para quedarse tranquilos y pasar piola ante sus roles en grandes daños o errores. Muchos sortearon grandes procesos de autocrítica tanto privados como públicos. Muchos se renovaron. Muchos (no todos) reconocieron sus errores ante el país antes de volver a pedir espacio a través de vías democráticas, o en la discusión pública. La contricción era notoria. Y varios escogieron salir definitivamente de la esfera de lo público, asumiendo que sus figuras más dañaban que sumaban. Carlos Altamirano, por ejemplo, sigue vivo. Retirado de la política, pero no de la reflexión. A pesar de haber tenido un rol protagónico en la renovación de la izquierda chilena post experimento marxista. Reconoció que si bien sus ideas tenían espacio, su figura no. ¿De cuántos ex partícipes de la dictadura de Pinochet podríamos decir lo mismo? Realmente pocos. Sergio Melnick definitivamente no es uno de ellos. Ni renovación, ni contricción, ni reflexión ni retiro. Es el mismo ex ministro, y orgulloso de serlo.

Entonces, entendiendo que el Canal 13 tiene todo el derecho a poner a quien quiera en sus pantallas, ¿debiera tener a Sergio Melnick como panelista de un programa de opinión política?

Absolutamente No. Sergio Melnick, como figura justificacionista, provoca un daño y amenaza a la democracia actual, tan grande, como el daño y amenaza a la salud pública de Chile que provocó el “Dr. Soto” en el mismo canal, antes que decidieran sacarlo de pantalla para evitar dañar más. No puede ser normal tener a ex ministros aún justificacionistas de un régimen asesino y ladrón, ocupando sillas permanentes en un medio para forjar la opinión pública del país. Eso habla pésimo sobre el medio, sobre sus dueños y sobre cómo ellos valoran la democracia.

Melnick no debiera esperar tener derecho a un espacio socialmente legitimado como parte de la opinión pública del país. Tiene derecho a intentarlo. Pero su rol personal público debiera ser incompatible, o al menos provocar permanentes y fuertes roces, con el hecho de vivir en una democracia robusta que se protege a sí misma. Esto no es una incompatibilidad democrática con sus ideas, ya que conservadores pro empresa como él hay muchos que perfectamente podrían tener un rol no sólo legítimo, sino también necesario en el debate público. El problema no son sus ideas, sino su figura y lo que representa. La señal que se da a las nuevas generaciones de que participar en algo como lo que él participó, no tiene consecuencias sociales ni morales en nuestro país. El cómo este hecho deja parada a nuestra democracia y su defensa como valor.

Pero entender lo anterior es difícil, ya que la dictadura en Chile nunca fue totalmente derrotada, como en otros países. En España la derecha postdictatorial tuvo que renovarse completa y jubilar a sus peores figuras antes de poder pedir a los ciudadanos nuevamente un espacio legítimo tanto en el debate como en la democracia. Similar derrotero tuvieron algunos poscomunismos de europa oriental, al menos los que lograron renovarse para poder volver a buscar verosímilmente el poder en vez de quedarse como piezas de museo de otras épocas, rechazadas por sus ciudadanos. En Chile la izquierda postallendista sí vivió una fuerte renovación. Pero, teniendo mucho mayores razones para hacerlo, la derecha postpinochetista nunca hizo eso, ni en término de sus figuras, ni en términos institucionales. Aún hoy la declaración de principios de la UDI vanagloria el tomar el poder por la vía armada, destacando lo hecho en el pasado y, por añadidura, amenazándonos con legitimar hacerlo nuevamente.

Pero el que la dictadura no haya sido derrotada completamente no implica que sus legados deban ser moralmente aceptados en el país. Ni que sea aceptable seguir dándole espacio a quienes representan ese legado a través de su destacada participación en el pasado, sumada a su continua justificación actual. No más. Esto no es un ataque a la libertad de expresión, ni es un veto. Es un llamado a que un canal de TV ejerza su libertad de expresión para sacar de pantalla a una herida sangrante de nuestra democracia. Que reemplace a esa figura con otra de ideas similares, pero legítima social, moral, histórica y éticamente. Los cómplices pasivos no son sólo los que colaboraron entonces, sino también quienes colaboran hoy, para darle un espacio en la sociedad a algo que debió haber dejado de tenerlo hace tiempo. Ya es hora de vivir en serio en democracia, de defenderla, y de exigir a todo Chile que la defienda también. De no descansar hasta derrotar a la dictadura, a la idea de dictadura, completamente.

La discusión sobre Rincón es sobre el futuro de la DC

La guerra dentro de la Democracia Cristiana parece total y abierta en torno a la repostulación de Ricardo Rincón. Pero la razón va mucho más allá de su situación de condenado (con pena nunca cumplida) de violencia intrafamiliar. Su repostulación es, por un lado, una prueba y desafío al poder de Carolina Goic, presidenta (autosuspendida en ese cargo) y candidata presidencial del partido, quien se ha jugado políticamente por sacar a Rincón de la plantilla parlamentaria. En juego está su prestigio, su poder dentro del partido y, eventualmente, su candidatura presidencial. Pero, más importante aún que esto, la actual discusión puntual no es sino un proxy de una lucha mayor de poder que existe hoy en la DC sobre el futuro del partido, que se refleja en las opciones de corto plazo, todas malas, entre las que tienen hoy que decidir. Entre los diputados y buena parte de la “clase funcionaria pública” del partido que desean bajar a Goic y pactar con la Nueva Mayoría para minimizar las pérdidas parlamentarias, versus la misma Goic junto con poderes fácticos y parte de la base partidaria que desea llegar hasta el final con la aventura independentista de la DC, se pierda lo que se pierda.

El camino de estos independentistas es pagar un alto costo de corto plazo, perdiendo buena parte de la base parlamentaria de la DC en una aventura de camino propio, y asegurando la pérdida de toda posibilidad (ya bastante disminuida, en todo caso) de ser gobierno en el próximo período. El llevar candidatura propia y lista parlamentaria propia implica tener el peor resultado parlamentario para la DC desde la década de 1950, con toda la pérdida de poder que eso conlleva. Pero, será una oportunidad para adelgazar en militantes y poder, buscando nuevamente la identidad e intensidad ideológica de un partido engordado por las décadas de relación con el Estado, los cargos y los intereses que nacen con ellos. En el corto plazo, implicaría tener un rol de bisagra con Piñera, logrando mantener algo de poder político estando fuera del gobierno y teniendo una importante palabra en qué podrá o no hacer un gobierno con asegurada minoría parlamentaria. Al la DC tener los (pocos) votos que el gobierno podría necesitar para aprobar cada elemento de su agenda, el partido podrá tener un buen pié negociador. Mucho mayor que el que podrían tener manteniéndose en la Nueva Mayoría y siendo estricta oposición.

El camino de los diputados y la clase funcionaria, es muy diferente, ya que implica minimizar las pérdidas de corto plazo tanto en el congreso como en los cargos públicos. Es unirse rápidamente a la candidatura de Guillier y a las listas parlamentarias de la Nueva Mayoría, asegurando más diputados y senadores que lo que obtendrían en el camino alternativo. Además, implicaría luchar por la posibilidad -lejana, está claro- de ganar la elección y seguir en el gobierno, con todo lo que eso conlleva. Aunque implica sacrificar la identidad del partido. Aunque implique rendirse con una bandera blanca ante el aceptado mayor poder de sus socios. Aunque implique un camino, probablemente sin retorno, hacia una decadencia progresiva pero controlada, igualando el camino que el Partido Radical realizó cuando comenzó su declive hace décadas, justamente cuando la DC surgió como fenómeno electoral y le arrebató el centro político a fines de los 1950s. Este camino implica sólo buscar el poder, buscando el camino de minimizar su pérdida de corto plazo ante cada disyuntiva, y perder toda esperanza de una agenda o identidad propia. Así, la DC sería el nuevo Partido Radical.

Pero el camino de Goic es arriesgado. El camino propio puede resultar desde dañino en el corto plazo, hasta terminal. Con una candidatura que no supera el 2 o 3% de las preferencias, la parlamentaria puede terminar siendo una masacre, terminando para siempre con el partido, logrando en pocos años una debacle que sin Goic podría durar décadas. Para ellos, el mejor caso es un partido mucho más pequeño, pero con renovados bríos identitarios e ideológicos, si es que logran construir una agenda de futuro. Pero el peor es desaparecer, y rápido.

En el otro camino, el riesgo es menor: es decrecer en peso e importancia lentamente, para desaparecer en una o dos generaciones más. Pero en el intertanto, mantener muchos parlamentarios, cargos públicos y las fuentes de ingreso de muchos militantes que de lo contrario vivirían el frío polar del mundo privado para el que no están preparados. Pero asumiendo que los mejores años están atrás, y entendiéndose como simples secundones o parásitos de los partidos y liderazgos ajenos que definirán los grandes temas de los tiempos.

Este es el momento de definición estratégica de la DC más relevante para su historia desde que decidieron pactar con sectores socialistas en 1987, formando la Concertación y apostando a conseguir el poder a través del plebiscito. Esa resultó ser una decisión espectacularmente provechosa. La actual, en cambio, tiene el pronóstico reservado, ya que el partido no tiene caminos buenos por delante. O pierden poco ahora y siguen perdiendo de a poco, o pierden mucho ahora con baja posibilidad de surgir después y con una probabilidad no menor de sufrir un desastre de corto plazo que los puede hasta hacer desaparecer para siempre.

Si la DC está dominada por quienes necesitan más el sueldo púbico que al partido, el camino resultante del choque de fuerzas internas será el lento declive radical. Si no, será el desangre rápido ahora y la apuesta hacia el futuro. De esto se trata finalmente la candidatura de Goic, de romper estructuras e inercias internas para remecer a un partido que parecía condenado a su lento declive. Y a través de la influencia política que se podría lograr para fortalecer o condenar dicha candidatura, de esto también se trata la presencia de Ricardo Rincón en la plantilla parlamentaria.

Machismo de mercado: isapres vs bancos

Mucho se habla sobre la diferencia por sexo que existe en los planes pagados a las Isapres. Sobre todo en edad fértil, ya que las mujeres son más riesgosas de asegurar, los planes para ellas son sustancialmente más caros. La justificación está en la concepción individual del seguro, que cada persona debiera asumir el mayor o menor riesgo que trae al sistema. Así, se evita que hombres subsidien a mujeres en prestaciones que ellos no utilizarían personalmente. Criticable, socialmente dañino, necesario de ser modificado, pero al menos guarda cierta coherencia conceptual.

Pero menos se habla de los casos donde las mujeres tienen menor riego para los sistemas económicos. Un buen ejemplo es en su consistentemente mejor condición de pagadoras de créditos a bancos e instituciones financieras. Sobre su mejor capacidad de ahorro y su mayor responsabilidad financiera en sus vidas personales. Entonces, si el sistema financiero fuese conceptualmente coherente con lo que defiende para la salud, debiera también serlo para los bancos, ¿cierto? Los intereses de los créditos reconocen el menor riesgo que estos tienen cuando son entregados a mujeres, por lo que sus precios deberían ser menores para ellas, ¿cierto?

Por supuesto que no. Los bancos no suelen diferenciar el riesgo entre hombres y mujeres, y los créditos tienen generalmente la misma tasa de interés para ellas que para ellos, creando así un subsidio de las mujeres hacia los hombres.

El sistema financiero debería ser coherente en sus prácticas, al menos, para no develarse tan fácilmente como machismo de mercado. Si el principio de igualdad de género es respetado, debiera serlo tanto en créditos bancarios como en Isapres. Si, en cambio, el riesgo personal es lo que debiera definir el precio de los productos financieros, entonces los créditos bancarios debieran ser explícitamente más baratos para mujeres. Y si eso llegase a ocurrir, me imagino que la batahola duraría unos 5 minutos antes que el sistema financiero fuese rápidamente corregido para igualar condiciones de hombres y mujeres tanto en créditos bancarios como en seguros de salud. Cualquier camino de coherencia debiera llevar al mismo resultado. Sólo la inconsistencia basada en decisiones tomadas por directorios donde las mujeres son apenas la excepción, es lo que explica la actual diferencia de criterio.

Porque las cuestionables injusticias que perjudican a mujeres y benefician a hombres son toleradas y justificadas por la sociedad y por el mercado. Pero, ¿lo inverso? No en este país.

Corrigiendo inconsistencias en oposición a la gratuidad universitaria

El sentido de justicia de la gratuidad universitaria volverá a ser parte de la conversación nacional de la mano de la intentona de freno o incluso retroceso que traerá el más probable futuro presidente de Chile (al menos por ahora). Los promotores de la gratuidad han dicho por años, y lo siguen diciendo, que es un derecho social. Que por ello no debe depender de los ingresos familiares, y debe ser para todos. Que es un acto de justicia que hace a una mejor sociedad. Y en conectar con ese sentido de justicia, han sido muy efectivos para construir firmes cimientos emocionales en buena parte de la población a favor de la gratuidad, como punta de lanza del cambio de las políticas públicas desde la focalización hacia los derechos garantizados. Por ello, la discusión sobre gratuidad es sobre muchas cosas más que sólo la gratuidad, y es clave para la construcción del Chile del futuro.

De los argumentos contrarios a la gratuidad hay varias familias: la que ha tenido más éxito ha sido la de “los ricos no”, que es la que acepta la gratuidad para un porcentaje de la población, pero la niega para aquellos chilenos de mayores recursos. Es decir, hace el caso moral de que el aporte de los más pobres para pagar la educación de quienes son más ricos, sería injusto. Esto conecta con el sentido común de muchos. Es la defendida por Piñera e, incluso, intuitivamente por Bachelet cuando se bajó del avión en marzo del 2013, antes que la aleccionaran sobre la inconveniencia de lo que le decía su sentido común. Pero la discusión termina siendo sobre números: ¿cuánto es justo? ¿40%, 60%?. Cualquier frontera será siempre arbitraria, y como tal, es un mal dique para el potente argumento moral y de justicia de la gratuidad como derecho.

Otra familia es la estrictamente utilitarista, de “me gustaría, pero las prioridades son otras” que si bien puede tener sentido para las personas que buscan responsabilidad fiscal, es una aceptada derrota en el plano de las ideas. El tema no sería si la gratuidad universitaria es buena o mala, sino que cuándo sería su momento, ya que se asume buena, pero también se asumen otras cosas como aún mejores. Un proponente de ella es Felipe Kast, según su presentación en el programa “Aquí está Chile” de Chilevisión/CNN. Es útil, ya que enfrenta a los proponentes de la educación universitaria como derecho, a la dura realidad de la priorización fiscal, obligándolos a escoger entre financiar universidades para quienes podrían pagarla con un crédito, por sobre pensionados que viven con una miseria, o enfermos crónicos en listas de espera, o niños en el Sename con su vida en riesgo. Pero, si pone en vergüenza temporalmente a promotores de la gratuidad, es una derrota en la cancha de las ideas que permite dejar la cancha limpia para construir los cimientos de la política pública universalista, sin oposición. El tema ya no sería moral ni de justicia, sino de nivel impositivo.

Una última familia, ya casi desaparecida, es la del beneficio privado de la educación. Esto es, que la educación universitaria tiene un importante componente que beneficiará los ingresos futuros, por lo que sería, al menos en parte, una inversión para el propio beneficio del estudiante. Esto, además de un componente de beneficio público, donde todos nos beneficiamos con tener más profesionales y por lo tanto es justo que parte de esa educación se financie con fondos generales entregados por todos. Parte, pero no todo. La respuesta ante esta familia ha sido compleja y llena de deshonestidades, al descartar el beneficio privado y enfocar la perspectiva de derechos sólo al beneficio público. Además, centrar el significado de la educación en algo sólo monetario o de beneficios, es incompleto y difícilmente entusiasme a muchos. Finalmente, fue poco efectiva al entregar visiones “a medias” en la discusión bipolar que terminó por arrollarla: la de derechos vs educación de mercado, que asumía una elección entre educarse para tener sólo beneficios privados (Piñera 2011) versus una de derechos con beneficios públicos. Ambos extremos, claramente, deshonestos.

La alternativa a la gratuidad siempre han sido los créditos. Pero en general han sido considerados por los detractores de la gratuidad como una “alternativa aceptable y eficiente” ante la injusticia de la gratuidad que buscan demostrar. Hasta ahora, no se ha hecho exitosamente un caso moral por los créditos. No basta con decir que el otro camino es malo para convencer al resto de cambiar de rumbo. También hay que mostrar las ventajas del camino propuesto, y mientras esas ventajas sólo se muestren desde una perspectiva economicista y no moral y de justicia, tu propuesta tendrá pocas oportunidades de competir contra una alternativa que es esencialmente moral y de justicia.

La oposición a la gratuidad, además, tiene graves inconsistencias que debilitan sus posiciones y la impiden tomar posiciones morales o de justicia más firmes.

Una importante, es el caso de los estudios de posgrados a través, por ejemplo, de Becas Chile. Es difícil hacer un caso moral potente en contra de la gratuidad universitaria, en particular desde la élite, cuando la misma gratuidad existe, enchulada, para el posgrado: Son montos mucho mayores por beneficiado, que van más allá de la matrícula, incorporando en muchos casos costos de vida, y en la práctica destinada mucho más focalizadamente hacia la élite, que la gratuidad. Algunos recordarán la obligación de pagar el posgrado con trabajo universitario o público en Chile por un breve número de años, pero el costo privado de ese “sacrificio” es ínfimo al lado del mayor aporte que la sociedad hace a ese profesional en sus estudios de magíster o doctorado, versus el que realiza a un universitario a través de la gratuidad. Es cierto, el posgrado es diferente que el pregrado. Chile necesita posgrados y muchas veces son imposibles de pagar individualmente. Además, en particular los doctorados suelen ser muy poco rentables en términos privados, por lo que el financiamiento público es necesario para su existencia. Pero, la frontera arbitraria que separa a los pregrados de los posgrados no logra justificar que en unos la gratuidad sea indeseable mientras que en los otros sea necesaria e indiscutible. Al menos no como para hacer un argumento moral potente en contra de la gratuidad universitaria. Y ante esto, se pierde buena parte de la credibilidad cuando ese argumento se intenta construir.

Otra inconsistencia, es la dificultad para construir un caso moral hacia los créditos como forma superior de financiamiento, cuando la élite nunca ha propuesto utilizarlos ellos mismos como reemplazo al financiamiento de la educación por parte de sus padres, que consideran también un derecho. Así, quienes desde la élite defienden la alternativa de los créditos terminan siendo como José Ramón Valente o Sebastián Piñera cuando destacan las ventajas del sistema de AFP, mientras reconocen que ellos mismos no las utilizan. Efectivamente, es injusto “condenar” a gran parte de la población a usar parte de su sueldo en pagar una universidad mientras los que nacieron con más suerte pueden contar con todo su sueldo. Si bien ese escenario es más eficiente socialmente que la gratuidad, en las discusiones políticas y de persuasión electoral, la justicia le gana a la eficiencia en cualquier contexto y en todo escenario.

Entonces, ¿cómo construir una oposición a la gratuidad que resuelva sus inconsistencias para hacer un caso moral y de justicia?

Primero, con una nueva familia de argumentos contrarios a la gratuidad: la de justicia intergeneracional. Una que logre separar de manera efectiva y consistente la situación económica familiar del pago universitario de los jóvenes. El argumento iría así: “La gratuidad universitaria universal no es injusta sólo en algunos casos donde la recibirían quienes no la necesitan, sino que es injusta en todos los casos porque siempre la recibirá una persona que será un profesional universitario que, como tal, estará en mejores condiciones de pagar esa universidad que la mayoría de los chilenos. El crédito, entonces, es el camino más justo para todos, ya que permite que todos quienes puedan académicamente acceder a estudios superiores, puedan estudiar independiente de los ingresos de sus familias, permitiendo en su pago el estudio de las generaciones futuras, financiadas por quienes hoy y ayer hemos sido privilegiados con una educación universitaria”. Pero para hacerlo consistente, hay que desconectar completamente a las familias del pago universitario, eliminando los “remanentes” del arancel de referencia que hoy siguen a su cargo. Y para hacerlo justo, esa desconexión debe ser universal. El crédito debe ser para todos, sin importar si la familia puede pagar la universidad o no. Porque si se esgrime el crédito como forma de justicia para evitar ser perjudicado por las condiciones de origen, sólo tiene credibilidad meritocrática si se usa también para evitar ser beneficiado por sobre el resto por las condiciones de origen. Sólo se puede hacer el argumento de justicia intergeneracional si vale para todos. Es cierto, algunas familias podrán igualmente ayudar a sus hijos con las cuotas de los créditos luego de egresados, pero profesionales de élite de 30 o 35 años recibiendo mesadas de sus padres ya no es un tema de justicia, sino uno de dignidad. Serían la excepción.

Además, en la misma discusión habría que incorporar a los estudiantes de posgrado. Ya no con una línea arbitraria que divida ambas categorías de estudio, una con gratuidad y otra sin, sino que con honestos argumentos sobre beneficios sociales y privados, que lleven a diferentes porcentajes de los estudios que el Estado debiera pagar, según carrera y nivel, dejando lo demás para devolver a través de crédito y/o trabajo. Así, un estudiante de doctorado científico, con baja rentabilidad privada de sus estudios, sería ayudado tanto como un buen estudiante de arte de pregrado, por las mismas razones: su aporte social será mucho mayor a su ganancia privada. Estudios de magíster con alta rentabilidad privada, por ejemplo, debieran tener un alto nivel de copago de sus estudios y/o un régimen bastante más exigente de devolución de su trabajo hacia la sociedad que el que existe hoy, el que podría también ser considerado para profesionales de pregrado como forma de devolver la deuda de sus estudios.

Para hacer un caso moral y de justicia efectivo, la élite debe estar dispuesta a sacrificar algunos de los elementos que actualmente los benefician en el régimen presente de financiamiento educacional. Sin ese sacrificio, sus argumentos podrán ser fácilmente descartados como un desesperado intento para preservar sus actuales ventajas y beneficios. Sólo con ese sacrificio, podrán convencer de la honestidad de sus intenciones en hacer un caso moral y de justicia para todos, donde todos pierden algo para todos ganar mucho más. La meritocracia real no sólo abre puertas, sino también clausura ventajas. No existe meritocracia real sin dolor para las élites.

Un caso moral y de justicia intergeneracional como este (puede haber otros) que se preocupe de su autoconsistencia, no necesariamente asegurará un triunfo por sobre el fácil caso de la gratuidad y de la universidad como derecho, pero al menos le prestaría batalla en un plano relativamente parejo, y no sería la arrolladora masacre ideológica en cancha dispareja que hemos visto los últimos años.

El problema de EE.UU. no es Trump, sino su pueblo

Acaba de terminar la primera gira internacional de Donald Trump. Desde una perspectiva geopolítica, fue un fracaso de dimensiones planetarias. El ataque e insulto permanente a sus aliados históricos, terminó de hacer oficial la pérdida del liderazgo del mundo libre, tanto por parte de EE.UU. como país, como por la institución de su presidente.

Ian Bremmer, recientemente en Chile, acaba de proponer que si EE.UU. deja de promover valores democráticos, ya no existe tal cosa como un mundo libre. Y que si hubiera alguien lo más parecido a su líder, sería hoy Angela Merkel. Tal vez con Justin Trudeau y Emmanuel Macron de mosqueteros a su lado. Justamente la canciller Alemana dijo a los suyos, tras el fin de la gira de Trump, que los tiempos en que podían tener confianza de su aliado al otro lado del atlántico, habían quedado atrás. Que Europa debía acostumbrarse a defender sus propios intereses y valores, su destino, por sí mismos.

Uno se podría preguntar: ¿Cómo puede un presidente como Trump cambiar tanto y tan rápido las alineaciones geopolíticas de largo plazo en el mundo? ¿No debería el retorno a la normalidad de EE.UU. con otro presidente en probablemente 3 años y medio devolver las cosas a su lugar histórico?

Partamos por la segunda pregunta: Probablemente no. Justamente porque las relaciones son de largo plazo, las confianzas también deben serlo. Y al haber escogido a alguien como Trump, con sus valores anti ilustración, anti globalizantes, anti internacionalismo y anti liberales, el pueblo norteamericano cruzó una puerta que se cerró a sus espaldas y no la podrá abrir fácilmente: Tal como escogió a Trump ahora, en 4, 8, 12 o 20 años más, podría escoger a otro presidente similar. Y las relaciones de confianza de largo plazo no se pueden mantener con esa espada de Damocles colgando sobre el cuello de occidente.

Ahora podemos responder la primera pregunta: Una persona no puede fácilmente cambiar alineaciones geopolíticas de largo plazo. Pero las millones que votaron por ella, sí. Trump no cambió la alineación geopolítica del mundo, lo hicieron sus votantes, el pueblo estadounidense, que aún hoy, con todo lo que sabemos, mantiene la aprobación de Trump apenas bajo el 40%. La pérdida del histórico liderazgo internacional de esa nación no fue un evento temporal, sino uno estratégico, de largo plazo y del que parece no haber vuelta atrás.

Si con el derrumbe del muro de Berlín cayó una de las dos superpotencias de la segunda mitad del siglo XX, el mundo unipolar no duró mucho más. El 2016, en las urnas, se derrumbó la potencia que quedaba. El mundo libre con liderazgos claros ya no existe.