El error de Piñera

Piñera cometió un error que lo está dañando.

No me refiero al haber tomado con poca seriedad el desafío de los potenciales conflictos de interés que enfrentaría en su gobierno, al establecer un fideicomiso que no fue realmente ciego, que no cubrió sino una pequeña parte de su fortuna y que no lo protegió de los conflictos de interés. Aunque eso, también lo dañó y lo sigue dañando.

Tampoco me refiero a la falta de transparencia sobre dónde estaban las inversiones del presidente cuando asumió. A un nivel tal que recién ahora llegamos a enterarnos que tenía inversiones mineras cerca de el proyecto de Barrancones. Aunque eso, también lo dañó y lo sigue dañando.

Tampoco me refiero a haberse saltado toda la institucionalidad para, a lo Trump, tomarse la responsabilidad y acción del Estado en sus manos y a punta de telefonazos, bajar un proyecto energético privado que estaba causando grandes protestas sociales. Todo eso, mientras él y su familia tenían dinero invertido en otro proyecto productivo importante en la misma zona, que pudo haberse beneficiado con la desaparición de una futura fuente de contaminación, haciendo más lejana la posibilidad de saturación ambiental que haría más difícil su propio proyecto. Aunque esto, también lo dañó y lo sigue dañando.

Me refiero a su respuesta. A su cerrada defensa de que no hizo nada impropio, nada ilegal y que todas las denuncias son ataques políticos destinados a dañar su eventual candidatura. Pero los hechos mencionados más arriba no han sido desmentidos. Son reales. Lo que no necesariamente es verdadero, es la aparente conclusión que podría obtenerse de ellos, y que hoy está en manos de la justicia demostrar. Esta es, que utilizó una y otra vez su poder ejecutivo presidencial para enriquecerse aún más. Eso NO está comprobado y no sólo sería ilegal, sino destructivo para cualquier empresario que desee llegar a la presidencia. El argumento facilista pero efectivo en el mundo popular de que “tiene tanto dinero que no tiene para qué robar” se haría trizas. Sería su Caval, pero antes de la elección.

El problema, entonces, es que al meter tanto lo real e indesmentible como lo especulativo y realmente dañino en un mismo saco y llamar a todo eso como un ataque político, está poniendo su promesa de que no habría utilizado el poder para su propio beneficio, al mismo nivel que su rechazo a acusaciones de hechos reales, que él mismo causó al no tomar en serio la montaña de conflictos de interés que se le vendría encima. Como tal, Piñera muestra todo junto al electorado, en un solo paquete, y le está diciendo: no crean en todo esto. Pero como hay hechos reales entre medio, la pregunta obvia es: “Si me pide que rechace algo que es verdad, lo demás que me pide que rechace, lo realmente dañino, ¿será también verdad?”. Así, Piñera da peso a las acusaciones sin fundamento que se desprenden de los hechos reales. Da fuerza a la narrativa de que usó su poder presidencial para enriquecerse aún más a sí mismo, y ayuda a instalar la expectativa que la razón para volver a la presidencia, sería seguir enriqueciéndose a costa de los chilenos con el uso de todo el poder del Estado.

Probablemente Piñera no bajó Barrancones pensando en favorecer su propia inversión en la minera Dominga. Aún más descabellado sería pensar que el juicio en La Haya habría sido influido por los intereses del entonces presidente en una empresa pesquera peruana. Pero ante su negativa rotunda a tomar de una vez en serio el desafío de sus conflictos de interés y de reconocer que su fideicomiso fue poco mejor que una burla, lo único que hace es darle injusto peso a la idea que usó el gobierno para su bolsillo y que lo querría usar de nuevo. Al final, con un fideicomiso serio, ninguno de estos problemas hoy lo estarían aquejando. Piñera no es víctima de una conspiración comunista y de la Nueva Mayoría, sino de sus propias e irrefrenables pulsiones. Tanto la raíz de sus problemas como la fuente de sus soluciones, las puede encontrar en el espejo.

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