La paz en la Araucanía pasa por Rapa Nui

Una de las mejores lecturas cortas con las que me he topado los últimos años sobre el conflicto entre el Estado Chileno y el pueblo Mapuche en la Araucanía, es la fantástica entrevista que The Clinic le hace a José Bengoa, quien ha estado décadas como actor, observador y pensador en medio de la evolución del conflicto. Y su lectura deja claro el tamaño del desafío político en torno a una solución política de largo plazo que nos evite seguir en el actual camino donde la creciente violencia es la única protagonista.

Esta violencia, ha sido resultado de la falta de diálogo político. Por un lado, viene de la represión estatal para asegurar los intereses económicos de quienes tienen cooptado al Estado local. Por otro, de los elementos más extremados de la generalizada reacción cultural y política ante la inacción estatal, el fracaso de la vía política, y el ninguneo y rechazo de su propia identidad.

Actualmente las partes, están a gran distancia entre sí. Hoy, un lado exige, para sentarse a conversar, reconocimiento constitucional, territorio, disponibilidad para conversar sobre autonomías, y cuotas parlamentarias aseguradas para pueblos originarios, todo en un diálogo de alto nivel entre los pueblos y el Estado de Chile. El otro lado, ofrece programas de reactivación económica y reconocimiento constitucional. Como si mayor progreso económico hiciera olvidar las demandas identitarias. Como si el problema fuese la miseria en lugar del racismo.

Los impedimentos para acercar posiciones son enormes.

Por un lado, los intereses económicos ligados a la misma tierra que se demanda su devolución, hacen difícil, sino imposible, que se pueda disponer de ellas como parte de cualquier diálogo. Por otro, la idea machacada hasta niveles obsesivos, por décadas, del Estado chileno como extensión de un pueblo nación unitaria, tanto en términos culturales como raciales, hace que cualquier discusión sobre autonomías sea rechazada de antemano, como si fuera traición a la patria. Además, el mismo concepto de los cupos asegurados en el congreso también es rechazado de manera fundamental, por las mismas razones: la adicción al concepto del estado unitario, que tan efectivamente impuso Diego Portales, pero que fue elevado a niveles cuasi religiosos en la dictadura de Pinochet. Esto, a pesar de que tanto las autonomías como la representación mediante cupos han sido temas perfectamente razonables a discutir en cualquier país del mundo que tenga relevantes diferencias demográficas, territoriales, raciales, religiosas, identitarias, étnicas y/o históricas. Es decir, cualquier país como Chile.  Finalmente, todo lo anterior se tiñe con la opresión emocional, conceptual y relacional que es el racismo. Como resultado, cualquier demanda que venga de quienes se ven como inferiores o menos valorables, será menos considerada. Por eso es que las ofertas desde el Estado han sido una y otra vez, no lo que el pueblo Mapuche demanda o necesita, sino lo que la élite blanca gubernamental cree que necesitan, desde su propio punto de vista y sin intención ni interés de esforzarse en ponerse en el lugar de sus interlocutores. De entenderlos y realmente reconocerlos como iguales. El racismo lo impide. Por eso es que tenemos, en vez de reconocimiento, territorio, autonomías y derechos políticos.. simples programas de promoción para el sembrado de cultivos.

Si las taras culturales, políticas y de prejuicio racial por parte del Estado son tan grandes ¿Cómo avanzar?. Derribarlas todas juntas puede parecer una tarea imposible. Y tal vez lo sea. Por eso, la clave puede estar no en la Araucanía, sino a 3640 kilómetros al noroeste de Temuco, en Hanga Roa.

El pueblo Rapa Nui tiene desafíos y exigencias similares al Mapuche. Demandan un control económico y político mayor sobre su propio territorio, proteger y promover su propia identidad y cultura. Esto no es otra cosa que reconocimiento, territorio y autonomías. Y han tenido recientes éxitos, como las sucesivas derrotas judiciales y políticas por sobre parte de los intereses económicos del continente en la zona, o la aceptación por parte del Estado de Chile de instaurar cuotas de turistas y personas foráneas a la isla, que puedan estar en ella en cada momento. La isla ya se alzó como una excepción a nuestro Estado unitario, en algunas temáticas. Y puede seguir avanzando en forma importante en esta dirección. La razón es que los impedimentos para avanzar son mucho menos portentosos que los que existen en la Araucanía: Los intereses económicos asociados a la élite chilena que existen en la isla son muchísimo menores. La idea de hacer de una isla en medio del pacífico una excepción a nuestro ordenamiento político-jurídico es mucho más aceptable. El racismo, si bien también existe, es menos limitante cuando el objeto de ese racismo está a miles de kilómetros mar adentro. Y finalmente, el pueblo Rapa Nui, a diferencia del Mapuche, tiene alternativas. La amenaza de consultas o incluso referéndums de independencia o de escoger a un nuevo país que los acoja (siempre se ha hablado de Francia, como ejemplo), hace que el Estado de Chile tenga una mucho mayor disposición a ceder y a negociar. Todo esto hace que el camino hacia las autonomías y la representación política sea mucho más pavimentado si es que parte desde Hanga Roa, que el camino de tierra, lleno de baches, que parte desde Temuco. Un pueblo Rapa Nui con autonomías políticas y judiciales relevantes, con autodeterminación en un espacio determinado de funciones dentro del territorio, con autocontrol sobre ciertas instituciones estatales, no es algo que esté fuera de toda posibilidad.

Con el precedente de una Hanga Roa con ciertas autonomías administrativas, económicas y políticas, el miedo a la pérdida del concepto unitario del Estado-Nación puede corroerse hasta hacer verosímil la expansión de esos ordenamientos a otros territorios. Eso permitiría derrotar al menos a uno de los 3 grandes enemigos de la paz en la Araucanía. Derrotado Villalobos, sólo quedaría en pie el formidable racismo y los imponentes intereses económicos de la zona. No será una discusión fácil, pero al menos ya no tendrá el dejo de imposibilidad de la conversación actual, que aleja a las partes de una ilusa mesa de negociación, y acerca a los más extremos, cada vez más, a las armas. Una mesa con expectativa de viabilidad, en cambio, margina a los radicalizados y pone los esfuerzos donde deben estar: en el Parlamento. Y no me refiero al de Valparaíso.

Una agenda para un nuevo liberalismo chileno

Tras la debacle política y electoral de noviembre escribí una “Autopsia al centro liberal“, donde propuse algunas de las posibles razones para el fracaso y elucubré sobre posibles direcciones para un futuro renacimiento. Es decir, sobre el fracaso del centrismo, la moderación, la tecnocracia y la gradualidad como discurso político y sobre la necesidad es articular en su lugaral liberalismo como extremo de la batalla cultural y política entre modernidad de mercado-democrática-valórica versus las fuerzas contraculturales de izquierda y derecha que se levantan para oponérsele, como hemos visto en el mundo desarrollado. Esto es, construyendo un liberalismo radical, antielitario, antiprivilegios, pro mercado y pro relaciones de igualdad entre las personas. Ahora intentaré ahondar un poco sobre qué podría implicar todo esto. Primero, con algunas direcciones político-culturales y luego, con propuestas de agenda programática para el futuro de un posible nuevo liberalismo radical. Pero, aún más que lo anterior, es un intento de propuesta de nuevo lenguaje a través del cual explicar el país, sus desafíos y su futuro. Esto no pretende ser un programa, ni mucho menos ser exhaustivo, sino sólo una primera aproximación, con no más intención que provocar a través de ideas, propuestas y lenguaje. Vamos:

Direcciones Político-Culturales:

  1. Radical: Una apuesta por los cambios fuertes, duros y atrevidos. Chile, la sociedad y sus instituciones deben acelerar su cambio para poner a las personas y sus instituciones a la altura de la velocidad del cambio de al realidad
  2. Pro relaciones de igualdad entre las personas: La libertad sólo se vive en igualdad de dignidad y trato. Emparejar la cancha entre las relaciones humanas, hacer del igual trato, la igual dignidad y la igualdad ante la ley mucho más que sólo conceptos al aire, sino los hilos con los que construyamos el tejido social del futuro. Esto implica intervenir y aplanar tanto el marco legal como las relaciones prácticas entre hombres y mujeres, entre adultos y jóvenes, entre empresarios y trabajadores, entre autoridades y ciudadanía, entre chilenos e inmigrantes, etc.
  3. Pro mercado: Apostar por el mercado como forma de crecer, y por el ciudadano-trabajador-consumidor como el principal activo. Cambio de la economía basada en las grandes empresas, la internalización de las ganancias y socialización de las externalidades, y su relación con el Estado, por una economía de personas, de internalización de externalidades, de flexibilidad, de competencia y libertad.
  4. Pro diversidad: Ir más allá de promover la tolerancia y construir espacios de igualdad ante la ley, sino defender la importancia de la diversidad en la construcción de una sociedad moderna. Son la diversidad cultural, sexual, de géneros, de nacionalidades, de orígenes, de etnias, de cultos y de identidades, las que nos abren las puertas del futuro como nación. Chile es más y mejor mientras es más diverso. La homogeneidad, la uniformidad y el nativismo deben ser enemigos culturales a derrotar.
  5. Anti privilegios: Combatir activamente los privilegios, no importa quién los ostente. En la sociedad, en las empresas, en los mercados y en el Estado. Para construir un país de personas iguales en libertad y posibilidades, quienes guardan poder para sí y en contra de los demás, deben ser combatidos, desmantelados y reemplazados.
  6. Antielitario: El liberalismo chileno clásico fue derrotado militarmente por la élite conservadora en 1830, en 1859 y finalmente en 1891, para convertirse en su genuflecta comparsa por 100 años hasta desaparecer. El liberalismo, si quiere renacer, debe liberarse de ese yugo y separarse cultural, política y simbólicamente de la élite conservadora chilena. Si esa élite no teme al liberalismo, no estamos cumpliendo nuestra labor libertadora. Que nos teman. La batalla de Lircay se sigue peleando y sobre nuestros hombros está la responsabilidad de ganarla de una buena vez.
  7. Focalizado: Privilegiar que la acción del Estado sea realizada donde más se necesita, redistribuyendo los recursos obtenidos en forma progresiva, progresivamente. Así, haciendo redistribución efectiva entregando derechos desde quienes más los necesitan hacia arriba, y construyendo capacidades y seguridad donde más son necesarias. Esto es, un Estado enfocado en los más pobres, en los más discriminados y en los más vulnerables.
  8. Con la mirada en el futuro: Lo que hacemos hoy debe ser con la mirada más puesta en el futuro que en el presente. Chile tiene grandes desafíos y gran atraso. Comencemos a mirar hacia adelante y actuar hoy en ese sentido. Atreverse sin miedo, apostar sin temer el fracaso. Es decir, emprender para experimentar y equivocarse para mejorar. Chile debe entenderse y liderarse como una startup.

Propuesta de Agenda Programática de Futuro (algunos ejemplos):

  1. Fin a la diplomacia de las balas de cobre: Reducción sostenida de los gastos militares chilenos, terminando la Ley Reservada del Cobre, con la búsqueda de un compromiso similar -aunque sea menor- de nuestros vecinos, para traspasar progresivamente recursos de las naciones cercanas desde las armas, a pensiones, educación parvularia, escolar, salud pública, desarrollo de ciencia y tecnología y fortaleciendo una nueva diplomacia activa y colaboradora, centrada en el desarrollo de nuestros vecinos y nuestra integración económica y social con ellos.
  2. Democracia líquida para darle poder a las personas: Entregar a ciudadanos la facultad de votar por cualquier ley de la república a través de plataformas digitales, tomando para sí parte proporcional del poder de representación de sus parlamentarios en el congreso cuando participen, y quitándosela a sus representantes. Esto abrirá espacios de participación vinculante en la democracia y aumentará la responsividad de los representantes ante su electorado.
  3. Reforma Procesal Civil: Poner a la justicia civil al alcance de los ciudadanos, para ser una herramienta útil y justa en las relaciones entre las personas y entre personas e instituciones con procesos cortos y orales, públicos, que emparejen la cancha entre las personas y entre personas e instituciones, facilitando la asociación entre personas para enfrentar judicialmente a organizaciones mayores, para que sea la justicia en sus relaciones, y no el peso del dinero y el privilegio, lo que defina los destinos de las personas, de sus intercambios, de sus relaciones, de la sociedad y del país.
  4. Garras y dientes para la justicia contra crímenes de cuello y corbata: Fortalecimiento de la Unidad de Delitos Complejos, dándole acceso a economistas, tributaristas y abogados de altísimo nivel. Aumento generalizado de capacidades intrusivas investigativas y en las penas para delitos de cuello y corbata, privilegiando penas de cárcel para delitos de gran alcance en monto y afectados, sobre todo aquellos que afecten los ahorros previsionales de millones de chilenos. Buscar estándar OCDE en capacidad, persecusión y castigo de delitos graves. Que nunca más una persona sea demasiado poderosa como para ir a la cárcel cuando comete un delito grave.
  5. Liberar y proteger a los trabajadores: Reemplazo de la indemnización por años de servicio por una indemnización a todo evento a través del fortalecimiento del seguro de desempleo. Aumentar impuesto retenido a trabajadores independientes para financiar pensiones y salud y aumentar fiscalización y penas a empresas e instituciones que operen con trabajadores sin contrato. Partiendo por el Estado de Chile.
  6. Desegregar los lugares de trabajo: Incentivo a comedores integrados en los lugares de trabajo, e impuesto al salario de ejecutivos que tengan su lugar de trabajo alejado de las principales lugares productivos asociados a su labor, como compensación al costo urbano y social que la segregación urbana provoca. Debe ser de interés público que los lugares de trabajo sean espacios de integración social y de diálogo.
  7. Comercio justo para todos: Entregar a consumidores finales el derecho legal a poder pagar en las mismas condiciones de plazo y crédito con que la empresa a la que compra un producto o servicio paga a sus proveedores, si ese plazo promedio de pago supera 1 mes. Comenzar aplicación en el retail. Así, se asegura que cualquier renta monopsónica sea captada por las personas y no por las grandes empresas, evitando que estas abusen de empresas pequeñas y medianas.
  8. Que pagar multas deje de ser negocio: Revisión generalizada de multas a empresas, personas e instituciones, con el objetivo de hacerlas relativas al tamaño, ingresos o rentabilidad de las organizaciones multadas y que nunca jamás vuelva a ser negocio violar la ley o dañar a los demás.
  9. Reducir trámites y agilizar regulaciones: Modernización del Estado enfocada en facilitarle la vida y no complicársela a las personas, primero, y luego a las empresas. Que el Estado no pida nunca más un documento emitido por el mismo Estado, y reducir tiempos de espera y de procesos para aceptar proyectos privados, sin reducir las exigencias.
  10. Ciudades como espacios inclusivos: Impuesto a proyectos inmobiliarios nuevos que capten parte relevante de la plusvalía generada por proyectos públicos o de compensación privada inaugurados en los últimos 10 años y decrecientemente hacia atrás, y financiar así proyectos de desarrollo a nivel ciudad. La inversión inmobiliaria debe ir en beneficio de todos.
  11. Fin a las AFP para impulsar la cotización individual, las pensiones dignas, sustentables y el poder de los trabajadores: Captación y administración de pensiones por institución única, pública e independiente, y licitaciones de carteras de inversión bajo criterios definidos por una Comisión Nacional de Inversión Nacional com amplia participación de trabajadores, donde el objetivo sea utilizar el poder económico de los ahorros previsionales para mejorar las pensiones de los trabajadores en todas sus dimensiones: rentabilidad de los fondos, mejora en salarios de los trabajadores, mejora en empleabilidad, disminución de lagunas previsionales, etc. Es decir, poner ese enorme poder económico al servicio de los trabajadores de Chile y sacárselo de las manos a las élites económicas que lo han controlado para su beneficio. Todo esto, junto con aumentar edad de jubilación, equiparar edades de jubilación de hombres y mujeres, eliminar desventaja de mujeres en pensiones con subsidio cruzado si es necesario y seguir aumentando más allá del 15% de cotización, hasta llegar a la misma velocidad al 20% de los salarios.
  12. Fin a la discriminación en colegios privados: Sacar los procesos de selección del control de los colegios privados e instalar sistema independiente similar a los públicos. Colegios podrán publicar su proyecto educativo y su cobro mensual y padres serán quienes tomen decisión. Si hay sobredemanda, sistema independiente seleccionará quiénes entran y quiénes no, incluso al azar. Esto llevará a mejorar la pésima calidad educacional que recibe la élite, a que sus colegios se comporten más como mercado, a aumentar el poder de elección de los padres y disminuir el poder discriminador de colegios. Pero, sobre todo, a desarticular las tribus culturales y segregadoras que alejan, aíslan y alienan a la élite del resto de Chile, dañando de paso al país entero. Élites más heterogéneas son necesarias para Chile.
  13. Financiamiento estudiantil justo para todos, sobretodo para quienes no pueden o pudieron estudiar: Estudios superiores deben ser financiados públicamente en su aporte público y privadamente en su aporte privado. Ello implica un subsidio, no un regalo de todo el pueblo de Chile a los universitarios. Financiamiento mediante crédito blando contingente al ingreso o impuesto a egresados. Hacer independiente la educación de la condición económica de las familias. Ello implica subsidiar gastos vitales con aportes en efectivo a estudiantes de menores recursos y hacer que el financiamiento mediante crédito público sea obligatorio para todos. Es decir, tal como jóvenes de familias de escasos recursos no se verán perjudicados, jóvenes de familias de altos recursos no se pueden ver beneficiados. Ellos deberán pagar también el crédito. Recursos liberados irán a Sename, pensiones, educación inicial, educación escolar y ciencia y tecnología.
  14. Ciencia y Tecnología como eje país: Subsidio tributario relevante a empresas que inviertan sobre cierto porcentaje de sus ingresos o de sus utilidades (lo que sea mayor) en Investigación y Desarrollo al alero de una Universidad o Centro de Investigación acreditado. Impuesto adicional a empresas grandes que inviertan menos de la mitad de eso en Investigación y Desarrollo al alero de Universidad o Centro de Investigación. Chile necesita que sus grandes empresas hagan investigación y desarrollo. Si no tienen la voluntad o el carácter para hacerlo, tendremos otras grandes empresas, con dueños diferentes. Toda una generación de emprendedores está esperando su turno. No más excusas.
  15. Ciudades Solares: Sistema masivo y agresivo de créditos con aval del Estado abiertos para la inversión de la clase media, para instalaciones solares domiciliarias con baterías a través de empresas instaladoras acreditadas. Así, pago inicial de familias es mínimo, ahorro mediante porcentaje de la electricidad ahorrada e inyectada a la red va a pagar en 10 años ese crédito, e impulsamos energía distribuida domiciliaria, industria solar y, ojalá, industria de baterías local asociada a nuestro norte. Chile es la capital del litio y tiene los mejores cielos solares del mundo. Debemos ser capital tecnológica y de desarrollo de energías renovables, de baterías y de industrias asociadas. Y llevar esto a los hogares de todo Chile.

Mi voto en la 2da vuelta: trago el sapo

En las segundas vueltas, he votado por Lagos, Bachelet, Piñera y el 2013 fui a votar en blanco. Me autodenomino como liberal. Votar en blanco era lo que esperaba hacer esta elección, ya que la segunda vuelta supuestamente sería similar a la del 2013, con una candidatura que llega con todas las de ganar y otra que tiene poco y nada que hacer. Entonces, podría tranquilizarme y tener un voto “estético”, privilegiando no tragar sapos y quedar tranquilo conmigo mismo con la marca hecha en el papel. El blanco era la única forma de lograrlo entonces, y se supone que sería la forma de lograrlo ahora. Pero la primera vuelta demostró que las preconcepciones que todos compartíamos estaban equivocadas, y que la segunda vuelta ya no sería tan tranquila como la del 2013, sino que sería la más disputada de la historia política chilena. Sí, probablemente más que Lagos-Lavín. Con eso, la posibilidad de votar por la tranquilidad personal se fue por la ventana. Al menos para mi, si la elección está así de peleada, un voto blanco o nulo no es ni responsable, ni patriótico, ni aceptable. Creo que ante disyuntivas así, simplemente hay que tomar una decisión, por lo que habrá que tragarse un sapo. Aquí espero explicar mi decisión, sin promoverla para nadie más y sin pensar que sea particularmente importante más que para mi, pero tal vez, ante la posibilidad que algunos de los argumentos le sean útiles a alguien.

Primero, a pesar del estridente volumen de las campañas del terror y de las amenazas de un lado u otro, Chile no se juega mucho en esta segunda vuelta. No están en la mesa ni el camino hacia Venezuela, ni un descenso hacia la distopia conservadora de Handmaid’s Tale. Y no sólo porque los candidatos no quieren nada parecido a las ridículas exageraciones que sus opositores dicen sobre ellos, sino porque incluso si lo quisieran, no podrían hacer mucho al respecto. Los modelos de sociedad propuestos por ambas candidaturas serán diferentes entre sí, pero ninguno de ellos tendrá un congreso para realizar cambios de siquiera cercanos a la profundidad de los que hizo, para bien y/o para mal, este segundo gobierno de Bachelet. Piñera no tendrá su deseada retroexcavadora para desarmar reformas laborales o tributarias, tal como Guillier no tendrá ni la posibilidad de avanzar significativamente la agenda del Frente Amplio, ni menos aún soñar con un proceso constitucional. Piñera no podrá profundizar una sociedad pro empresas (y anti mercado), tal como Guillier no podrá aumentar el Estado. Piñera no podrá retroceder en los avances valóricos de este gobierno siguiendo sus pulsiones de derecha cavernaria, tal como Guillier no podrá avanzar mucho más en estas materias. Gane quien gane, será el presidente con menos poder en mucho tiempo, liderando un gobierno que no podrá hacer mucho más que tratar de navegar con el mar y reglas que heredó, y con un protagonismo que será tomado política y emocionalmente por el congreso. La elección realmente importante para los próximos 4 años, fue la de noviembre.

En el margen, sí habrán diferencias. Es posible esperar un crecimiento marginalmente mayor con Piñera que con Guillier, por lo que si el crecimiento es la única variable para decidir, el voto debiera estar claro. Es posible esperar mayores señales simbólicas (alguna que otra tímidamente práctica) de apertura cultural y social con Guillier que con Piñera, por lo que para quienes sólo importen los temas culturales o valóricos, desde una perspectiva progresista, el voto también debiera estar claro. Pero para el resto, para quienes nos importa más que una cosa puntual, debemos ver más ampliamente las propuestas de cada uno, ponderándolas por lo que realmente serán capaces de realizar, tanto a partir de la estructura del congreso, como de sus propias capacidades y las de sus eventuales equipos para conseguir algún atisbo de agenda legislativa viable, o de llevar una agenda ejecutiva que haga diferencias en la vida de los chilenos y en mover a Chile hacia el futuro. Y de eso, hay bastante poco.

Visto desde una perspectiva general, la mayor capacidad de mover agenda de cambio debiera ser, contraintuitivamente, una razón para no votar por una candidatura, si es que comparten conmigo la convicción que ambas representan direcciones de avance muy poco seductoras. ¿Por qué querría votar por alguien con mayor de capacidad de mover al país en una dirección en la que no creo? Sería una especie de extraño masoquismo del que, afortunadamente, no creo padecer. Dicho eso, personalmente creo que es la candidatura de Piñera la más capaz, con un presidente con experiencia, con equipos con más experiencia y con un orden y capacidad de trabajo con mayor potencial de realizar algunos logros. Punto para Guillier.

El vaso medio vacío de lo mismo, es la expectativa de un gobierno desordenado y caótico bajo el mando de Guillier, proyectando lo peor del gobierno de Bachelet otros 4 años más, aún cuando el caos y los errores, por el mucho menor poder que tendrá el futuro gobierno versus el saliente, tenga consecuencias mucho menos graves de las que tuvieron las políticas públicas mal diseñadas estos últimos años. Esto es un claro punto para Piñera. Donde el caos sí estará con Piñera, será en la calle. Sin un terremoto que lo salve en su primer año (esperemos), ahora tendrá desde el comienzo de su gobierno a las fuerzas sociales en la calle, más organizadas y, a diferencia del 2011, con hambre político electoral de corto plazo. Si Guillier no tendrá ordenado control de su gobierno, Piñera no tendrá ordenado control del país. Quien haga campaña con el viejo “yo o el caos”, miente. Es el caos o el caos. Diferente caos, en diferentes lugares, pero caos al fin y al cabo.

Peor aún, ambas candidaturas tienen diagnósticos profundamente errados de la sociedad, y representan pasados, más que presentes o futuros. Guillier, por un lado, es un candidato de una clase media que ya no existe, ligada a lo público, con convicciones que más parecen sacadas de libros de historia que de una lectura apropiada del presente. Por el otro lado, Piñera se vende como una fantástica solución a un problema que la ciudadanía simplemente no ve. Ni el bajo crecimiento ni el desempleo moderadamente alto parece haber afectado a la población chilena lo suficiente como para haber cuajado el discurso sobre la gran crisis de crecimiento, empleo y delincuencia que Piñera volvía para solucionar. Tampoco le atinó al apostar a la molestia con la dirección general de las reformas del gobierno de Bachelet. Su candidatura, su programa, toda su energía y todas sus capacidades, están enfocadas en la lectura equivocada. También, en un país más del pasado que del presente o futuro. El exitismo del Chile jaguar de los 1990s, cuyos liderazgos simbólicos sufrieron masacres electorales en noviembre, incluido el mismo Piñera. Paradójicamente, si hay una figura de futuro que ganó el debate ANATEL del lunes 11, es Michelle Bachelet. Ya que su diagnóstico, tantas veces tan criticado y descartado por páginas de diarios que hoy envuelven pescado, fue el marco dentro del que se desarrolla la discusión en Chile. La gratuidad como línea base, los derechos universales como reemplazo de cualquier atisbo de focalización y el progreso de las libertades civiles e individuales. Le guste o no a Guillier o Piñera, ambos bailaron la música de Bachelet, y ante la falta de poder para cambiar la radio, sólo les quedará gobernar bajo la misma música los próximos 4 años. ¿Propuestas alternativas? Simplemente no las hay. Las diferencias son de énfasis en el eje planteado por Bachelet en su viaje desde Nueva York a Santiago. En ello, Alejandro Guillier parece ser el autocomplaciente, y Sebastián Piñera el autoflagelante de este nuevo Chile. Ambos relativamente incómodos en un traje ajeno y sin entender para dónde realmente va la micro, aunque Piñera parece más desadaptado que Guillier. ¿Punto para alguno, aquí? No creo. Ambos fueron derrotados en noviembre y el país les es y será ajeno.

Lo que no fue derrotado en noviembre, y tal vez fue la principal y más exitosa fuerza política y electoral de entre todas las que había simultáneamente en disputa, fue la renovación y el reemplazo político. Por ella cayó Lagos, y todos los apoyados por él. Cayeron todos los representantes de la vieja concertación, con la excepción de Insulza. Cayeron muchas figuras de izquierda, centro y derecha que representaban más el status quo transicional, que el Chile de cambio vertiginoso en el que realmente vivimos hoy. Este voto de renovación y reemplazo se configuró, creo, más como voto protesta que como voto ideológico. Por mucho que el Frente Amplio afirme que una significativa fracción del país votó por sus ideas, la real fuerza detrás de su resultado parece haber sido la misma que elevó a MEO el 2009, y se repartió entre MEO y Parisi el 2013: el voto de protesta, por la renovación, por el cambio. Curiosamente (o tal vez no tanto), en las 3 elecciones el porcentaje fue muy similar, alrededor del 20%. Esa fuerza de cambio logró ser representada al menos en parte por Piñera el 2009, lo que lo llevó al triunfo entonces. Por una renovada Bachelet, lo que la llevó a un enorme triunfo el 2013. Pero, ¿ahora? Mucho menos claro. Tanto Guillier como Piñera son candidaturas del pasado, pero sólo una de ellas viene a repetirse el plato. Más importante aún, los cuadros detrás de Guillier, combinan parte de lo tradicional de la centro izquierda, con figuras nuevas, que no han estado en el centro de la transaca del poder estas décadas. El golpe con que Elizalde jubiló a Lagos en la interna PS no sólo puso a su mediocre generación al mando del buque, sino también abrió significativos espacios de poder para la expresión de diferentes visiones y protagonismos. Esto, sin llegar a seducirme, lo veo al menos interesante. Piñera, por el otro lado, parece recurrir de lleno a la vieja guardia derechista. Tiene a Alberto Espina y a Hernán Larrain, y a los dos Monckeberg esperando entrar al gobierno, tras haber omitido sus respectivas reelecciones, en el contexto de una campaña que se refugió en la identidad derechista clásica, abandonando toda la frescura renovadora y de cambio que caracterizó al Piñera de hace 8 años. Es más de derecha, y será mucho más de sus partidos, desde el primer minuto del gobierno. Y luego del pésimo resultado electoral de noviembre, cualquier expectativa de independencia de Piñera ante sus partidos parece haberse esfumado. Su gobierno, a todas luces, tendrá el sabor de su campaña de segunda vuelta: el mismo discurso añejo, pero ahora con el protagonismo arrebatado por la guerra de egos y liderazgos entre los partidos y las candidaturas de derecha para 4 años más. Punto para Guillier.

Mucho se dice que el futuro está naciendo mientras el pasado no termina de morirse. Pues el voto para acelerar ese proceso es definitivamente para Guillier. No por lo que él representa ni por el gobierno que haría, sino por la cancha que queda detrás de él. Para mí, el voto será menos por lo que pase estos 4 años, donde el gobierno tendrá poco poder y protagonismo, y más por cómo será la política en 4 años más y hacia adelante, donde veo que un triunfo de Guillier abriría mucho más el escenario para que no sigamos teniendo que optar entre figuras ancladas en el pasado. La perspectiva de jubilar políticamente no sólo a Piñera, sino también a Allamand, Espina y a toda esa generación de carcamanes que se soban las manos para candidatearse 4 años más, es una que sí me seduce. Esas jubilaciones son las que faltan para retirar definitivamente a la eterna generación de los 90s, luego que los de centro izquierda ya fueron jubilados por los partidos y por los electores. Y esta apertura de espacio, limpieza de maleza vieja y dura, la veo como una necesidad para poder construir más temprano que tarde una cancha donde visiones liberales puedan prosperar en la política chilena.

Trago el sapo y votaré por Guillier. Porque él y su equipo son los menos capacitados para llevar a Chile en una de las direcciones propuestas y que detesto, y porque su elección hace más por acercar al sistema político, principalmente su oferta, a por fin representar mejor al nuevo país que el próximo gobierno, gane quien gane, dudo sea capaz de siquiera comprender. Esto no es un apoyo ni una recomendación. Sólo una reflexión personal.

Una autopsia al centro liberal

La promesa de un liberalismo político sin los grilletes de izquierdas y derechas parecía acercarse. La vieja tesis de una reunión de liberales de la vieja concertación y de la vieja Alianza en una casa común se había transformado en una tímida e incipiente realidad con la sociedad política nacida entre quienes se fueron de la Centro Izquierda junto con Andrés Velasco, y quienes se fueron de la derecha con Lily Pérez, reuniéndose con ese extraño grupúsculo que formamos hace algunos años, Red Liberal, los que rechazando invitaciones de lado y lado por años, nos mantuvimos siempre a la espera de esa hipotética reunión que parecía por fin estar ocurriendo. Había dos partidos políticos y un movimiento (luego se unió al menos electoralmente un tercer pequeño partido). Una coalición liberal de centro llamada “Sumemos” que compitió sin muchas expectativas. Pero aún así el resultado fue desastroso. Incluso bajo el suspuesto que no sacar ningún parlamentario (lo que ocurrió) era el escenario más probable, igualmente el resultado logró ser violentamente peor que la expectativa. Fue un desastre. Una masacre. Una humillación política y electoral. ¿Qué pasó? Pretendo alimentar la discusión, con la facilidad y patudez del general después de la batalla con una teoría al respecto. El Centro Liberal murió, y esta es una autopsia.

Primero, despejemos algunas posibles causas que, creo, no fueron determinantes. Se ha hablado de la falta de calle y la falta de campaña en terreno. Pero eso no se condice con los resultados en la práctica, ni de las candidaturas de Sumemos, ni de las del resto de los partidos y coaliciones, hayan sido exitosas o no. Estamos llenos de candidaturas que apenas hicieron campaña callejera y que salieron electas, empujadas por una ola electoral a favor del Frente Amplio, o a favor de RN. Por el otro lado muchas candidaturas lo dejaron todo, literalmente gastando sus zapatos en la calle sin obtener resultados. Sacha Razmilic en Antofagasta y Luis Larrain en el Distrito 10 son muy buenos ejemplos. Hicieron más e incluso mejor campaña callejera y en terreno que muchos otros, pero el resultado fue radicalmente diferente. La dura realidad es que, contrario al sentido común instalado, la calle importa menos que nunca en campaña. Los distritos son tan grandes con el nuevo sistema electoral, que el impacto callejero no es sino marginal. Y depende fuertemente del contexto, de lo que se ofrece, de las asociaciones que uno logre hacer. El simple contacto personal, en sí mismo, vale huevo. Hoy son justamente las vilipendiadas redes sociales las que logran generar impactos multiplicadores de contacto e interés entre los votantes, mucho más que el terreno. Por lo que una acusación de “haberse preocupado más de las redes que de la calle” no debiera ser indicador de fracaso electoral, sino incluso de éxito, como también lo fue en muchos casos en estas elecciones.

Causas que sí importaron, fueron la institucionalidad, la identidad y el factor presidencial. Los partidos de Sumemos no lograron consolidarse a la velocidad necesaria. El proceso de búsqueda de firmas fue largo, lento, costoso e incluso traumático en el caso de Ciudadanos. A esto no ayudaron los conflictos dentro de Amplitud, que llevaron a que la bancada parlamentaria inicial de una senadora y 3 diputados se fuera vaciando progresivamente hasta quedar la senadora Pérez sola en el proyecto. En Ciudadanos, el impacto del Caso Penta hizo gran mella en la fuerza política y en el atractivo inicial que tuvieron en sus primeros días ante un gran número de personalidades públicas, que nunca pudieron ser articuladas efectivamente y, simplemente, se perdieron. Efectivamente, haber sido impugnada la inscripción por parte del Servel fue un durísimo golpe, del que nadie puede recuperarse a tiempo para levantar una campaña con buenas expectativas. Pero esto, si bien fue un factor, no creo haya sido lo fundamental.

En términos de identidad, Ciudadanos partió como Fuerza Pública para luego cambiarse el nombre. La coalición inicialmente fue bautizada como “Sentido Futuro” para luego llamarse “Sumemos” justo antes de la elección. No ayuda para nada a construir recordación ni lealtad cambiarse de nombre cada 3 meses. Esto fue un factor, aunque menor.

Un mayor factor fue la falta de candidatura presidencial. Las listas se arman desde abajo hacia arriba, o desde arriba hacia abajo, pero siempre con la candidatura presidencial como su eje. Es su punto de referencia, es a quienes los candidatos en la calle o en redes sociales o en medios pueden aludir para poder resumir rápidamente qué es lo que representa y por qué está luchando. Por qué quiere llegar al congreso. El votante evidentemente no tiene ni memoria ni interés para conocer los programas de los 50 o hasta 100 candidatos al parlamento en du distrito. Pero sí puede tener alguna idea sobre qué propone, qué significa, a qué apela cada una de las candidaturas presidenciales. Sin un presidencial, no hay referencia, y se hace campaña en el vacío. Con todo esto, incluso con el impulso nacional de una candidatura presidencial propia, dado que el mismo Velasco fue el único candidato a nivel nacional que quedó a unos pocos votos de salir electo, es incluso posible que nadie hubiera ganado su elección y el resultado en el papel habría sido el mismo. Pero, al menos, habría habido espacio en las franjas, en el imaginario, y el Centro Liberal podría haber alimentado la discusión.. haber existido. Lo que no ocurrió.

La causa que creo fundamental en explicar la muerte del Centro Liberal, es que no ofreció nada de lo que Chile buscaba en esta elección. Nada. La desalineación con las que resultaron ser las principales pulsiones emocionales del electorado, fue total.

Lo que el Centro Liberal ofreció fue una propuesta moderada en el clivaje socioeconómico de izquierda-derecha, como centro entre los extremos. Ofreció certezas en torno a figuras a estas alturas ya clásicas, reconocibles y del estáblishment de la política nacional, como Andrés Velasco y Lily Pérez. Ofreció gradualismo como ideología central sobre la idea de reforma social, valórica y económica. Esos tres elementos no sólo no sumaron, sino que activamente restaron frente a lo que, hoy parecemos saber, se trató real y finalmente la campaña: ansiedad socioeconómica, demanda antielitaria de renovación y la guerra cultural identitaria, el clivaje “apertura vs cierre” que se está tomando el mundo desarrollado. La apuesta política, ideológica y de mensaje del Centro Liberal resultó épicamente equivocada. Veámoslo por partes:

Los principales motores temáticos de la elección fueron los que movieron las respectivas coaliciones. Mientras el Frente Amplio impulsó la renovación, la Nueva Mayoría intentó centrar la campaña, con poco éxito, en torno a la figura personal de Piñera, la campaña del empresario, que a pesar de haber sido el gran derrotado, fue la que sacó más votos, alimentó sin cesar la idea de la crisis. Del bajo crecimiento, de la falta de empleo y de la alta delincuencia. En resumen, del desastre del gobierno de Bachelet. Esto no para apelar a las mejores ideas propias, o como forma de construir un diálogo sobre el modelo del país. La idea de la crisis es un apelativo al miedo. Al terror abyecto sobre el futuro del país y de mi familia. Mi carrera. Mi propiedad. Mi integridad. Mi futuro. Ese discurso fue, no podemos negarlo, muy exitoso en forjar el clima emocional del electorado, que es lo que decide finalmente las elecciones. Podemos elucubrar que la suma de las buena noticias económicas y mejores expectativas hacia el futuro, junto con la siempre presente ola de inauguraciones, progreso y mejora en la calidad de vida de las personas asociadas a los últimos meses de todo gobierno, terminaron por horadar el impacto y profundidad de ese miedo en las personas, dejando el mensaje de Piñera sin todo el potencial que parecía tener hasta hace unos meses. Pero de lo que podemos estar seguros, es que el miedo, la ansiedad socioeconómica, no es lo mismo que la disputa ideológica clásica entre izquierda y derecha, que es una línea entre dos extremos y muchas posiciones intermedias, entre las cuales una posición de centro puede tener éxito. La elección no se trató de eso. El miedo o se tiene o no se tiene. Es binario. O se apela a la ansiedad para mover votos en tu dirección, o a liberarse de ella para que la elección trate sobre otras cosas. En apelar a la ansiedad, el Centro Liberal no tenía por dónde competirle a Chile Vamos como la alternativa de respuesta al miedo. El discurso sobre moderación socioeconómica, sobre centro, no tuvo impacto, porque la elección simplemente no se trató de eso. Sólo podía tener, teóricamente, alguna llegada entre el mundo de la empresa y los empresarios, quienes, como plan B, podrían sobrefinanciar apuestas de moderación y centro para impulsar un centro dialogante. Pero el mundo de la empresa apoyó en su ansiedad socioeconómica casi unilateralmente a Piñera y la derecha, abandonando a los centros a su suerte. No hubo plan B.

Cuando la elección no se trató de ansiedad económica, fue sobre renovación de elencos, de contenidos, de estilos políticos. De reemplazar las caras viejas por las nuevas. En particular, derrumbar la vieja élite política. Un potente voto protesta. Por ello es que los mayores perdedores aquí fueron los rostros de la vieja concertación, que con la honrosa salvedad de José Miguel Insulza, fueron electoralmente masacrados. Similarmente, el castigo que vieron múltiples políticos involucrados en casos de financiamiento ilegal a la política, fue claro. Rossi, León, entre varios otros, perdieron sus escaños. En esta ola que buscó el recambio, Andrés Velasco y Lily Pérez, como líderes de sus respectivos partidos y principales figuras en torno a las cuales giraron los temas y campañas de la coalición Sumemos, si bien no representaban lo que había que dejar afuera con mayor urgencia, no ayudaron en nada a proyectar hacia las candidaturas que apoyaban un aura de ser renovación política. Ni Velasco ni Pérez lo eran. Extremando el argumento, sería esperar que alguien que se sacaba una foto con Zaldívar dijera que venía a hacer recambio. Un difícil punto a hacer. Ni Velasco ni Pérez son Zaldívar. Pero tampoco son su perfecto opuesto, como sí lo fueron muchas de las candidaturas que vieron gran éxito en la elección. El tema, más que de las personas, tenía que ver con la identidad de la coalición como los grupos de “Velasco y la Lily”. Al hacer esa relación parte fundamental de la identidad, de lo que significaba votar por ellos, la señal que se daba era que, al menos, lo que el electorado que votó buscando renovación y reemplazo, no tenía mucho que encontrar en la oferta del Centro Liberal. Eran élite política. Eran más lo que querían sacar, que lo que querían poner en su lugar. Las caras, la identidad de renovación y reemplazo estaba en otros lugares.

Finalmente, otro clivaje fundamental que parece haber sido determinante en la elección, fue el culturalmente identitario, versus la ansiedad, el miedo, ante cambio cultural. Esta tensión fue máxima entre los votantes de Beatriz Sánchez, versus los de José Antonio Kast. Tal como en el caso de la ansiedad socioeconómica, en este tema no hay medias tintas. O uno está del lado de aceptar y abrazar el cambio cultural y de identidad de la nación, o refugiarse en el pasado y negarse a todo cambio. Aquí es donde se unen temas como la identidad de género, el feminismo, la orientación sexual, la inmigración, el rodeo, el animalismo, entre muchas otras. En todos los casos son grupos demandando avances sociales, culturales y legales en torno a los temas que les interesan y donde se sienten que ellos mismos o sus valores deben tener espacio de expresión en la sociedad, chocando contra quienes el cambio les produce temor, y quieren evitarlo o, aún mejor, volver a algún imaginado pasado mejor donde los valores estaban claros, el orden social era respetado y la diferencia entre lo bueno y lo malo era simple, donde los pilares sobre los que están construidas las identidades personales y sociales no son desafiados. El clivaje, entonces, es sobre cambio social y reacción contracultural. Sobre apertura y cierre. Sobre futuro y pasado. Sobre esperanza y temor. Aquí el Centro Liberal parece también tener una posición moderada, llamando al cambio social, valórico y legal pero en términos graduales, vendiendo la gradualidad como ideología, como si el camino importase más que el resultado en torno a temas donde lo que está en juego es la identidad individual y social. Y esto es una tragedia, ya que en el mundo han sido justamente los liberalismos los que han sido no un centro, sino un extremo en esta discusión mundial. Fue tal vez la elección francesa la que mejor representó este clivaje, entre Macron y Le Pen. En EE.UU. fue similar, entre Clinton y Trump. La izquierda ha estado cayendo en buena parte del mundo y siendo reemplazada por las ultraderechas nativistas, justamente porque la izquierda no tiene las herramientas para ser los mejores rivales de esta reacción contracultural anti cambio. La izquierda no cree en aperturas económicas, en el comercio como fuente de cambio social, les complica apoyar la inmigración cuando son los trabajadores, su histórica base electoral, quienes tienen mayor ansiedad ante ella. Son los liberalismos los llamados a liderar, no como centro, sino como extremo, esta lucha. Y en Chile, el liberalismo ha hablado sobre gradualismo en lugar de tomar las banderas con decisión. Nuevamente, quienes decidieron su voto en torno a esta tensión entre cambio y miedo, no vieron nada en el Centro Liberal que les hiciera atractivo su voto.

Hubo alta polarización. Pero no fue entre izquierda y derecha, sino entre ansiedad económica y su ausencia, entre caras viejas vs caras nuevas, y entre cambio social y cultural vs reacción contracultural al cambio. El Liberalismo tenía las herramientas para enfrentar bien ese escenario, pero las apuestas temáticas, de protagonismos y de estilos, fueron todas épicamente erradas ante lo que el electorado demandó de la oferta política. El liberalismo de centro fue una oferta sin demanda. Porque no entendió la demanda. Ojo que ni el Frente Amplio ni la derecha ni José Antonio Kast la entendieron muy bien, tampoco. Sus éxitos fueron tan inesperados como los fracasos de otros. Pero sus apuestas, al menos, estuvieron menos equivocadas, y pudieron cosechar grandes ganancias por ello.

¿Para adelante? No creo que haya nada que reconstruir, cuando nada de lo poco que se construyó parece haber tenido mucha utilidad. Si hay algo hacia el futuro, debiera ser una construcción, desde cimientos o cenizas. El liberalismo puede tener futuro si abandona su identidad de centro, y abraza la radicalidad de extremo político. No de las opciones de Evópoli o del Partido Liberal de Vlado Mirosevic, ambos con grilletes y sólo pudiendo ser “liberales a veces”, como ha sido la triste historia del liberalismo post golpe. Post Revolución de 1891, incluso. No de un centro político en la perspectiva del eje izquierda-derecha que cada día tiene más pasado que futuro. Extremo político de la batalla cultural entre modernidad de mercado-democrática-valórica versus las fuerzas contraculturales de izquierda y derecha que se levantan para oponérsele. Para esto, debe terminar el centro como discurso. Debe reemplazarse la gradualidad por la radicalidad, y renovando de verdad los rostros. Si el Liberalismo quiere rearmarse en torno a las figuras de Velasco y/o Lily, partirá tan muerto como quedó después de las elecciones. El liberalismo debe ser radical, antielitario, antiprivilegios, pro mercado y pro relaciones de igualdad entre las personas. Debe ser la principal punta de lanza que ataque los bolsones de privilegio que tenemos en Chile, tanto en la élite económica al rededor de sus tribus culturales y empresas protegidas de las amenazas del mercado, como de las élites políticas que tienen capturado el Estado para su propio beneficio. Debe abandonar toda aspiración de tecnocracia, la que ha ahogado la expresión política liberal debajo de la técnica, cuando la política se hace justamente al revés. Las políticas públicas deben ser técnicas. La política no puede ni debe serlo. Finalmente, en un mundo amenazado ante los desafíos de los próximos años, entre robótica, inteligencia artificial y cambio cultural a una velocidad que desafía la capacidad humana, los liberales no pueden ser moderados, no pueden ser a medias tintas, no pueden ser de centro, ni pueden buscar diálogo entre cambio y detención. Los liberales debieran empujar, acelerar el cambio social y público para poner a la humanidad y sus instituciones a la altura de la velocidad del cambio de la realidad. Sólo ese liberalismo tiene un espacio en el futuro. El otro, el que vimos ahora, murió y debe quedar enterrado.

La discusión sobre Rincón es sobre el futuro de la DC

La guerra dentro de la Democracia Cristiana parece total y abierta en torno a la repostulación de Ricardo Rincón. Pero la razón va mucho más allá de su situación de condenado (con pena nunca cumplida) de violencia intrafamiliar. Su repostulación es, por un lado, una prueba y desafío al poder de Carolina Goic, presidenta (autosuspendida en ese cargo) y candidata presidencial del partido, quien se ha jugado políticamente por sacar a Rincón de la plantilla parlamentaria. En juego está su prestigio, su poder dentro del partido y, eventualmente, su candidatura presidencial. Pero, más importante aún que esto, la actual discusión puntual no es sino un proxy de una lucha mayor de poder que existe hoy en la DC sobre el futuro del partido, que se refleja en las opciones de corto plazo, todas malas, entre las que tienen hoy que decidir. Entre los diputados y buena parte de la “clase funcionaria pública” del partido que desean bajar a Goic y pactar con la Nueva Mayoría para minimizar las pérdidas parlamentarias, versus la misma Goic junto con poderes fácticos y parte de la base partidaria que desea llegar hasta el final con la aventura independentista de la DC, se pierda lo que se pierda.

El camino de estos independentistas es pagar un alto costo de corto plazo, perdiendo buena parte de la base parlamentaria de la DC en una aventura de camino propio, y asegurando la pérdida de toda posibilidad (ya bastante disminuida, en todo caso) de ser gobierno en el próximo período. El llevar candidatura propia y lista parlamentaria propia implica tener el peor resultado parlamentario para la DC desde la década de 1950, con toda la pérdida de poder que eso conlleva. Pero, será una oportunidad para adelgazar en militantes y poder, buscando nuevamente la identidad e intensidad ideológica de un partido engordado por las décadas de relación con el Estado, los cargos y los intereses que nacen con ellos. En el corto plazo, implicaría tener un rol de bisagra con Piñera, logrando mantener algo de poder político estando fuera del gobierno y teniendo una importante palabra en qué podrá o no hacer un gobierno con asegurada minoría parlamentaria. Al la DC tener los (pocos) votos que el gobierno podría necesitar para aprobar cada elemento de su agenda, el partido podrá tener un buen pié negociador. Mucho mayor que el que podrían tener manteniéndose en la Nueva Mayoría y siendo estricta oposición.

El camino de los diputados y la clase funcionaria, es muy diferente, ya que implica minimizar las pérdidas de corto plazo tanto en el congreso como en los cargos públicos. Es unirse rápidamente a la candidatura de Guillier y a las listas parlamentarias de la Nueva Mayoría, asegurando más diputados y senadores que lo que obtendrían en el camino alternativo. Además, implicaría luchar por la posibilidad -lejana, está claro- de ganar la elección y seguir en el gobierno, con todo lo que eso conlleva. Aunque implica sacrificar la identidad del partido. Aunque implique rendirse con una bandera blanca ante el aceptado mayor poder de sus socios. Aunque implique un camino, probablemente sin retorno, hacia una decadencia progresiva pero controlada, igualando el camino que el Partido Radical realizó cuando comenzó su declive hace décadas, justamente cuando la DC surgió como fenómeno electoral y le arrebató el centro político a fines de los 1950s. Este camino implica sólo buscar el poder, buscando el camino de minimizar su pérdida de corto plazo ante cada disyuntiva, y perder toda esperanza de una agenda o identidad propia. Así, la DC sería el nuevo Partido Radical.

Pero el camino de Goic es arriesgado. El camino propio puede resultar desde dañino en el corto plazo, hasta terminal. Con una candidatura que no supera el 2 o 3% de las preferencias, la parlamentaria puede terminar siendo una masacre, terminando para siempre con el partido, logrando en pocos años una debacle que sin Goic podría durar décadas. Para ellos, el mejor caso es un partido mucho más pequeño, pero con renovados bríos identitarios e ideológicos, si es que logran construir una agenda de futuro. Pero el peor es desaparecer, y rápido.

En el otro camino, el riesgo es menor: es decrecer en peso e importancia lentamente, para desaparecer en una o dos generaciones más. Pero en el intertanto, mantener muchos parlamentarios, cargos públicos y las fuentes de ingreso de muchos militantes que de lo contrario vivirían el frío polar del mundo privado para el que no están preparados. Pero asumiendo que los mejores años están atrás, y entendiéndose como simples secundones o parásitos de los partidos y liderazgos ajenos que definirán los grandes temas de los tiempos.

Este es el momento de definición estratégica de la DC más relevante para su historia desde que decidieron pactar con sectores socialistas en 1987, formando la Concertación y apostando a conseguir el poder a través del plebiscito. Esa resultó ser una decisión espectacularmente provechosa. La actual, en cambio, tiene el pronóstico reservado, ya que el partido no tiene caminos buenos por delante. O pierden poco ahora y siguen perdiendo de a poco, o pierden mucho ahora con baja posibilidad de surgir después y con una probabilidad no menor de sufrir un desastre de corto plazo que los puede hasta hacer desaparecer para siempre.

Si la DC está dominada por quienes necesitan más el sueldo púbico que al partido, el camino resultante del choque de fuerzas internas será el lento declive radical. Si no, será el desangre rápido ahora y la apuesta hacia el futuro. De esto se trata finalmente la candidatura de Goic, de romper estructuras e inercias internas para remecer a un partido que parecía condenado a su lento declive. Y a través de la influencia política que se podría lograr para fortalecer o condenar dicha candidatura, de esto también se trata la presencia de Ricardo Rincón en la plantilla parlamentaria.

Francia nos muestra la dicotomía política del futuro. ¿Y Chile?

La izquierda como promotores del Estado y la derecha como promotores del mercado, fueron una dicotomía útil para el mundo de posguerra, la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI. Pero parece ser cada vez menos relevante, al menos en el occidente desarrollado. Hoy ese eje está no sólo siendo reemplazado, sino avasallado.

Las primarias y la elección en EE.UU. fueron una batalla entre fuerzas del estáblishment pro globalización, versus fuerzas populistas anti estáblishment y anti globalización. En eso, Sanders y Trump tenían bastante en común, al tocar similares notas de rebelión de clases medias que perdieron con el comercio internacional, el capitalismo y la extensión hegemónica de su nación en el mundo. Se veían perder cada vez más con su creciente desigualdad y, al menos por el lado de los pro Trump, se sentían fuertemente amenazadas por la aparente hegemonía cultural de valores liberales que no sólo eran diferentes a los suyos, sino que los sentían como un ataque y amenaza permanente a su identidad.

Mientras esa discusión se daba, el referéndum en el Reino Unido sorprendió al mundo al dar la victoria a quienes quisieron salirse de la Unión Europea, frustrados por años donde no vieron beneficios en sus vidas diarias por el comercio internacional, criticando a la élite capitalista. Aquí, tanto como con Trump, la rebelión tenía tintes xenófobos, y culturalmente contrarrevolucionarios.

Pero es en Francia donde creo que la distinción se ha dado más nítida. Donde creo que las líneas de batalla corresponden en forma más pura a las sensibilidades detrás del nuevo ordenamiento político en occidente desarrollado. Con Macron representando a una sensibilizad pro mercado, internacionalista, cosmopolita y valóricamente liberal. Mientras Le Pen representa muy bien a la rebelión anticapitalista, antiglobalizante y anti valores liberales de occidente. Donde el conservadurismo no tiene una base religiosa, sino nacional. Donde economía y democracia se supeditan al interés populista del poder.

Ni Macron ni Le Pen se pueden dibujar fácilmente en el tradicional eje izquierda-derecha. Si bien parecen ser perfectos opuestos, su oposición es en torno a otros, nuevos ejes, con Macron representando algunas de las características de parte de los viejos centros políticos y Le Pen representando valores, ideas y malestares tanto de la vieja extrema izquierda como de la vieja extrema derecha. Imaginemos la vieja línea de la izquierda-derecha como un hilo puesto sobre una mesa y tomémoslo por el medio, levantándolo. Ambos extremos caerán abajo, uniéndose y formando un hilo ahora más corto. El extremo que tenemos tomado con los dedos sería Macron. El extremo formado por la unión de las viejas dos puntas, que cuelga al vacío, sería Le Pen. Esa es una posible representación para el nuevo eje, incompleta pero útil.

Entran globalización versus nacionalismo, apertura versus identidad, capitalismo versus populismo. Salen igualdad versus libertad, estado versus mercado, conservador versus liberal.

Entonces, en Chile. ¿Quién sería Macron y quién sería Le Pen? ¿Quiénes serían los representantes de los extremos del nuevo eje?

Primero, Chile no es parte del occidente desarrollado. Nuestro país no comparte todas las características que dieron forma a ese nuevo eje político. Si bien nuestra desigualdad de ingresos y poder es grande, nuestro país fue de los grandes ganadores de la globalización, aumentando fuertemente el ingreso de capas bajas y medias en las últimas décadas, mientras que en países desarrollados, particularmente las capas medias, mantuvieron sus ingresos constantes. Pero sí compartimos, sobre todo en los últimos años, una profunda desconfianza a las élites y vivimos en medio de un gran desafío cultural a los valores capitalistas. Aunque de la contrarrevolución conservadora no hemos visto mucho.

Dicho eso, entre las candidaturas o fuerzas políticas actuales, uno podría definir a Macron en un espacio que tiene en su interior a Velasco, al derrotado Laguismo y al menos a parte de Evópoli. Curiosamente, en 3 coaliciones diferentes. Ahí está el compromiso con la globalización y la apertura cultural, la cosmovisión cosmopolita, la idea de progreso social a través del mercado y el compromiso con los valores liberales de occidente, la democracia y la libertad. Ellos serían uno de los dos extremos del nuevo eje político.

A Le Pen es más difícil encontrarla. Pero hay definitivamente rasgos en el populismo conservador de Ossandón. En la rabiosa contracultura de José Antonio Kast. Pero sobre todo en varios elementos en el mundo que hoy compone el Frente Amplio (para no hablar de Beatriz Sánchez, quien aún se está presentando políticamente), entre los que caben su crítica a la globalización, que compartirían con Ossandón, la estrechez de su ortodoxia cultural, que comparten en forma con J.A. Kast, y su desprecio total a todo lo que parezca ser una élite.

Con todo, el Frente Amplio es más Melenchón que Le Pen. Aunque el candidato de izquierda dura francesa, al tener que escoger entre el nacionalismo de Le Pen y la apertura pro mercado de Macron, llamó a no votar. Porque entiende que el eje izquierda-derecha tradicional que lo llamaría a votar por el centro en vez de la supuestamente más dura derecha, ya no existe. Porque sabe que si bien no es lo mismo, comparte demasiado con Le Pen como para afirmar que su enemigo común, el universalismo liberal de occidente, sería preferente a ella. Llamó a no votar, porque el nuevo eje todavía no está suficientemente instalado. Porque si lo estuviera, su llamado probablemente habría sido a votar por Le Pen. Y si ese nuevo eje se instala con fuerza en Chile, no tengo dudas que el Frente Amplio haría lo mismo.