Corrigiendo inconsistencias en oposición a la gratuidad universitaria

El sentido de justicia de la gratuidad universitaria volverá a ser parte de la conversación nacional de la mano de la intentona de freno o incluso retroceso que traerá el más probable futuro presidente de Chile (al menos por ahora). Los promotores de la gratuidad han dicho por años, y lo siguen diciendo, que es un derecho social. Que por ello no debe depender de los ingresos familiares, y debe ser para todos. Que es un acto de justicia que hace a una mejor sociedad. Y en conectar con ese sentido de justicia, han sido muy efectivos para construir firmes cimientos emocionales en buena parte de la población a favor de la gratuidad, como punta de lanza del cambio de las políticas públicas desde la focalización hacia los derechos garantizados. Por ello, la discusión sobre gratuidad es sobre muchas cosas más que sólo la gratuidad, y es clave para la construcción del Chile del futuro.

De los argumentos contrarios a la gratuidad hay varias familias: la que ha tenido más éxito ha sido la de “los ricos no”, que es la que acepta la gratuidad para un porcentaje de la población, pero la niega para aquellos chilenos de mayores recursos. Es decir, hace el caso moral de que el aporte de los más pobres para pagar la educación de quienes son más ricos, sería injusto. Esto conecta con el sentido común de muchos. Es la defendida por Piñera e, incluso, intuitivamente por Bachelet cuando se bajó del avión en marzo del 2013, antes que la aleccionaran sobre la inconveniencia de lo que le decía su sentido común. Pero la discusión termina siendo sobre números: ¿cuánto es justo? ¿40%, 60%?. Cualquier frontera será siempre arbitraria, y como tal, es un mal dique para el potente argumento moral y de justicia de la gratuidad como derecho.

Otra familia es la estrictamente utilitarista, de “me gustaría, pero las prioridades son otras” que si bien puede tener sentido para las personas que buscan responsabilidad fiscal, es una aceptada derrota en el plano de las ideas. El tema no sería si la gratuidad universitaria es buena o mala, sino que cuándo sería su momento, ya que se asume buena, pero también se asumen otras cosas como aún mejores. Un proponente de ella es Felipe Kast, según su presentación en el programa “Aquí está Chile” de Chilevisión/CNN. Es útil, ya que enfrenta a los proponentes de la educación universitaria como derecho, a la dura realidad de la priorización fiscal, obligándolos a escoger entre financiar universidades para quienes podrían pagarla con un crédito, por sobre pensionados que viven con una miseria, o enfermos crónicos en listas de espera, o niños en el Sename con su vida en riesgo. Pero, si pone en vergüenza temporalmente a promotores de la gratuidad, es una derrota en la cancha de las ideas que permite dejar la cancha limpia para construir los cimientos de la política pública universalista, sin oposición. El tema ya no sería moral ni de justicia, sino de nivel impositivo.

Una última familia, ya casi desaparecida, es la del beneficio privado de la educación. Esto es, que la educación universitaria tiene un importante componente que beneficiará los ingresos futuros, por lo que sería, al menos en parte, una inversión para el propio beneficio del estudiante. Esto, además de un componente de beneficio público, donde todos nos beneficiamos con tener más profesionales y por lo tanto es justo que parte de esa educación se financie con fondos generales entregados por todos. Parte, pero no todo. La respuesta ante esta familia ha sido compleja y llena de deshonestidades, al descartar el beneficio privado y enfocar la perspectiva de derechos sólo al beneficio público. Además, centrar el significado de la educación en algo sólo monetario o de beneficios, es incompleto y difícilmente entusiasme a muchos. Finalmente, fue poco efectiva al entregar visiones “a medias” en la discusión bipolar que terminó por arrollarla: la de derechos vs educación de mercado, que asumía una elección entre educarse para tener sólo beneficios privados (Piñera 2011) versus una de derechos con beneficios públicos. Ambos extremos, claramente, deshonestos.

La alternativa a la gratuidad siempre han sido los créditos. Pero en general han sido considerados por los detractores de la gratuidad como una “alternativa aceptable y eficiente” ante la injusticia de la gratuidad que buscan demostrar. Hasta ahora, no se ha hecho exitosamente un caso moral por los créditos. No basta con decir que el otro camino es malo para convencer al resto de cambiar de rumbo. También hay que mostrar las ventajas del camino propuesto, y mientras esas ventajas sólo se muestren desde una perspectiva economicista y no moral y de justicia, tu propuesta tendrá pocas oportunidades de competir contra una alternativa que es esencialmente moral y de justicia.

La oposición a la gratuidad, además, tiene graves inconsistencias que debilitan sus posiciones y la impiden tomar posiciones morales o de justicia más firmes.

Una importante, es el caso de los estudios de posgrados a través, por ejemplo, de Becas Chile. Es difícil hacer un caso moral potente en contra de la gratuidad universitaria, en particular desde la élite, cuando la misma gratuidad existe, enchulada, para el posgrado: Son montos mucho mayores por beneficiado, que van más allá de la matrícula, incorporando en muchos casos costos de vida, y en la práctica destinada mucho más focalizadamente hacia la élite, que la gratuidad. Algunos recordarán la obligación de pagar el posgrado con trabajo universitario o público en Chile por un breve número de años, pero el costo privado de ese “sacrificio” es ínfimo al lado del mayor aporte que la sociedad hace a ese profesional en sus estudios de magíster o doctorado, versus el que realiza a un universitario a través de la gratuidad. Es cierto, el posgrado es diferente que el pregrado. Chile necesita posgrados y muchas veces son imposibles de pagar individualmente. Además, en particular los doctorados suelen ser muy poco rentables en términos privados, por lo que el financiamiento público es necesario para su existencia. Pero, la frontera arbitraria que separa a los pregrados de los posgrados no logra justificar que en unos la gratuidad sea indeseable mientras que en los otros sea necesaria e indiscutible. Al menos no como para hacer un argumento moral potente en contra de la gratuidad universitaria. Y ante esto, se pierde buena parte de la credibilidad cuando ese argumento se intenta construir.

Otra inconsistencia, es la dificultad para construir un caso moral hacia los créditos como forma superior de financiamiento, cuando la élite nunca ha propuesto utilizarlos ellos mismos como reemplazo al financiamiento de la educación por parte de sus padres, que consideran también un derecho. Así, quienes desde la élite defienden la alternativa de los créditos terminan siendo como José Ramón Valente o Sebastián Piñera cuando destacan las ventajas del sistema de AFP, mientras reconocen que ellos mismos no las utilizan. Efectivamente, es injusto “condenar” a gran parte de la población a usar parte de su sueldo en pagar una universidad mientras los que nacieron con más suerte pueden contar con todo su sueldo. Si bien ese escenario es más eficiente socialmente que la gratuidad, en las discusiones políticas y de persuasión electoral, la justicia le gana a la eficiencia en cualquier contexto y en todo escenario.

Entonces, ¿cómo construir una oposición a la gratuidad que resuelva sus inconsistencias para hacer un caso moral y de justicia?

Primero, con una nueva familia de argumentos contrarios a la gratuidad: la de justicia intergeneracional. Una que logre separar de manera efectiva y consistente la situación económica familiar del pago universitario de los jóvenes. El argumento iría así: “La gratuidad universitaria universal no es injusta sólo en algunos casos donde la recibirían quienes no la necesitan, sino que es injusta en todos los casos porque siempre la recibirá una persona que será un profesional universitario que, como tal, estará en mejores condiciones de pagar esa universidad que la mayoría de los chilenos. El crédito, entonces, es el camino más justo para todos, ya que permite que todos quienes puedan académicamente acceder a estudios superiores, puedan estudiar independiente de los ingresos de sus familias, permitiendo en su pago el estudio de las generaciones futuras, financiadas por quienes hoy y ayer hemos sido privilegiados con una educación universitaria”. Pero para hacerlo consistente, hay que desconectar completamente a las familias del pago universitario, eliminando los “remanentes” del arancel de referencia que hoy siguen a su cargo. Y para hacerlo justo, esa desconexión debe ser universal. El crédito debe ser para todos, sin importar si la familia puede pagar la universidad o no. Porque si se esgrime el crédito como forma de justicia para evitar ser perjudicado por las condiciones de origen, sólo tiene credibilidad meritocrática si se usa también para evitar ser beneficiado por sobre el resto por las condiciones de origen. Sólo se puede hacer el argumento de justicia intergeneracional si vale para todos. Es cierto, algunas familias podrán igualmente ayudar a sus hijos con las cuotas de los créditos luego de egresados, pero profesionales de élite de 30 o 35 años recibiendo mesadas de sus padres ya no es un tema de justicia, sino uno de dignidad. Serían la excepción.

Además, en la misma discusión habría que incorporar a los estudiantes de posgrado. Ya no con una línea arbitraria que divida ambas categorías de estudio, una con gratuidad y otra sin, sino que con honestos argumentos sobre beneficios sociales y privados, que lleven a diferentes porcentajes de los estudios que el Estado debiera pagar, según carrera y nivel, dejando lo demás para devolver a través de crédito y/o trabajo. Así, un estudiante de doctorado científico, con baja rentabilidad privada de sus estudios, sería ayudado tanto como un buen estudiante de arte de pregrado, por las mismas razones: su aporte social será mucho mayor a su ganancia privada. Estudios de magíster con alta rentabilidad privada, por ejemplo, debieran tener un alto nivel de copago de sus estudios y/o un régimen bastante más exigente de devolución de su trabajo hacia la sociedad que el que existe hoy, el que podría también ser considerado para profesionales de pregrado como forma de devolver la deuda de sus estudios.

Para hacer un caso moral y de justicia efectivo, la élite debe estar dispuesta a sacrificar algunos de los elementos que actualmente los benefician en el régimen presente de financiamiento educacional. Sin ese sacrificio, sus argumentos podrán ser fácilmente descartados como un desesperado intento para preservar sus actuales ventajas y beneficios. Sólo con ese sacrificio, podrán convencer de la honestidad de sus intenciones en hacer un caso moral y de justicia para todos, donde todos pierden algo para todos ganar mucho más. La meritocracia real no sólo abre puertas, sino también clausura ventajas. No existe meritocracia real sin dolor para las élites.

Un caso moral y de justicia intergeneracional como este (puede haber otros) que se preocupe de su autoconsistencia, no necesariamente asegurará un triunfo por sobre el fácil caso de la gratuidad y de la universidad como derecho, pero al menos le prestaría batalla en un plano relativamente parejo, y no sería la arrolladora masacre ideológica en cancha dispareja que hemos visto los últimos años.

El problema de EE.UU. no es Trump, sino su pueblo

Acaba de terminar la primera gira internacional de Donald Trump. Desde una perspectiva geopolítica, fue un fracaso de dimensiones planetarias. El ataque e insulto permanente a sus aliados históricos, terminó de hacer oficial la pérdida del liderazgo del mundo libre, tanto por parte de EE.UU. como país, como por la institución de su presidente.

Ian Bremmer, recientemente en Chile, acaba de proponer que si EE.UU. deja de promover valores democráticos, ya no existe tal cosa como un mundo libre. Y que si hubiera alguien lo más parecido a su líder, sería hoy Angela Merkel. Tal vez con Justin Trudeau y Emmanuel Macron de mosqueteros a su lado. Justamente la canciller Alemana dijo a los suyos, tras el fin de la gira de Trump, que los tiempos en que podían tener confianza de su aliado al otro lado del atlántico, habían quedado atrás. Que Europa debía acostumbrarse a defender sus propios intereses y valores, su destino, por sí mismos.

Uno se podría preguntar: ¿Cómo puede un presidente como Trump cambiar tanto y tan rápido las alineaciones geopolíticas de largo plazo en el mundo? ¿No debería el retorno a la normalidad de EE.UU. con otro presidente en probablemente 3 años y medio devolver las cosas a su lugar histórico?

Partamos por la segunda pregunta: Probablemente no. Justamente porque las relaciones son de largo plazo, las confianzas también deben serlo. Y al haber escogido a alguien como Trump, con sus valores anti ilustración, anti globalizantes, anti internacionalismo y anti liberales, el pueblo norteamericano cruzó una puerta que se cerró a sus espaldas y no la podrá abrir fácilmente: Tal como escogió a Trump ahora, en 4, 8, 12 o 20 años más, podría escoger a otro presidente similar. Y las relaciones de confianza de largo plazo no se pueden mantener con esa espada de Damocles colgando sobre el cuello de occidente.

Ahora podemos responder la primera pregunta: Una persona no puede fácilmente cambiar alineaciones geopolíticas de largo plazo. Pero las millones que votaron por ella, sí. Trump no cambió la alineación geopolítica del mundo, lo hicieron sus votantes, el pueblo estadounidense, que aún hoy, con todo lo que sabemos, mantiene la aprobación de Trump apenas bajo el 40%. La pérdida del histórico liderazgo internacional de esa nación no fue un evento temporal, sino uno estratégico, de largo plazo y del que parece no haber vuelta atrás.

Si con el derrumbe del muro de Berlín cayó una de las dos superpotencias de la segunda mitad del siglo XX, el mundo unipolar no duró mucho más. El 2016, en las urnas, se derrumbó la potencia que quedaba. El mundo libre con liderazgos claros ya no existe.

Francia nos muestra la dicotomía política del futuro. ¿Y Chile?

La izquierda como promotores del Estado y la derecha como promotores del mercado, fueron una dicotomía útil para el mundo de posguerra, la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI. Pero parece ser cada vez menos relevante, al menos en el occidente desarrollado. Hoy ese eje está no sólo siendo reemplazado, sino avasallado.

Las primarias y la elección en EE.UU. fueron una batalla entre fuerzas del estáblishment pro globalización, versus fuerzas populistas anti estáblishment y anti globalización. En eso, Sanders y Trump tenían bastante en común, al tocar similares notas de rebelión de clases medias que perdieron con el comercio internacional, el capitalismo y la extensión hegemónica de su nación en el mundo. Se veían perder cada vez más con su creciente desigualdad y, al menos por el lado de los pro Trump, se sentían fuertemente amenazadas por la aparente hegemonía cultural de valores liberales que no sólo eran diferentes a los suyos, sino que los sentían como un ataque y amenaza permanente a su identidad.

Mientras esa discusión se daba, el referéndum en el Reino Unido sorprendió al mundo al dar la victoria a quienes quisieron salirse de la Unión Europea, frustrados por años donde no vieron beneficios en sus vidas diarias por el comercio internacional, criticando a la élite capitalista. Aquí, tanto como con Trump, la rebelión tenía tintes xenófobos, y culturalmente contrarrevolucionarios.

Pero es en Francia donde creo que la distinción se ha dado más nítida. Donde creo que las líneas de batalla corresponden en forma más pura a las sensibilidades detrás del nuevo ordenamiento político en occidente desarrollado. Con Macron representando a una sensibilizad pro mercado, internacionalista, cosmopolita y valóricamente liberal. Mientras Le Pen representa muy bien a la rebelión anticapitalista, antiglobalizante y anti valores liberales de occidente. Donde el conservadurismo no tiene una base religiosa, sino nacional. Donde economía y democracia se supeditan al interés populista del poder.

Ni Macron ni Le Pen se pueden dibujar fácilmente en el tradicional eje izquierda-derecha. Si bien parecen ser perfectos opuestos, su oposición es en torno a otros, nuevos ejes, con Macron representando algunas de las características de parte de los viejos centros políticos y Le Pen representando valores, ideas y malestares tanto de la vieja extrema izquierda como de la vieja extrema derecha. Imaginemos la vieja línea de la izquierda-derecha como un hilo puesto sobre una mesa y tomémoslo por el medio, levantándolo. Ambos extremos caerán abajo, uniéndose y formando un hilo ahora más corto. El extremo que tenemos tomado con los dedos sería Macron. El extremo formado por la unión de las viejas dos puntas, que cuelga al vacío, sería Le Pen. Esa es una posible representación para el nuevo eje, incompleta pero útil.

Entran globalización versus nacionalismo, apertura versus identidad, capitalismo versus populismo. Salen igualdad versus libertad, estado versus mercado, conservador versus liberal.

Entonces, en Chile. ¿Quién sería Macron y quién sería Le Pen? ¿Quiénes serían los representantes de los extremos del nuevo eje?

Primero, Chile no es parte del occidente desarrollado. Nuestro país no comparte todas las características que dieron forma a ese nuevo eje político. Si bien nuestra desigualdad de ingresos y poder es grande, nuestro país fue de los grandes ganadores de la globalización, aumentando fuertemente el ingreso de capas bajas y medias en las últimas décadas, mientras que en países desarrollados, particularmente las capas medias, mantuvieron sus ingresos constantes. Pero sí compartimos, sobre todo en los últimos años, una profunda desconfianza a las élites y vivimos en medio de un gran desafío cultural a los valores capitalistas. Aunque de la contrarrevolución conservadora no hemos visto mucho.

Dicho eso, entre las candidaturas o fuerzas políticas actuales, uno podría definir a Macron en un espacio que tiene en su interior a Velasco, al derrotado Laguismo y al menos a parte de Evópoli. Curiosamente, en 3 coaliciones diferentes. Ahí está el compromiso con la globalización y la apertura cultural, la cosmovisión cosmopolita, la idea de progreso social a través del mercado y el compromiso con los valores liberales de occidente, la democracia y la libertad. Ellos serían uno de los dos extremos del nuevo eje político.

A Le Pen es más difícil encontrarla. Pero hay definitivamente rasgos en el populismo conservador de Ossandón. En la rabiosa contracultura de José Antonio Kast. Pero sobre todo en varios elementos en el mundo que hoy compone el Frente Amplio (para no hablar de Beatriz Sánchez, quien aún se está presentando políticamente), entre los que caben su crítica a la globalización, que compartirían con Ossandón, la estrechez de su ortodoxia cultural, que comparten en forma con J.A. Kast, y su desprecio total a todo lo que parezca ser una élite.

Con todo, el Frente Amplio es más Melenchón que Le Pen. Aunque el candidato de izquierda dura francesa, al tener que escoger entre el nacionalismo de Le Pen y la apertura pro mercado de Macron, llamó a no votar. Porque entiende que el eje izquierda-derecha tradicional que lo llamaría a votar por el centro en vez de la supuestamente más dura derecha, ya no existe. Porque sabe que si bien no es lo mismo, comparte demasiado con Le Pen como para afirmar que su enemigo común, el universalismo liberal de occidente, sería preferente a ella. Llamó a no votar, porque el nuevo eje todavía no está suficientemente instalado. Porque si lo estuviera, su llamado probablemente habría sido a votar por Le Pen. Y si ese nuevo eje se instala con fuerza en Chile, no tengo dudas que el Frente Amplio haría lo mismo.

El error de Piñera

Piñera cometió un error que lo está dañando.

No me refiero al haber tomado con poca seriedad el desafío de los potenciales conflictos de interés que enfrentaría en su gobierno, al establecer un fideicomiso que no fue realmente ciego, que no cubrió sino una pequeña parte de su fortuna y que no lo protegió de los conflictos de interés. Aunque eso, también lo dañó y lo sigue dañando.

Tampoco me refiero a la falta de transparencia sobre dónde estaban las inversiones del presidente cuando asumió. A un nivel tal que recién ahora llegamos a enterarnos que tenía inversiones mineras cerca de el proyecto de Barrancones. Aunque eso, también lo dañó y lo sigue dañando.

Tampoco me refiero a haberse saltado toda la institucionalidad para, a lo Trump, tomarse la responsabilidad y acción del Estado en sus manos y a punta de telefonazos, bajar un proyecto energético privado que estaba causando grandes protestas sociales. Todo eso, mientras él y su familia tenían dinero invertido en otro proyecto productivo importante en la misma zona, que pudo haberse beneficiado con la desaparición de una futura fuente de contaminación, haciendo más lejana la posibilidad de saturación ambiental que haría más difícil su propio proyecto. Aunque esto, también lo dañó y lo sigue dañando.

Me refiero a su respuesta. A su cerrada defensa de que no hizo nada impropio, nada ilegal y que todas las denuncias son ataques políticos destinados a dañar su eventual candidatura. Pero los hechos mencionados más arriba no han sido desmentidos. Son reales. Lo que no necesariamente es verdadero, es la aparente conclusión que podría obtenerse de ellos, y que hoy está en manos de la justicia demostrar. Esta es, que utilizó una y otra vez su poder ejecutivo presidencial para enriquecerse aún más. Eso NO está comprobado y no sólo sería ilegal, sino destructivo para cualquier empresario que desee llegar a la presidencia. El argumento facilista pero efectivo en el mundo popular de que “tiene tanto dinero que no tiene para qué robar” se haría trizas. Sería su Caval, pero antes de la elección.

El problema, entonces, es que al meter tanto lo real e indesmentible como lo especulativo y realmente dañino en un mismo saco y llamar a todo eso como un ataque político, está poniendo su promesa de que no habría utilizado el poder para su propio beneficio, al mismo nivel que su rechazo a acusaciones de hechos reales, que él mismo causó al no tomar en serio la montaña de conflictos de interés que se le vendría encima. Como tal, Piñera muestra todo junto al electorado, en un solo paquete, y le está diciendo: no crean en todo esto. Pero como hay hechos reales entre medio, la pregunta obvia es: “Si me pide que rechace algo que es verdad, lo demás que me pide que rechace, lo realmente dañino, ¿será también verdad?”. Así, Piñera da peso a las acusaciones sin fundamento que se desprenden de los hechos reales. Da fuerza a la narrativa de que usó su poder presidencial para enriquecerse aún más a sí mismo, y ayuda a instalar la expectativa que la razón para volver a la presidencia, sería seguir enriqueciéndose a costa de los chilenos con el uso de todo el poder del Estado.

Probablemente Piñera no bajó Barrancones pensando en favorecer su propia inversión en la minera Dominga. Aún más descabellado sería pensar que el juicio en La Haya habría sido influido por los intereses del entonces presidente en una empresa pesquera peruana. Pero ante su negativa rotunda a tomar de una vez en serio el desafío de sus conflictos de interés y de reconocer que su fideicomiso fue poco mejor que una burla, lo único que hace es darle injusto peso a la idea que usó el gobierno para su bolsillo y que lo querría usar de nuevo. Al final, con un fideicomiso serio, ninguno de estos problemas hoy lo estarían aquejando. Piñera no es víctima de una conspiración comunista y de la Nueva Mayoría, sino de sus propias e irrefrenables pulsiones. Tanto la raíz de sus problemas como la fuente de sus soluciones, las puede encontrar en el espejo.

Una teoría en sicología de cuneta: por qué Lagos no prende

Imaginemos un joven que comienza a tener familia. Con espíritu de superación y sacrificio salen lentamente adelante. Tienen su casa, humilde pero orgullosa. Se equivocan, caen, pero tienen fe en sus propias capacidades de forjar una mejor vida de la que heredaron. El joven recuerda a su padre, como todos generalmente lo hacemos, con sentimientos en conflicto. No está de acuerdo con muchas de las decisiones que tomó cuando estuvo en el lugar en que el joven está hoy. Pero también agradece el rol que tuvo en forjar a la persona que hoy da sus primeros pasos en el mundo de los adultos y la responsabilidad. Al padre se lo visita en su retiro de cuando en cuando, para que esté con sus nietos, de sus consejos para los problemas de la nueva familia y luego cada uno vuelve a lo suyo. Pero un día el padre llama a su hijo. Le propone que la solución a los errores del joven es que llegue a vivir de vuelta con ellos para poner orden, volviendo a ocupar el rol de jefe de hogar. La experiencia del padre, este argumenta, será la clave para surgir. Su hijo deberá dejar de lado su ganada libertad para volver a depender de un padre del que ya se creía suficientemente emancipado. ¿Qué respuesta creen que daría ese hijo a la propuesta del padre?

El hijo casi siempre preferirá equivocarse bajo su responsabilidad y libertad, antes que retroceder en el camino de su propio crecimiento. La respuesta esperable estaría entre un amable “no, gracias”, y cortarle el teléfono por desubicado.

Lagos quiere dejar de ser el abuelo para volver a ser el padre. Con las credenciales de su experiencia y los logros de su liderazgo, ofrece orden, firmeza y visión. Pero el país que dirigió ya no existe, en parte, gracias a sus propios éxitos.

En la política hiperpersonalizada de Chile, donde se afirma votar por la persona y no por partidos ni equipos (que son los que realmente importan), Lagos es un todo. Es muy difícil separar lo hecho en su gobierno de lo que haría en uno futuro, a pesar que evidentemente cada gobierno es el resultado de cada persona puesta en las circunstancias de sus respectivos momentos históricos. Es muy difícil ver más allá de la historia, para divisar lo que la visión del mismo líder del pasado podría entregar en el futuro. A pesar del bombardeo de buenas y osadas ideas y de la compañía de un equipo de altísimo nivel y competencia.

Lagos tiene un lugar en la historia, que con el tiempo será mucho más positivo que la injusta crítica de quienes le exigen al pasado lo que sólo es posible hoy, que no es más que una indignación retroactiva tan ignorante como deshonesta. Pero su búsqueda para representar también el futuro parece impedida por el contexto. Por una candidatura de Frei que no prendió. Por el regreso de Bachelet que no cumplió. Por la anunciada vuelta de Piñera, que nunca entusiasmó. Ahí, Lagos simboliza la culminación de nuestra costumbre de mirar para atrás para avanzar. La última y definitiva vuelta del padre a quien nadie llamó y que jamás reconoceremos que necesitamos. La política está hecha de símbolos, y Lagos parece representar el equivocado en demasiados niveles.

Los noventas se juegan la vida en Providencia

Estamos rodeados de jeans rasgados, estamos más lejos que cerca de clasificar al mundial, el Chino Ríos nos mata de la risa cada vez que dice algo, y en la TV están dando Tres por Tres, Los Expedientes Secretos X y se viene Twin Peaks. Los noventas volvieron en gloria y majestad.

Otros también quieren subirse a la ola. Sebastián Piñera quiere volver a competir por la presidencia. Ricardo Lagos quiere competir contra él. Mientras Joaquín Lavín busca la alcaldía de Las Condes y Evelyn Matthei hacerse con un nuevo cargo. Pero a diferencia de los jeans, el chino, el fútbol y la TV, casi todos ellos pueden estar cerca de fracasar. Y todo se juega en Providencia.

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