Flexibilidad laboral en favor de los trabajadores

Cuando se discute una reforma laboral, la flexibilidad suele volver a ponerse en en el tapete, ante aplausos de los empresarios y amenazas de los sindicatos. En el marco de a discusión previa a la presentación de un proyecto de ley por parte del actual gobierno, fue el turno de una vieja idea: cambiar la indemnización por años de servicio, por un fortalecimiento del seguro de desempleo. Lo único que ha logrado la discusión hasta ahora, ha sido sacar a la CUT de su larga siesta, tras años de escándalos internos, para dar amenazas si se llegara a tocar esta conquista de los trabajadores. Esto, porque la eliminación de la indemnización se entiende como una forma de facilitar el despido, lo que también le bajaría el riesgo a la contratación, aumentando el empleo. Es una política mirada desde el punto de vista de los empresarios. Pero no tiene por qué ser así. Con algunas modificaciones, el reemplazo de la actual indemnización podría terminar siendo la mayor conquista de los trabajadores en décadas, redistribuyendo el poder dentro de la empresa hacia ellos, aumentando sueldos, y haciendo a toda la economía chilena más productiva, haciendo un mercado laboral más flexible para beneficio de los trabajadores. Pero para ello, hay que ver la oportunidad no desde la perspectiva de los empresarios, sino desde la de los trabajadores. Pero entre una CUT anclada en el pasado, un gobierno que piensa, viste y ronca como empresario, y una oposición ausente, parece difícil. De todas formas, aquí explicaré cómo podría ser.

Hoy la indemnización por año de servicio se entrega sólo cuando un trabajador es despedido, bajo algunas causales específicas. Siendo “necesidades de la empresa” la más usual. Es un número de meses de sueldo equivalente al número de años que el trabajador lleva contratado por la empresa, con un límite de 11 años. Esto es, con un máximo de 11 meses de sueldo una vez es despedido. Esto se entiende como una conquista de los trabajadores, ya que es un claro desincentivo al despido. Entrega seguridad al trabajador. Pero si bien parece funcionar bastante bien como amenaza, es una que se ejerce bastante poco. Números recientes dicen que sólo un 6% de los contratos terminan con un pago de indemnización por año de servicios. Y en la práctica, los incentivos son más bien nefastos: deja a los trabajadores sin incentivo a renunciar y cambiarse de trabajo, ya que estaría “perdiendo” su indemnización en caso de ser despedido en el futuro. Eso hace que los trabajadores se queden demasiado tiempo en cada empleo, aprendiendo menos de la diversidad de tareas que vienen con tener varios trabajos, y siendo menos productivos. Además, las negociaciones salariales suelen darle ventaja al empleador, quien sabe que el trabajador estará poco dispuesto a renunciar (dada la indemnización que perdería) en caso de recibir un aumento menor al esperado. Esto deja los sueldos artificialmente bajos entre los trabajadores contratados, particularmente de quienes no cuentan con sindicatos para emparejar la cancha de la negociación. Además, transforma las carreras laborales de los trabajadores en algo deprimente: Los primeros 11 años se quedarán estáticos, mirando cómo esa potencial (y generalmente virtual) cuenta de ahorros aumenta de tamaño, sin estar dispuestos a cambiarse de trabajo ni a hacer fuertes exigencias salariales. Para, luego de pasados los 11 años, tengan el incentivo de hacerse despedir, mientras los empleadores tienen el incentivo de evitar hacerlo, ya que les sería demasiado caro. Eso lleva a relaciones humanas de mala calidad, trabajo de mala calidad, sueldos que tampoco subirán, y un sinnúmero de enfermedades mentales como depresión, estrés, entre muchas otras. Todo, por una indemnización que se espera, pero que casi nunca llega. Finalmente, la idea de mantenerse 11 años o más en un empleo es completamente ajena a las expectativas y cultura de las nuevas generaciones, quienes estarían mucho mejor servidas con otro tipo de regulación.

La propuesta actual del gobierno es eliminar esta indemnización por años, y reforzar el seguro de desempleo. La idea tiene sentido: eliminaría varios de los incentivos negativos de las relaciones laborales, haría más barato despedir y contratar, lo que aumentaría el empleo y haría que los trabajadores puedan tener mayor diversidad de experiencias, y así tener una economía más productiva. Y en los eventos en que estén sin trabajo, tener un seguro de desempleo potenciado ayudaría a que no tengan impactos económicos en caso de estar algunos meses sin trabajar. El mayor problema de la propuesta, es que es absolutamente inviable políticamente, y tiene que ver con las razones de por qué los empresarios la aplauden mientras los trabajadores la pifian. Esto, porque para empresarios es bajar una barrera a la contratación y a la inversión y para los trabajadores es precarizar su trabajo ya que, aunque la indemnización sea difícil recibirla, sí funciona como un potente desincentivo al despido. Y un aumento al seguro de desempleo, por muy potente que sea, puede reducir en parte esa precarización, pero no eliminarla. Para que los trabajadores quieran un cambio, deberán ganar más que lo que pierdan. Y para que una reforma valga la pena, debe ser capaz de dinamizar la economía. Y ambas cosas, juntas, a pesar que parezca cuadrar el círculo, son posibles. Sólo que no en las actuales trincheras donde los representantes de los trabajadores siguen pegados en un modelo laboral que hace décadas dejó de existir, y los representantes de los empresarios sólo parecen pensar en su autointerés.

Pensemos, entonces, en un camino intermedio, pero con un importante aliciente para el trabajador. Imaginemos un seguro de desempleo potenciado, pero además una indemnización a todo evento (salvo causales de conducta indebidas de carácter grave, obviamente). Imaginemos además que esa indemnización sea por años de servicio, pero sólo hasta el año 3. Es decir, ya sea por despido o renuncia, el trabajador recibirá igual hasta 3 meses de sueldo para su bolsillo, además de contar con una robusta protección a través de su seguro de desempleo, gracias a la que podrá vivir algunos meses sin requerir tocar ese dinero ganado. Esto permitiría dar vuelta las relaciones de poder dentro de la empresa. Ya que el trabajador sólo tendría incentivos para quedarse en los primeros 3 años, mientras se acumula su indemnización, y que pasados estos, tendría efectivamente un incentivo a renunciar, ya que recibiría dinero por hacerlo. Imaginemos el cambio laboral, cultural y de poder de llegar a tener un incentivo a renunciar. Esto llevaría a que los trabajadores tengan mucho mayor poder de negociación salarial: Si el empleador quiere mantener al trabajador en la empresa, tendría que pagarle más. Y la amenaza de renuncia en caso de no subir los salarios, sería muchísimo más creíble. Y, de no llegar a un nuevo acuerdo, se iría con lo aprendido por esos años, y estaría listo para seguir aprendiendo otras cosas diferentes en otro lugar. Eso haría que los trabajadores chilenos tengan un estado permanente de capacitación, preparación y aprendizaje que los haría a ellos, y a la economía en su conjunto, más productivos. En general, un camino como este haría que los sueldos de los trabajadores aumenten en el corto plazo debido al cambio de posición negociadora, que suban aún más en el largo plazo por el aumento de la productividad, haría que Chile sea un país menos desigual y haría a la economía en general más productiva y más rica. Que los trabajadores tengan mejores incentivos para trabajar, tengan menos enfermedades mentales, y sean en general más felices. Quienes perderían, en el corto plazo, serían los empresarios, quienes por el cambio en situación negociadora, podrían retirar menores utilidades, ya que los sueldos aumentarían su peso relativo. Pero en el largo también podrían ganar, dada la mayor productividad de la economía. problema, claro, está que no se cumpliría el abaratamiento del despido (y, por lo tanto, de la contratación). Incluso un esquema así podría encarecerlos. Pero la perspectiva de mayores sueldos y mayor productividad bien haría que una inversión estatal en este sentido podría estar más que justificada, por ejemplo, dando un par de puntos adicionales para el seguro de desempleo, o subsidiando parte de la provisión necesaria para indemnizaciones futuras, sobre todo para los sueldos más bajos. El Estado, además, tendría que establecer mecanismos administrativos para ayudar a las empresas a realizar esa provisión, para evitar quiebras en caso de la renuncia de muchos trabajadores en empresas pequeñas. Todo esto podría justificarse financieramente, no sólo gracias a la perspectiva de mejores recaudaciones futuras, sino también porque un cambio radical en la manera en que funciona el trabajo en Chile, como el que traería un camino de este tipo, podría abrir la puerta a ampliar la base tributaria y aumentar el número de trabajadores que pagan impuestos globales complementarios.

Una indemnización a todo evento, sumada a una mejora del seguro de desempleo, con el consiguiente incentivo a la renuncia, podría hacer la flexibilización laboral algo políticamente viable, y hacer a la economía entera más robusta, justa, productiva, igualitaria y potente. Pero sólo si es una flexibilización hecha con el interés de los trabajadores en el centro.

Mi voto en la 2da vuelta: trago el sapo

En las segundas vueltas, he votado por Lagos, Bachelet, Piñera y el 2013 fui a votar en blanco. Me autodenomino como liberal. Votar en blanco era lo que esperaba hacer esta elección, ya que la segunda vuelta supuestamente sería similar a la del 2013, con una candidatura que llega con todas las de ganar y otra que tiene poco y nada que hacer. Entonces, podría tranquilizarme y tener un voto “estético”, privilegiando no tragar sapos y quedar tranquilo conmigo mismo con la marca hecha en el papel. El blanco era la única forma de lograrlo entonces, y se supone que sería la forma de lograrlo ahora. Pero la primera vuelta demostró que las preconcepciones que todos compartíamos estaban equivocadas, y que la segunda vuelta ya no sería tan tranquila como la del 2013, sino que sería la más disputada de la historia política chilena. Sí, probablemente más que Lagos-Lavín. Con eso, la posibilidad de votar por la tranquilidad personal se fue por la ventana. Al menos para mi, si la elección está así de peleada, un voto blanco o nulo no es ni responsable, ni patriótico, ni aceptable. Creo que ante disyuntivas así, simplemente hay que tomar una decisión, por lo que habrá que tragarse un sapo. Aquí espero explicar mi decisión, sin promoverla para nadie más y sin pensar que sea particularmente importante más que para mi, pero tal vez, ante la posibilidad que algunos de los argumentos le sean útiles a alguien.

Primero, a pesar del estridente volumen de las campañas del terror y de las amenazas de un lado u otro, Chile no se juega mucho en esta segunda vuelta. No están en la mesa ni el camino hacia Venezuela, ni un descenso hacia la distopia conservadora de Handmaid’s Tale. Y no sólo porque los candidatos no quieren nada parecido a las ridículas exageraciones que sus opositores dicen sobre ellos, sino porque incluso si lo quisieran, no podrían hacer mucho al respecto. Los modelos de sociedad propuestos por ambas candidaturas serán diferentes entre sí, pero ninguno de ellos tendrá un congreso para realizar cambios de siquiera cercanos a la profundidad de los que hizo, para bien y/o para mal, este segundo gobierno de Bachelet. Piñera no tendrá su deseada retroexcavadora para desarmar reformas laborales o tributarias, tal como Guillier no tendrá ni la posibilidad de avanzar significativamente la agenda del Frente Amplio, ni menos aún soñar con un proceso constitucional. Piñera no podrá profundizar una sociedad pro empresas (y anti mercado), tal como Guillier no podrá aumentar el Estado. Piñera no podrá retroceder en los avances valóricos de este gobierno siguiendo sus pulsiones de derecha cavernaria, tal como Guillier no podrá avanzar mucho más en estas materias. Gane quien gane, será el presidente con menos poder en mucho tiempo, liderando un gobierno que no podrá hacer mucho más que tratar de navegar con el mar y reglas que heredó, y con un protagonismo que será tomado política y emocionalmente por el congreso. La elección realmente importante para los próximos 4 años, fue la de noviembre.

En el margen, sí habrán diferencias. Es posible esperar un crecimiento marginalmente mayor con Piñera que con Guillier, por lo que si el crecimiento es la única variable para decidir, el voto debiera estar claro. Es posible esperar mayores señales simbólicas (alguna que otra tímidamente práctica) de apertura cultural y social con Guillier que con Piñera, por lo que para quienes sólo importen los temas culturales o valóricos, desde una perspectiva progresista, el voto también debiera estar claro. Pero para el resto, para quienes nos importa más que una cosa puntual, debemos ver más ampliamente las propuestas de cada uno, ponderándolas por lo que realmente serán capaces de realizar, tanto a partir de la estructura del congreso, como de sus propias capacidades y las de sus eventuales equipos para conseguir algún atisbo de agenda legislativa viable, o de llevar una agenda ejecutiva que haga diferencias en la vida de los chilenos y en mover a Chile hacia el futuro. Y de eso, hay bastante poco.

Visto desde una perspectiva general, la mayor capacidad de mover agenda de cambio debiera ser, contraintuitivamente, una razón para no votar por una candidatura, si es que comparten conmigo la convicción que ambas representan direcciones de avance muy poco seductoras. ¿Por qué querría votar por alguien con mayor de capacidad de mover al país en una dirección en la que no creo? Sería una especie de extraño masoquismo del que, afortunadamente, no creo padecer. Dicho eso, personalmente creo que es la candidatura de Piñera la más capaz, con un presidente con experiencia, con equipos con más experiencia y con un orden y capacidad de trabajo con mayor potencial de realizar algunos logros. Punto para Guillier.

El vaso medio vacío de lo mismo, es la expectativa de un gobierno desordenado y caótico bajo el mando de Guillier, proyectando lo peor del gobierno de Bachelet otros 4 años más, aún cuando el caos y los errores, por el mucho menor poder que tendrá el futuro gobierno versus el saliente, tenga consecuencias mucho menos graves de las que tuvieron las políticas públicas mal diseñadas estos últimos años. Esto es un claro punto para Piñera. Donde el caos sí estará con Piñera, será en la calle. Sin un terremoto que lo salve en su primer año (esperemos), ahora tendrá desde el comienzo de su gobierno a las fuerzas sociales en la calle, más organizadas y, a diferencia del 2011, con hambre político electoral de corto plazo. Si Guillier no tendrá ordenado control de su gobierno, Piñera no tendrá ordenado control del país. Quien haga campaña con el viejo “yo o el caos”, miente. Es el caos o el caos. Diferente caos, en diferentes lugares, pero caos al fin y al cabo.

Peor aún, ambas candidaturas tienen diagnósticos profundamente errados de la sociedad, y representan pasados, más que presentes o futuros. Guillier, por un lado, es un candidato de una clase media que ya no existe, ligada a lo público, con convicciones que más parecen sacadas de libros de historia que de una lectura apropiada del presente. Por el otro lado, Piñera se vende como una fantástica solución a un problema que la ciudadanía simplemente no ve. Ni el bajo crecimiento ni el desempleo moderadamente alto parece haber afectado a la población chilena lo suficiente como para haber cuajado el discurso sobre la gran crisis de crecimiento, empleo y delincuencia que Piñera volvía para solucionar. Tampoco le atinó al apostar a la molestia con la dirección general de las reformas del gobierno de Bachelet. Su candidatura, su programa, toda su energía y todas sus capacidades, están enfocadas en la lectura equivocada. También, en un país más del pasado que del presente o futuro. El exitismo del Chile jaguar de los 1990s, cuyos liderazgos simbólicos sufrieron masacres electorales en noviembre, incluido el mismo Piñera. Paradójicamente, si hay una figura de futuro que ganó el debate ANATEL del lunes 11, es Michelle Bachelet. Ya que su diagnóstico, tantas veces tan criticado y descartado por páginas de diarios que hoy envuelven pescado, fue el marco dentro del que se desarrolla la discusión en Chile. La gratuidad como línea base, los derechos universales como reemplazo de cualquier atisbo de focalización y el progreso de las libertades civiles e individuales. Le guste o no a Guillier o Piñera, ambos bailaron la música de Bachelet, y ante la falta de poder para cambiar la radio, sólo les quedará gobernar bajo la misma música los próximos 4 años. ¿Propuestas alternativas? Simplemente no las hay. Las diferencias son de énfasis en el eje planteado por Bachelet en su viaje desde Nueva York a Santiago. En ello, Alejandro Guillier parece ser el autocomplaciente, y Sebastián Piñera el autoflagelante de este nuevo Chile. Ambos relativamente incómodos en un traje ajeno y sin entender para dónde realmente va la micro, aunque Piñera parece más desadaptado que Guillier. ¿Punto para alguno, aquí? No creo. Ambos fueron derrotados en noviembre y el país les es y será ajeno.

Lo que no fue derrotado en noviembre, y tal vez fue la principal y más exitosa fuerza política y electoral de entre todas las que había simultáneamente en disputa, fue la renovación y el reemplazo político. Por ella cayó Lagos, y todos los apoyados por él. Cayeron todos los representantes de la vieja concertación, con la excepción de Insulza. Cayeron muchas figuras de izquierda, centro y derecha que representaban más el status quo transicional, que el Chile de cambio vertiginoso en el que realmente vivimos hoy. Este voto de renovación y reemplazo se configuró, creo, más como voto protesta que como voto ideológico. Por mucho que el Frente Amplio afirme que una significativa fracción del país votó por sus ideas, la real fuerza detrás de su resultado parece haber sido la misma que elevó a MEO el 2009, y se repartió entre MEO y Parisi el 2013: el voto de protesta, por la renovación, por el cambio. Curiosamente (o tal vez no tanto), en las 3 elecciones el porcentaje fue muy similar, alrededor del 20%. Esa fuerza de cambio logró ser representada al menos en parte por Piñera el 2009, lo que lo llevó al triunfo entonces. Por una renovada Bachelet, lo que la llevó a un enorme triunfo el 2013. Pero, ¿ahora? Mucho menos claro. Tanto Guillier como Piñera son candidaturas del pasado, pero sólo una de ellas viene a repetirse el plato. Más importante aún, los cuadros detrás de Guillier, combinan parte de lo tradicional de la centro izquierda, con figuras nuevas, que no han estado en el centro de la transaca del poder estas décadas. El golpe con que Elizalde jubiló a Lagos en la interna PS no sólo puso a su mediocre generación al mando del buque, sino también abrió significativos espacios de poder para la expresión de diferentes visiones y protagonismos. Esto, sin llegar a seducirme, lo veo al menos interesante. Piñera, por el otro lado, parece recurrir de lleno a la vieja guardia derechista. Tiene a Alberto Espina y a Hernán Larrain, y a los dos Monckeberg esperando entrar al gobierno, tras haber omitido sus respectivas reelecciones, en el contexto de una campaña que se refugió en la identidad derechista clásica, abandonando toda la frescura renovadora y de cambio que caracterizó al Piñera de hace 8 años. Es más de derecha, y será mucho más de sus partidos, desde el primer minuto del gobierno. Y luego del pésimo resultado electoral de noviembre, cualquier expectativa de independencia de Piñera ante sus partidos parece haberse esfumado. Su gobierno, a todas luces, tendrá el sabor de su campaña de segunda vuelta: el mismo discurso añejo, pero ahora con el protagonismo arrebatado por la guerra de egos y liderazgos entre los partidos y las candidaturas de derecha para 4 años más. Punto para Guillier.

Mucho se dice que el futuro está naciendo mientras el pasado no termina de morirse. Pues el voto para acelerar ese proceso es definitivamente para Guillier. No por lo que él representa ni por el gobierno que haría, sino por la cancha que queda detrás de él. Para mí, el voto será menos por lo que pase estos 4 años, donde el gobierno tendrá poco poder y protagonismo, y más por cómo será la política en 4 años más y hacia adelante, donde veo que un triunfo de Guillier abriría mucho más el escenario para que no sigamos teniendo que optar entre figuras ancladas en el pasado. La perspectiva de jubilar políticamente no sólo a Piñera, sino también a Allamand, Espina y a toda esa generación de carcamanes que se soban las manos para candidatearse 4 años más, es una que sí me seduce. Esas jubilaciones son las que faltan para retirar definitivamente a la eterna generación de los 90s, luego que los de centro izquierda ya fueron jubilados por los partidos y por los electores. Y esta apertura de espacio, limpieza de maleza vieja y dura, la veo como una necesidad para poder construir más temprano que tarde una cancha donde visiones liberales puedan prosperar en la política chilena.

Trago el sapo y votaré por Guillier. Porque él y su equipo son los menos capacitados para llevar a Chile en una de las direcciones propuestas y que detesto, y porque su elección hace más por acercar al sistema político, principalmente su oferta, a por fin representar mejor al nuevo país que el próximo gobierno, gane quien gane, dudo sea capaz de siquiera comprender. Esto no es un apoyo ni una recomendación. Sólo una reflexión personal.

Una autopsia al centro liberal

La promesa de un liberalismo político sin los grilletes de izquierdas y derechas parecía acercarse. La vieja tesis de una reunión de liberales de la vieja concertación y de la vieja Alianza en una casa común se había transformado en una tímida e incipiente realidad con la sociedad política nacida entre quienes se fueron de la Centro Izquierda junto con Andrés Velasco, y quienes se fueron de la derecha con Lily Pérez, reuniéndose con ese extraño grupúsculo que formamos hace algunos años, Red Liberal, los que rechazando invitaciones de lado y lado por años, nos mantuvimos siempre a la espera de esa hipotética reunión que parecía por fin estar ocurriendo. Había dos partidos políticos y un movimiento (luego se unió al menos electoralmente un tercer pequeño partido). Una coalición liberal de centro llamada “Sumemos” que compitió sin muchas expectativas. Pero aún así el resultado fue desastroso. Incluso bajo el suspuesto que no sacar ningún parlamentario (lo que ocurrió) era el escenario más probable, igualmente el resultado logró ser violentamente peor que la expectativa. Fue un desastre. Una masacre. Una humillación política y electoral. ¿Qué pasó? Pretendo alimentar la discusión, con la facilidad y patudez del general después de la batalla con una teoría al respecto. El Centro Liberal murió, y esta es una autopsia.

Primero, despejemos algunas posibles causas que, creo, no fueron determinantes. Se ha hablado de la falta de calle y la falta de campaña en terreno. Pero eso no se condice con los resultados en la práctica, ni de las candidaturas de Sumemos, ni de las del resto de los partidos y coaliciones, hayan sido exitosas o no. Estamos llenos de candidaturas que apenas hicieron campaña callejera y que salieron electas, empujadas por una ola electoral a favor del Frente Amplio, o a favor de RN. Por el otro lado muchas candidaturas lo dejaron todo, literalmente gastando sus zapatos en la calle sin obtener resultados. Sacha Razmilic en Antofagasta y Luis Larrain en el Distrito 10 son muy buenos ejemplos. Hicieron más e incluso mejor campaña callejera y en terreno que muchos otros, pero el resultado fue radicalmente diferente. La dura realidad es que, contrario al sentido común instalado, la calle importa menos que nunca en campaña. Los distritos son tan grandes con el nuevo sistema electoral, que el impacto callejero no es sino marginal. Y depende fuertemente del contexto, de lo que se ofrece, de las asociaciones que uno logre hacer. El simple contacto personal, en sí mismo, vale huevo. Hoy son justamente las vilipendiadas redes sociales las que logran generar impactos multiplicadores de contacto e interés entre los votantes, mucho más que el terreno. Por lo que una acusación de “haberse preocupado más de las redes que de la calle” no debiera ser indicador de fracaso electoral, sino incluso de éxito, como también lo fue en muchos casos en estas elecciones.

Causas que sí importaron, fueron la institucionalidad, la identidad y el factor presidencial. Los partidos de Sumemos no lograron consolidarse a la velocidad necesaria. El proceso de búsqueda de firmas fue largo, lento, costoso e incluso traumático en el caso de Ciudadanos. A esto no ayudaron los conflictos dentro de Amplitud, que llevaron a que la bancada parlamentaria inicial de una senadora y 3 diputados se fuera vaciando progresivamente hasta quedar la senadora Pérez sola en el proyecto. En Ciudadanos, el impacto del Caso Penta hizo gran mella en la fuerza política y en el atractivo inicial que tuvieron en sus primeros días ante un gran número de personalidades públicas, que nunca pudieron ser articuladas efectivamente y, simplemente, se perdieron. Efectivamente, haber sido impugnada la inscripción por parte del Servel fue un durísimo golpe, del que nadie puede recuperarse a tiempo para levantar una campaña con buenas expectativas. Pero esto, si bien fue un factor, no creo haya sido lo fundamental.

En términos de identidad, Ciudadanos partió como Fuerza Pública para luego cambiarse el nombre. La coalición inicialmente fue bautizada como “Sentido Futuro” para luego llamarse “Sumemos” justo antes de la elección. No ayuda para nada a construir recordación ni lealtad cambiarse de nombre cada 3 meses. Esto fue un factor, aunque menor.

Un mayor factor fue la falta de candidatura presidencial. Las listas se arman desde abajo hacia arriba, o desde arriba hacia abajo, pero siempre con la candidatura presidencial como su eje. Es su punto de referencia, es a quienes los candidatos en la calle o en redes sociales o en medios pueden aludir para poder resumir rápidamente qué es lo que representa y por qué está luchando. Por qué quiere llegar al congreso. El votante evidentemente no tiene ni memoria ni interés para conocer los programas de los 50 o hasta 100 candidatos al parlamento en du distrito. Pero sí puede tener alguna idea sobre qué propone, qué significa, a qué apela cada una de las candidaturas presidenciales. Sin un presidencial, no hay referencia, y se hace campaña en el vacío. Con todo esto, incluso con el impulso nacional de una candidatura presidencial propia, dado que el mismo Velasco fue el único candidato a nivel nacional que quedó a unos pocos votos de salir electo, es incluso posible que nadie hubiera ganado su elección y el resultado en el papel habría sido el mismo. Pero, al menos, habría habido espacio en las franjas, en el imaginario, y el Centro Liberal podría haber alimentado la discusión.. haber existido. Lo que no ocurrió.

La causa que creo fundamental en explicar la muerte del Centro Liberal, es que no ofreció nada de lo que Chile buscaba en esta elección. Nada. La desalineación con las que resultaron ser las principales pulsiones emocionales del electorado, fue total.

Lo que el Centro Liberal ofreció fue una propuesta moderada en el clivaje socioeconómico de izquierda-derecha, como centro entre los extremos. Ofreció certezas en torno a figuras a estas alturas ya clásicas, reconocibles y del estáblishment de la política nacional, como Andrés Velasco y Lily Pérez. Ofreció gradualismo como ideología central sobre la idea de reforma social, valórica y económica. Esos tres elementos no sólo no sumaron, sino que activamente restaron frente a lo que, hoy parecemos saber, se trató real y finalmente la campaña: ansiedad socioeconómica, demanda antielitaria de renovación y la guerra cultural identitaria, el clivaje “apertura vs cierre” que se está tomando el mundo desarrollado. La apuesta política, ideológica y de mensaje del Centro Liberal resultó épicamente equivocada. Veámoslo por partes:

Los principales motores temáticos de la elección fueron los que movieron las respectivas coaliciones. Mientras el Frente Amplio impulsó la renovación, la Nueva Mayoría intentó centrar la campaña, con poco éxito, en torno a la figura personal de Piñera, la campaña del empresario, que a pesar de haber sido el gran derrotado, fue la que sacó más votos, alimentó sin cesar la idea de la crisis. Del bajo crecimiento, de la falta de empleo y de la alta delincuencia. En resumen, del desastre del gobierno de Bachelet. Esto no para apelar a las mejores ideas propias, o como forma de construir un diálogo sobre el modelo del país. La idea de la crisis es un apelativo al miedo. Al terror abyecto sobre el futuro del país y de mi familia. Mi carrera. Mi propiedad. Mi integridad. Mi futuro. Ese discurso fue, no podemos negarlo, muy exitoso en forjar el clima emocional del electorado, que es lo que decide finalmente las elecciones. Podemos elucubrar que la suma de las buena noticias económicas y mejores expectativas hacia el futuro, junto con la siempre presente ola de inauguraciones, progreso y mejora en la calidad de vida de las personas asociadas a los últimos meses de todo gobierno, terminaron por horadar el impacto y profundidad de ese miedo en las personas, dejando el mensaje de Piñera sin todo el potencial que parecía tener hasta hace unos meses. Pero de lo que podemos estar seguros, es que el miedo, la ansiedad socioeconómica, no es lo mismo que la disputa ideológica clásica entre izquierda y derecha, que es una línea entre dos extremos y muchas posiciones intermedias, entre las cuales una posición de centro puede tener éxito. La elección no se trató de eso. El miedo o se tiene o no se tiene. Es binario. O se apela a la ansiedad para mover votos en tu dirección, o a liberarse de ella para que la elección trate sobre otras cosas. En apelar a la ansiedad, el Centro Liberal no tenía por dónde competirle a Chile Vamos como la alternativa de respuesta al miedo. El discurso sobre moderación socioeconómica, sobre centro, no tuvo impacto, porque la elección simplemente no se trató de eso. Sólo podía tener, teóricamente, alguna llegada entre el mundo de la empresa y los empresarios, quienes, como plan B, podrían sobrefinanciar apuestas de moderación y centro para impulsar un centro dialogante. Pero el mundo de la empresa apoyó en su ansiedad socioeconómica casi unilateralmente a Piñera y la derecha, abandonando a los centros a su suerte. No hubo plan B.

Cuando la elección no se trató de ansiedad económica, fue sobre renovación de elencos, de contenidos, de estilos políticos. De reemplazar las caras viejas por las nuevas. En particular, derrumbar la vieja élite política. Un potente voto protesta. Por ello es que los mayores perdedores aquí fueron los rostros de la vieja concertación, que con la honrosa salvedad de José Miguel Insulza, fueron electoralmente masacrados. Similarmente, el castigo que vieron múltiples políticos involucrados en casos de financiamiento ilegal a la política, fue claro. Rossi, León, entre varios otros, perdieron sus escaños. En esta ola que buscó el recambio, Andrés Velasco y Lily Pérez, como líderes de sus respectivos partidos y principales figuras en torno a las cuales giraron los temas y campañas de la coalición Sumemos, si bien no representaban lo que había que dejar afuera con mayor urgencia, no ayudaron en nada a proyectar hacia las candidaturas que apoyaban un aura de ser renovación política. Ni Velasco ni Pérez lo eran. Extremando el argumento, sería esperar que alguien que se sacaba una foto con Zaldívar dijera que venía a hacer recambio. Un difícil punto a hacer. Ni Velasco ni Pérez son Zaldívar. Pero tampoco son su perfecto opuesto, como sí lo fueron muchas de las candidaturas que vieron gran éxito en la elección. El tema, más que de las personas, tenía que ver con la identidad de la coalición como los grupos de “Velasco y la Lily”. Al hacer esa relación parte fundamental de la identidad, de lo que significaba votar por ellos, la señal que se daba era que, al menos, lo que el electorado que votó buscando renovación y reemplazo, no tenía mucho que encontrar en la oferta del Centro Liberal. Eran élite política. Eran más lo que querían sacar, que lo que querían poner en su lugar. Las caras, la identidad de renovación y reemplazo estaba en otros lugares.

Finalmente, otro clivaje fundamental que parece haber sido determinante en la elección, fue el culturalmente identitario, versus la ansiedad, el miedo, ante cambio cultural. Esta tensión fue máxima entre los votantes de Beatriz Sánchez, versus los de José Antonio Kast. Tal como en el caso de la ansiedad socioeconómica, en este tema no hay medias tintas. O uno está del lado de aceptar y abrazar el cambio cultural y de identidad de la nación, o refugiarse en el pasado y negarse a todo cambio. Aquí es donde se unen temas como la identidad de género, el feminismo, la orientación sexual, la inmigración, el rodeo, el animalismo, entre muchas otras. En todos los casos son grupos demandando avances sociales, culturales y legales en torno a los temas que les interesan y donde se sienten que ellos mismos o sus valores deben tener espacio de expresión en la sociedad, chocando contra quienes el cambio les produce temor, y quieren evitarlo o, aún mejor, volver a algún imaginado pasado mejor donde los valores estaban claros, el orden social era respetado y la diferencia entre lo bueno y lo malo era simple, donde los pilares sobre los que están construidas las identidades personales y sociales no son desafiados. El clivaje, entonces, es sobre cambio social y reacción contracultural. Sobre apertura y cierre. Sobre futuro y pasado. Sobre esperanza y temor. Aquí el Centro Liberal parece también tener una posición moderada, llamando al cambio social, valórico y legal pero en términos graduales, vendiendo la gradualidad como ideología, como si el camino importase más que el resultado en torno a temas donde lo que está en juego es la identidad individual y social. Y esto es una tragedia, ya que en el mundo han sido justamente los liberalismos los que han sido no un centro, sino un extremo en esta discusión mundial. Fue tal vez la elección francesa la que mejor representó este clivaje, entre Macron y Le Pen. En EE.UU. fue similar, entre Clinton y Trump. La izquierda ha estado cayendo en buena parte del mundo y siendo reemplazada por las ultraderechas nativistas, justamente porque la izquierda no tiene las herramientas para ser los mejores rivales de esta reacción contracultural anti cambio. La izquierda no cree en aperturas económicas, en el comercio como fuente de cambio social, les complica apoyar la inmigración cuando son los trabajadores, su histórica base electoral, quienes tienen mayor ansiedad ante ella. Son los liberalismos los llamados a liderar, no como centro, sino como extremo, esta lucha. Y en Chile, el liberalismo ha hablado sobre gradualismo en lugar de tomar las banderas con decisión. Nuevamente, quienes decidieron su voto en torno a esta tensión entre cambio y miedo, no vieron nada en el Centro Liberal que les hiciera atractivo su voto.

Hubo alta polarización. Pero no fue entre izquierda y derecha, sino entre ansiedad económica y su ausencia, entre caras viejas vs caras nuevas, y entre cambio social y cultural vs reacción contracultural al cambio. El Liberalismo tenía las herramientas para enfrentar bien ese escenario, pero las apuestas temáticas, de protagonismos y de estilos, fueron todas épicamente erradas ante lo que el electorado demandó de la oferta política. El liberalismo de centro fue una oferta sin demanda. Porque no entendió la demanda. Ojo que ni el Frente Amplio ni la derecha ni José Antonio Kast la entendieron muy bien, tampoco. Sus éxitos fueron tan inesperados como los fracasos de otros. Pero sus apuestas, al menos, estuvieron menos equivocadas, y pudieron cosechar grandes ganancias por ello.

¿Para adelante? No creo que haya nada que reconstruir, cuando nada de lo poco que se construyó parece haber tenido mucha utilidad. Si hay algo hacia el futuro, debiera ser una construcción, desde cimientos o cenizas. El liberalismo puede tener futuro si abandona su identidad de centro, y abraza la radicalidad de extremo político. No de las opciones de Evópoli o del Partido Liberal de Vlado Mirosevic, ambos con grilletes y sólo pudiendo ser “liberales a veces”, como ha sido la triste historia del liberalismo post golpe. Post Revolución de 1891, incluso. No de un centro político en la perspectiva del eje izquierda-derecha que cada día tiene más pasado que futuro. Extremo político de la batalla cultural entre modernidad de mercado-democrática-valórica versus las fuerzas contraculturales de izquierda y derecha que se levantan para oponérsele. Para esto, debe terminar el centro como discurso. Debe reemplazarse la gradualidad por la radicalidad, y renovando de verdad los rostros. Si el Liberalismo quiere rearmarse en torno a las figuras de Velasco y/o Lily, partirá tan muerto como quedó después de las elecciones. El liberalismo debe ser radical, antielitario, antiprivilegios, pro mercado y pro relaciones de igualdad entre las personas. Debe ser la principal punta de lanza que ataque los bolsones de privilegio que tenemos en Chile, tanto en la élite económica al rededor de sus tribus culturales y empresas protegidas de las amenazas del mercado, como de las élites políticas que tienen capturado el Estado para su propio beneficio. Debe abandonar toda aspiración de tecnocracia, la que ha ahogado la expresión política liberal debajo de la técnica, cuando la política se hace justamente al revés. Las políticas públicas deben ser técnicas. La política no puede ni debe serlo. Finalmente, en un mundo amenazado ante los desafíos de los próximos años, entre robótica, inteligencia artificial y cambio cultural a una velocidad que desafía la capacidad humana, los liberales no pueden ser moderados, no pueden ser a medias tintas, no pueden ser de centro, ni pueden buscar diálogo entre cambio y detención. Los liberales debieran empujar, acelerar el cambio social y público para poner a la humanidad y sus instituciones a la altura de la velocidad del cambio de la realidad. Sólo ese liberalismo tiene un espacio en el futuro. El otro, el que vimos ahora, murió y debe quedar enterrado.

Melnick en TV

Beatriz Sánchez se negó a asistir al programa “En Buen Chileno” de Canal 13, ya que tiene como panelista estable a Sergio Melnick, ex ministro de la Dictadora de Augusto Pinochet, y usual justificacionista de ese régimen. Esto ha causado una buena polémica, donde se ha acusado a la candidata del Frente Amplio de censuradora y se ha levantado la libertad de expresión como valor en riesgo. Lo que me causó a mi el tema fueron cosas diferentes.

Lo primero, es que me provocó incomodidad que una candidata presidencial esté juzgando a los medios según quiénes son o no panelistas. Eso es riesgoso, ya que el rol de los medios es fundamental en la relación de las candidaturas y la ciudadanía, fortaleciendo la democracia. Cuando es una candidatura la que esgrime este tipo de justificaciones para no participar de ciertas conversaciones en medios, no le está haciendo un buen favor a la democracia chilena. Además, Sánchez ha tenido un destacado rol en los medios chilenos, desde donde pudo haber dicho algo antes sobre un problema que sería, principalmente, de los mismos medios. ¿Dónde estuvo ahí?. Dicho eso, lo que hizo la candidata no fue ni censura ni violar la libertad de expresión de nadie. Sí puso el tema sobre la participación de personas como Melnick con espacio estable en TV. Y ese es un tema relevante, para el que se justifica dejar de lado momentáneamente el hecho que haya sido Beatriz Sánchez, candidata, la realizadora de la denuncia.

Primero, es importante recordar que los medios tienen absolutamente todo el derecho a poner a quien quieran en sus pantallas. Es parte de la libertad de expresión. Otra cosa es si su decisión pueda ser correcta. Esa corrección o falla puede ser analizada desde la moralidad, desde el sentido de bien común, o incluso desde la corrección política. Un buen ejemplo es el espacio estable que el mismo Canal 13 le dio por meses al infame “Doctor Soto” en su matinal, dándole plataforma para poner en duda preceptos de la ciencia y la medicina que salvan vidas, y esparciendo charlatanerías que en el mejor caso eran estafas de baja calaña y en sus casos más graves eran mentiras que, de ser tomadas en consideración, arriesgaban en forma seria la salud de los telespectadores y amenazaban la salud pública de Chile. Entonces, ¿tenía derecho el Canal 13 a poner en su pantalla al Doctor Soto, sabiendo a qué iba? Absolutamente. ¿Era correcto ponerlo en pantalla? Absolutamente no. Sacarlo de pantalla no fue una censura, sino que fue una decisión del canal, tomada en libertad. Un ejercicio de libertad de expresión.

¿Y en el caso de Melnick?

Sergio Melnick escogió libremente ser ministro de la dictadura de Augusto Pinochet que tanto daño causó a Chile en tantos niveles. E incluso si no supo de los peores daños y crímenes entonces, definitivamente los conoce ahora. Entonces, ¿es uno de los muchos ex miembros de regímenes autoritarios, ladrones y asesinos que sienten contricción por lo hecho y han cambiado profundamente desde entonces? No. Es un justificacionista, aún hoy. Afirma que si bien hubo excesos, lo obrado en todos los ámbitos de esa dictadura valieron la pena. Que se siente orgulloso de su participación entonces y que defiende el legado hoy. Puede intentar separar el legado en DD.HH. de todo lo demás, pero futilmente, ya que el legado es uno solo, con lo bueno, lo malo y lo horrible. La dictadura cívico militar fue una, indivisible, independiente de la conveniencia de uno u otro de tomar algunas cosas y dejar las demás. Alguien que ocupó cargos de importancia, como ser ministro en tal dictadura, fue parte de todo el proceso. Si fue cómplice o partícipe directo de violaciones a los DD.HH. es un asunto de los tribunales y de cárcel. Si no fue cómplice ni partícipe directo de violaciones a los DD.HH. ni de otros delitos, entonces la persona no corresponde que pase por la cárcel, pero tampoco corresponde que pierda su categoría de partícipe en una dictadura asesina y ladrona. Eso es una marca que uno llevará toda la vida. Lo que importa luego, es qué hace uno con ello y sobre ello. Algunos muestran arrepentimiento. Otros dedican su vida a que otros no repitan los errores propios. Otros, como Sergio Melnick, llevan la marca con orgullo, defendiendo su legado y su significado.

Y en eso puede no haber problema. Si no cometió personalmente delitos, Melnick estará legítimamente libre y puede pensar lo que quiera y decir lo que quiera y tener todo el derecho de pasar los últimos años de su vida ejerciendo su profesión en forma privada y el resto del tiempo en paz y en familia. Pero escogió seguir siendo una figura pública, a través de su opinión y figura, y a través de medios. Su opinión justificacionista y su figura representativa del régimen del que fue parte protagónica y que aún defiende.

En Chile hemos tenido casos con algunas similitudes. Grandes autoridades políticas o del ejecutivo de gobiernos que reconocen fueron dañinos para el país o, al menos, que cometieron grandes errores dentro de los cuales ellos mismos cargan con parte de la responsabilidad. Es el caso de muchos ex partícipes del gobierno de Allende. El que ni fue una dictadura ni violó sistemáticamente los DD.HH. como quienes los sucedieron. Pero para muchos, el haber sido menos antidemocráticos y menos dañinos que quienes vinieron después, no era razón suficiente como para quedarse tranquilos y pasar piola ante sus roles en grandes daños o errores. Muchos sortearon grandes procesos de autocrítica tanto privados como públicos. Muchos se renovaron. Muchos (no todos) reconocieron sus errores ante el país antes de volver a pedir espacio a través de vías democráticas, o en la discusión pública. La contricción era notoria. Y varios escogieron salir definitivamente de la esfera de lo público, asumiendo que sus figuras más dañaban que sumaban. Carlos Altamirano, por ejemplo, sigue vivo. Retirado de la política, pero no de la reflexión. A pesar de haber tenido un rol protagónico en la renovación de la izquierda chilena post experimento marxista. Reconoció que si bien sus ideas tenían espacio, su figura no. ¿De cuántos ex partícipes de la dictadura de Pinochet podríamos decir lo mismo? Realmente pocos. Sergio Melnick definitivamente no es uno de ellos. Ni renovación, ni contricción, ni reflexión ni retiro. Es el mismo ex ministro, y orgulloso de serlo.

Entonces, entendiendo que el Canal 13 tiene todo el derecho a poner a quien quiera en sus pantallas, ¿debiera tener a Sergio Melnick como panelista de un programa de opinión política?

Absolutamente No. Sergio Melnick, como figura justificacionista, provoca un daño y amenaza a la democracia actual, tan grande, como el daño y amenaza a la salud pública de Chile que provocó el “Dr. Soto” en el mismo canal, antes que decidieran sacarlo de pantalla para evitar dañar más. No puede ser normal tener a ex ministros aún justificacionistas de un régimen asesino y ladrón, ocupando sillas permanentes en un medio para forjar la opinión pública del país. Eso habla pésimo sobre el medio, sobre sus dueños y sobre cómo ellos valoran la democracia.

Melnick no debiera esperar tener derecho a un espacio socialmente legitimado como parte de la opinión pública del país. Tiene derecho a intentarlo. Pero su rol personal público debiera ser incompatible, o al menos provocar permanentes y fuertes roces, con el hecho de vivir en una democracia robusta que se protege a sí misma. Esto no es una incompatibilidad democrática con sus ideas, ya que conservadores pro empresa como él hay muchos que perfectamente podrían tener un rol no sólo legítimo, sino también necesario en el debate público. El problema no son sus ideas, sino su figura y lo que representa. La señal que se da a las nuevas generaciones de que participar en algo como lo que él participó, no tiene consecuencias sociales ni morales en nuestro país. El cómo este hecho deja parada a nuestra democracia y su defensa como valor.

Pero entender lo anterior es difícil, ya que la dictadura en Chile nunca fue totalmente derrotada, como en otros países. En España la derecha postdictatorial tuvo que renovarse completa y jubilar a sus peores figuras antes de poder pedir a los ciudadanos nuevamente un espacio legítimo tanto en el debate como en la democracia. Similar derrotero tuvieron algunos poscomunismos de europa oriental, al menos los que lograron renovarse para poder volver a buscar verosímilmente el poder en vez de quedarse como piezas de museo de otras épocas, rechazadas por sus ciudadanos. En Chile la izquierda postallendista sí vivió una fuerte renovación. Pero, teniendo mucho mayores razones para hacerlo, la derecha postpinochetista nunca hizo eso, ni en término de sus figuras, ni en términos institucionales. Aún hoy la declaración de principios de la UDI vanagloria el tomar el poder por la vía armada, destacando lo hecho en el pasado y, por añadidura, amenazándonos con legitimar hacerlo nuevamente.

Pero el que la dictadura no haya sido derrotada completamente no implica que sus legados deban ser moralmente aceptados en el país. Ni que sea aceptable seguir dándole espacio a quienes representan ese legado a través de su destacada participación en el pasado, sumada a su continua justificación actual. No más. Esto no es un ataque a la libertad de expresión, ni es un veto. Es un llamado a que un canal de TV ejerza su libertad de expresión para sacar de pantalla a una herida sangrante de nuestra democracia. Que reemplace a esa figura con otra de ideas similares, pero legítima social, moral, histórica y éticamente. Los cómplices pasivos no son sólo los que colaboraron entonces, sino también quienes colaboran hoy, para darle un espacio en la sociedad a algo que debió haber dejado de tenerlo hace tiempo. Ya es hora de vivir en serio en democracia, de defenderla, y de exigir a todo Chile que la defienda también. De no descansar hasta derrotar a la dictadura, a la idea de dictadura, completamente.

La discusión sobre Rincón es sobre el futuro de la DC

La guerra dentro de la Democracia Cristiana parece total y abierta en torno a la repostulación de Ricardo Rincón. Pero la razón va mucho más allá de su situación de condenado (con pena nunca cumplida) de violencia intrafamiliar. Su repostulación es, por un lado, una prueba y desafío al poder de Carolina Goic, presidenta (autosuspendida en ese cargo) y candidata presidencial del partido, quien se ha jugado políticamente por sacar a Rincón de la plantilla parlamentaria. En juego está su prestigio, su poder dentro del partido y, eventualmente, su candidatura presidencial. Pero, más importante aún que esto, la actual discusión puntual no es sino un proxy de una lucha mayor de poder que existe hoy en la DC sobre el futuro del partido, que se refleja en las opciones de corto plazo, todas malas, entre las que tienen hoy que decidir. Entre los diputados y buena parte de la “clase funcionaria pública” del partido que desean bajar a Goic y pactar con la Nueva Mayoría para minimizar las pérdidas parlamentarias, versus la misma Goic junto con poderes fácticos y parte de la base partidaria que desea llegar hasta el final con la aventura independentista de la DC, se pierda lo que se pierda.

El camino de estos independentistas es pagar un alto costo de corto plazo, perdiendo buena parte de la base parlamentaria de la DC en una aventura de camino propio, y asegurando la pérdida de toda posibilidad (ya bastante disminuida, en todo caso) de ser gobierno en el próximo período. El llevar candidatura propia y lista parlamentaria propia implica tener el peor resultado parlamentario para la DC desde la década de 1950, con toda la pérdida de poder que eso conlleva. Pero, será una oportunidad para adelgazar en militantes y poder, buscando nuevamente la identidad e intensidad ideológica de un partido engordado por las décadas de relación con el Estado, los cargos y los intereses que nacen con ellos. En el corto plazo, implicaría tener un rol de bisagra con Piñera, logrando mantener algo de poder político estando fuera del gobierno y teniendo una importante palabra en qué podrá o no hacer un gobierno con asegurada minoría parlamentaria. Al la DC tener los (pocos) votos que el gobierno podría necesitar para aprobar cada elemento de su agenda, el partido podrá tener un buen pié negociador. Mucho mayor que el que podrían tener manteniéndose en la Nueva Mayoría y siendo estricta oposición.

El camino de los diputados y la clase funcionaria, es muy diferente, ya que implica minimizar las pérdidas de corto plazo tanto en el congreso como en los cargos públicos. Es unirse rápidamente a la candidatura de Guillier y a las listas parlamentarias de la Nueva Mayoría, asegurando más diputados y senadores que lo que obtendrían en el camino alternativo. Además, implicaría luchar por la posibilidad -lejana, está claro- de ganar la elección y seguir en el gobierno, con todo lo que eso conlleva. Aunque implica sacrificar la identidad del partido. Aunque implique rendirse con una bandera blanca ante el aceptado mayor poder de sus socios. Aunque implique un camino, probablemente sin retorno, hacia una decadencia progresiva pero controlada, igualando el camino que el Partido Radical realizó cuando comenzó su declive hace décadas, justamente cuando la DC surgió como fenómeno electoral y le arrebató el centro político a fines de los 1950s. Este camino implica sólo buscar el poder, buscando el camino de minimizar su pérdida de corto plazo ante cada disyuntiva, y perder toda esperanza de una agenda o identidad propia. Así, la DC sería el nuevo Partido Radical.

Pero el camino de Goic es arriesgado. El camino propio puede resultar desde dañino en el corto plazo, hasta terminal. Con una candidatura que no supera el 2 o 3% de las preferencias, la parlamentaria puede terminar siendo una masacre, terminando para siempre con el partido, logrando en pocos años una debacle que sin Goic podría durar décadas. Para ellos, el mejor caso es un partido mucho más pequeño, pero con renovados bríos identitarios e ideológicos, si es que logran construir una agenda de futuro. Pero el peor es desaparecer, y rápido.

En el otro camino, el riesgo es menor: es decrecer en peso e importancia lentamente, para desaparecer en una o dos generaciones más. Pero en el intertanto, mantener muchos parlamentarios, cargos públicos y las fuentes de ingreso de muchos militantes que de lo contrario vivirían el frío polar del mundo privado para el que no están preparados. Pero asumiendo que los mejores años están atrás, y entendiéndose como simples secundones o parásitos de los partidos y liderazgos ajenos que definirán los grandes temas de los tiempos.

Este es el momento de definición estratégica de la DC más relevante para su historia desde que decidieron pactar con sectores socialistas en 1987, formando la Concertación y apostando a conseguir el poder a través del plebiscito. Esa resultó ser una decisión espectacularmente provechosa. La actual, en cambio, tiene el pronóstico reservado, ya que el partido no tiene caminos buenos por delante. O pierden poco ahora y siguen perdiendo de a poco, o pierden mucho ahora con baja posibilidad de surgir después y con una probabilidad no menor de sufrir un desastre de corto plazo que los puede hasta hacer desaparecer para siempre.

Si la DC está dominada por quienes necesitan más el sueldo púbico que al partido, el camino resultante del choque de fuerzas internas será el lento declive radical. Si no, será el desangre rápido ahora y la apuesta hacia el futuro. De esto se trata finalmente la candidatura de Goic, de romper estructuras e inercias internas para remecer a un partido que parecía condenado a su lento declive. Y a través de la influencia política que se podría lograr para fortalecer o condenar dicha candidatura, de esto también se trata la presencia de Ricardo Rincón en la plantilla parlamentaria.

Machismo de mercado: isapres vs bancos

Mucho se habla sobre la diferencia por sexo que existe en los planes pagados a las Isapres. Sobre todo en edad fértil, ya que las mujeres son más riesgosas de asegurar, los planes para ellas son sustancialmente más caros. La justificación está en la concepción individual del seguro, que cada persona debiera asumir el mayor o menor riesgo que trae al sistema. Así, se evita que hombres subsidien a mujeres en prestaciones que ellos no utilizarían personalmente. Criticable, socialmente dañino, necesario de ser modificado, pero al menos guarda cierta coherencia conceptual.

Pero menos se habla de los casos donde las mujeres tienen menor riego para los sistemas económicos. Un buen ejemplo es en su consistentemente mejor condición de pagadoras de créditos a bancos e instituciones financieras. Sobre su mejor capacidad de ahorro y su mayor responsabilidad financiera en sus vidas personales. Entonces, si el sistema financiero fuese conceptualmente coherente con lo que defiende para la salud, debiera también serlo para los bancos, ¿cierto? Los intereses de los créditos reconocen el menor riesgo que estos tienen cuando son entregados a mujeres, por lo que sus precios deberían ser menores para ellas, ¿cierto?

Por supuesto que no. Los bancos no suelen diferenciar el riesgo entre hombres y mujeres, y los créditos tienen generalmente la misma tasa de interés para ellas que para ellos, creando así un subsidio de las mujeres hacia los hombres.

El sistema financiero debería ser coherente en sus prácticas, al menos, para no develarse tan fácilmente como machismo de mercado. Si el principio de igualdad de género es respetado, debiera serlo tanto en créditos bancarios como en Isapres. Si, en cambio, el riesgo personal es lo que debiera definir el precio de los productos financieros, entonces los créditos bancarios debieran ser explícitamente más baratos para mujeres. Y si eso llegase a ocurrir, me imagino que la batahola duraría unos 5 minutos antes que el sistema financiero fuese rápidamente corregido para igualar condiciones de hombres y mujeres tanto en créditos bancarios como en seguros de salud. Cualquier camino de coherencia debiera llevar al mismo resultado. Sólo la inconsistencia basada en decisiones tomadas por directorios donde las mujeres son apenas la excepción, es lo que explica la actual diferencia de criterio.

Porque las cuestionables injusticias que perjudican a mujeres y benefician a hombres son toleradas y justificadas por la sociedad y por el mercado. Pero, ¿lo inverso? No en este país.