Contra la Ciudad Congelada

La discusión sobre el plan regulador de Ñuñoa nos entrega uno de los ejemplos más extremos de propuestas de reducción de alturas permitidas en Chile, llegando a bajar de 20 pisos permitidos, a tres. Una ciudad construida con este nivel de vaivén regulatorio demuestra que no está siendo edificada con una perspectiva de largo plazo.

Hay razones para que esto ocurra así. Tanto en esa comuna como en muchos otros lugares de Chile, como Viña del Mar, Estación Central, Providencia o Santiago, conviven barrios tranquilos de casas con edificios de gran altura que amenazan los barrios y generan un crecimiento poco armónico ante el cual los vecinos tienen toda la razón de sentirse amenazados y buscar protección. Es miedo ante aquellos edificios que nacen producto de una regulación que no considera las características de un barrio. En Ñuñoa, son las “Torres Sabat”. Pero la respuesta regulatoria para proteger los barrios, si no está bien pensada, puede también terminar dañándolos.

Este es el caso de regulación de usos y densidades donde se intenta homogenizar un territorio considerándolo todo patrimonio, donde cualquier cambio a un barrio es visto como una amenaza y donde el esfuerzo está centrado en detener el tiempo y el desarrollo con la excusa de mantener lo que hoy hay. Así es como hemos llegado muchas veces a tener regulaciones que buscan una “ciudad congelada”.

Pero congelar masivamente usos y densidades de los barrios, los hace perder oportunidades y experiencias de vida de vecinos, usuarios y visitantes. Peor aún: cuando se desconecta a un barrio de las fuerzas positivas del progreso de la ciudad que lo rodea, la función que cumple para el resto de la ciudad -léase, su identidad- se ve gravemente deteriorada, incluso dejándolo aún más a merced de las fuerzas inmobiliarias que este tipo de regulación -siempre modificable- nació para impedir.

La forma en la que un barrio no sólo se protege de estas torres descontextualizadas, sino que además fortalece su identidad, es consolidando su estilo de vida a través de una creciente gama de actividades que la refuercen. Se debe diversificar sus usos, ofertas y experiencias, entendiendo que un conjunto de casas o edificios no hacen un barrio de verdad, sino la vida construida en común entre que quienes viven, trabajan en él o lo visitan. Todo esto, planificado de manera sustentable, para aumentar la actividad y el flujo peatonal en sus calles, ya sea a través de un mayor densidad urbana -de manera suave y sostenible, sin que este crecimiento destruya el carácter del barrio- o de ofrecerle al resto de la ciudad experiencias que permitan una mayor cantidad de visitantes

La alternativa tanto a la ciudad congelada como a la construcción desatada, entonces, debe comprenderse en un contexto de desarrollo sostenible, basado en la identidad, fomentando barrios más diversos, más activos, más vivos y más agradables tanto para vecinos como para visitantes. Barrios que sean cada vez más inmunes a las amenazas a su identidad.

La planificación y regulación de usos, alturas y densidades es necesaria. Pero entendida de una manera dinámica, en un contexto de crecimiento armónico con el medio ambiente, potenciando las identidades de los territorios. No sólo se debe proteger además, el patrimonio del pasado: se debe dar forma al patrimonio del futuro. Porque los suburbios tienen su espacio, pero la ciudad tiene otra función, y hacer ciudad no es congelar, sino planificar y construir.