La paz en la Araucanía pasa por Rapa Nui

Una de las mejores lecturas cortas con las que me he topado los últimos años sobre el conflicto entre el Estado Chileno y el pueblo Mapuche en la Araucanía, es la fantástica entrevista que The Clinic le hace a José Bengoa, quien ha estado décadas como actor, observador y pensador en medio de la evolución del conflicto. Y su lectura deja claro el tamaño del desafío político en torno a una solución política de largo plazo que nos evite seguir en el actual camino donde la creciente violencia es la única protagonista.

Esta violencia, ha sido resultado de la falta de diálogo político. Por un lado, viene de la represión estatal para asegurar los intereses económicos de quienes tienen cooptado al Estado local. Por otro, de los elementos más extremados de la generalizada reacción cultural y política ante la inacción estatal, el fracaso de la vía política, y el ninguneo y rechazo de su propia identidad.

Actualmente las partes, están a gran distancia entre sí. Hoy, un lado exige, para sentarse a conversar, reconocimiento constitucional, territorio, disponibilidad para conversar sobre autonomías, y cuotas parlamentarias aseguradas para pueblos originarios, todo en un diálogo de alto nivel entre los pueblos y el Estado de Chile. El otro lado, ofrece programas de reactivación económica y reconocimiento constitucional. Como si mayor progreso económico hiciera olvidar las demandas identitarias. Como si el problema fuese la miseria en lugar del racismo.

Los impedimentos para acercar posiciones son enormes.

Por un lado, los intereses económicos ligados a la misma tierra que se demanda su devolución, hacen difícil, sino imposible, que se pueda disponer de ellas como parte de cualquier diálogo. Por otro, la idea machacada hasta niveles obsesivos, por décadas, del Estado chileno como extensión de un pueblo nación unitaria, tanto en términos culturales como raciales, hace que cualquier discusión sobre autonomías sea rechazada de antemano, como si fuera traición a la patria. Además, el mismo concepto de los cupos asegurados en el congreso también es rechazado de manera fundamental, por las mismas razones: la adicción al concepto del estado unitario, que tan efectivamente impuso Diego Portales, pero que fue elevado a niveles cuasi religiosos en la dictadura de Pinochet. Esto, a pesar de que tanto las autonomías como la representación mediante cupos han sido temas perfectamente razonables a discutir en cualquier país del mundo que tenga relevantes diferencias demográficas, territoriales, raciales, religiosas, identitarias, étnicas y/o históricas. Es decir, cualquier país como Chile.  Finalmente, todo lo anterior se tiñe con la opresión emocional, conceptual y relacional que es el racismo. Como resultado, cualquier demanda que venga de quienes se ven como inferiores o menos valorables, será menos considerada. Por eso es que las ofertas desde el Estado han sido una y otra vez, no lo que el pueblo Mapuche demanda o necesita, sino lo que la élite blanca gubernamental cree que necesitan, desde su propio punto de vista y sin intención ni interés de esforzarse en ponerse en el lugar de sus interlocutores. De entenderlos y realmente reconocerlos como iguales. El racismo lo impide. Por eso es que tenemos, en vez de reconocimiento, territorio, autonomías y derechos políticos.. simples programas de promoción para el sembrado de cultivos.

Si las taras culturales, políticas y de prejuicio racial por parte del Estado son tan grandes ¿Cómo avanzar?. Derribarlas todas juntas puede parecer una tarea imposible. Y tal vez lo sea. Por eso, la clave puede estar no en la Araucanía, sino a 3640 kilómetros al noroeste de Temuco, en Hanga Roa.

El pueblo Rapa Nui tiene desafíos y exigencias similares al Mapuche. Demandan un control económico y político mayor sobre su propio territorio, proteger y promover su propia identidad y cultura. Esto no es otra cosa que reconocimiento, territorio y autonomías. Y han tenido recientes éxitos, como las sucesivas derrotas judiciales y políticas por sobre parte de los intereses económicos del continente en la zona, o la aceptación por parte del Estado de Chile de instaurar cuotas de turistas y personas foráneas a la isla, que puedan estar en ella en cada momento. La isla ya se alzó como una excepción a nuestro Estado unitario, en algunas temáticas. Y puede seguir avanzando en forma importante en esta dirección. La razón es que los impedimentos para avanzar son mucho menos portentosos que los que existen en la Araucanía: Los intereses económicos asociados a la élite chilena que existen en la isla son muchísimo menores. La idea de hacer de una isla en medio del pacífico una excepción a nuestro ordenamiento político-jurídico es mucho más aceptable. El racismo, si bien también existe, es menos limitante cuando el objeto de ese racismo está a miles de kilómetros mar adentro. Y finalmente, el pueblo Rapa Nui, a diferencia del Mapuche, tiene alternativas. La amenaza de consultas o incluso referéndums de independencia o de escoger a un nuevo país que los acoja (siempre se ha hablado de Francia, como ejemplo), hace que el Estado de Chile tenga una mucho mayor disposición a ceder y a negociar. Todo esto hace que el camino hacia las autonomías y la representación política sea mucho más pavimentado si es que parte desde Hanga Roa, que el camino de tierra, lleno de baches, que parte desde Temuco. Un pueblo Rapa Nui con autonomías políticas y judiciales relevantes, con autodeterminación en un espacio determinado de funciones dentro del territorio, con autocontrol sobre ciertas instituciones estatales, no es algo que esté fuera de toda posibilidad.

Con el precedente de una Hanga Roa con ciertas autonomías administrativas, económicas y políticas, el miedo a la pérdida del concepto unitario del Estado-Nación puede corroerse hasta hacer verosímil la expansión de esos ordenamientos a otros territorios. Eso permitiría derrotar al menos a uno de los 3 grandes enemigos de la paz en la Araucanía. Derrotado Villalobos, sólo quedaría en pie el formidable racismo y los imponentes intereses económicos de la zona. No será una discusión fácil, pero al menos ya no tendrá el dejo de imposibilidad de la conversación actual, que aleja a las partes de una ilusa mesa de negociación, y acerca a los más extremos, cada vez más, a las armas. Una mesa con expectativa de viabilidad, en cambio, margina a los radicalizados y pone los esfuerzos donde deben estar: en el Parlamento. Y no me refiero al de Valparaíso.